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Escrito por el Ene 25, 2013 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: agua, bodas con el mundo, el mundo es un regalo, lugares para contemplar el mundo, luz y felicidad sensual, mirar el campo, mitología de infancia

acqua vitae

Cuando era pequeña mis padres vivían cerca del Jardín Botánico, y muchas mañanas nos llevaban a pasear allí.

El Jardín sigue siendo un lugar extraordinario, una especie de corazón íntimo levitando al resguardo del ruido y del asedio del tráfico de la ciudad, pero entonces quizá lo era más aún, o simplemente yo era muy pequeña y aquello me parecía mucho más grande y mágico.

Hay varias cosas que recuerdo muy bien de aquel jardín de infancia, y una de ellas es la red de acequias que lo recorre, hondas y umbrosas, construidas con ladrillo rojo fileteando un cordón central de piedra, con sus trapas de barro cocido. El agua corriendo en láminas por ellas. Las trapas que subían y bajaban y cambiaban la música del agua.

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Sin duda fueron las primeras acequias que vi en mi vida, andaría yo por los tres años. No tengo la menor idea de por qué me causaron esa impresión tan honda, por qué me parecían tan hermosas.

Aunque es verdad que también me pasaba con las fuentes de agua potable, fuentes urbanas de fundición pintadas de verde cerceta, con sus caños dorados que te dejaban las pequeñas manos heladas cuando al presionar el pulsador con toda la fuerza que tenías el agua te chorreaba sobre ellas.

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“Sí, mi agua no bendita me sosiega. Me detengo en lo alto de las escaleras y repito la adorable palabra acqua. Hace años, la niña aprendió a decir acqua a orillas del lago de Princeton, bajo la bóveda de árboles que rebosaban cuajados de borlas rosas.
Acqua, acqua, gritaba, salpicando con las manos y dejándola caer sobre su cabeza. Acqua suena más próximo al chapoteo y la caída del agua, más próxima a la humedad y al descubrimiento. Agua de la vida. Intimidad de la memoria.”
Francis Mayes. Bajo el sol de Toscana.

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Escapada a Jérica. Es nuestra primera mañana, hace mucho frío y un sol radiante. Salimos a andar por el monte.

Una capa de sonoro silencio gravita sobre el camino de tierra, el sol aún está bajo y resbala en largas brazadas entre las agujas de los pinos; andamos sobre un rocío de sol y de sombras móviles, con la sensación de estar completamente solos.

Jerica. Paseo de la hoz
En cada vera de camino, en cada confluencia y cada desviación, se entretiene un pequeño arroyuelo. La música del agua corriendo nos acompaña todo el tiempo. Pasa y pasa sobre nosotros, lamiéndonos despacio, vaciándonos de todo el ajetreo de la ciudad con el que llegamos ayer.

El cielo resplandece como un cristal, el aire está helado, respiramos creando nubecitas de vapor.

Sin embargo, pese al pleno invierno, en el campo parece primavera.

La tierra bajo los frutales deshojados está sembrada de florecitas blancas y amarillas y de una pelusa reverdecida, crujiente y tierna. Los arroyos tienen sus lechos alfombrados de musgos y helechos, el romero está frondoso y lleno de flores azules.

Jerica. De Shariqua a Novaliches y vuelta. Olivo
Los payeses han construido una red informal de acequias y canales, regulados con trapas, que extiende el dibujo del agua hasta convertirlo en una omnipresente telaraña acuática.

Jerica. De Shariqua a Novaliches y vuelta. Olivo

Las cintas de agua rielan al sol como si corretearan sobre un fondo de gemas.

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Todo el campo exhala una palpable sensación de bienestar, de sed saciada.

Después de la sequía del año pasado, toda esta agua es una bendición.

Esta presencia generosa del agua silvestre amansada hace sonreír a labradores, huertanos y paisanos de por aquí.

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Destila una promesa impronunciada de prosperidad, esa seguridad que empieza a volverse de otra época de que el trabajo duro germinará bajo su protección y nos mantendrá a salvo; de que mientras ella esté presente podemos confiar en que el fruto de nuestro tesón y nuestra fuerza madurará sin trabas.

Aunque no tengo campos para cultivar, siento la misma empatía que los payeses con el agua.

Jerica. Paseo de la hoz

¿Por qué nos hace sentir tan bien el agua? ¿Quizá por aquellos nueve meses iniciales en que flotamos en agua tibia?

¿Quizá el plop plop del agua nos hace recordar nuestra antigua condición de criaturas acuáticas? ¿O simplemente porque nos hace sentir esa afinidad instintiva que produce la presencia de algo con lo que estamos hechos y sin lo que no podríamos mantenernos vivos?

No lo sé, pero las tierras con agua nos hacen esponjarnos, huelen a felicidad y a confianza en el futuro.

Hoy, pasta con colmenillas.

Y ésta será nuestra última receta de setas para el invierno; setas, esas criaturas que se levantan en una sola noche como arquitecturas fantásticas, hechas de esporas, tierra de bosque y agua mansa caída en el momento justo.

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