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Escrito por el Jun 14, 2018 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: construir la propia vida, ligereza, sueños

cómo cazar un sueño

· cómo se hace realidad un sueño ·

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Cómo se consigue que ese sueño se desprenda de su naturaleza levitacional, descienda sobre la tierra y eche raíces firmes sobre ella.

Creo que en algún momento de esa transición del estado nebuloso al estado carnal uno tiene que dejar de hacer cálculos: tiene que liarse la manta a la cabeza, tomar carrerilla y tirarse a la piscina.

Porque si uno se limita a hacer cálculos conservadores y sensatos, si no privilegia la arrancada que le ofrece el deseo y la asiste con el mínimo de racionalidad necesaria para no estamparse contra el fondo de una piscina vacía, la postergación hace que el brillo del momento se apague y el placer del baño anhelado se pierda para siempre.

Hemos criado a los niños cocinando 18 años en una cocina de 2 x 2 metros. Hemos celebrado comidas en las que hemos dado de comer a 20 personas en esa cocinita de Pin y Pon, a base de trasegar con platos y cazuelas hacia otras habitaciones y de invadir los armarios del resto de la casa con todo lo que no cabía en ella.

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Meterse a “contruir” esa clase de sueño implica tanto ahorro y también tanto descoyuntamiento de las rutinas de la vida durante tal ristra de días, uno detrás de otro, que uno siente que no va a animarse nunca. Da tanta pereza.

Y, dando pereza, el peso del pensamiento conservador se come todo el resto del empuje.

Pero de pronto un día, un día que no dio señales de que se estaba acercando a nosotros, nos liamos la manta a la cabeza y tomamos carrerilla.

Durante las horas libres de un mes de marzo movimos dos mil libros de un sector a otro de la casa y les inventamos sitios nuevos donde vivir.

Vaciamos y embalamos la mitad de casa, y la embutimos dentro de la otra mitad.

Cuando terminamos de hacer eso, ya no nos quedaban rutinas diarias, porque no quedaba espacio físico donde ejercerlas.

Y entonces empezó la obra.

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Que nos sacó de golpe de la urdimbre ronroneante y predecible de nuestra vida cotidiana y nos sumergió en un tiempo y una vida sin rutinas, donde apenas había nada que hacer mas que mirar.

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Cada día, al volver del trabajo, y por la mañana antes de salir hacia el trabajo, levantábamos los plásticos que separaban media casa de la otra media y vagabundeábamos por la media casa en obras como quien baja del tren y pone los pies en un país nuevo.

Cada día cambiaba la luz, cada día el vacío crecía y mis sensaciones al mirarlo se transformaban.

Había una especie de alegría pura y silvestre en ese vacío.

Era difícil de explicar, pero así era.

Después, el vacío comenzó a menguar y desde dentro del vacío comenzó a crecer una forma nueva, como un fruto empieza a adivinarse dentro del cáliz de una flor.

Cada día paseaba con cuidado entre los azulejos rotos, la sala vacía que ahora me parecía enorme, las paredes desnudas, limpias, vírgenes.

Y me parecía un espacio hermosísimo. Solo lleno de luz.

 

Aunque no teníamos mesa para comer y apenas sitio para sentarnos, y dormíamos con el colchón en medio del suelo del comedor totalmente rodeados por pilas y pilas de libros, la vida se volvió ligera.

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No había nada que hacer, ninguna obligación que meter en agenda. No había camas que estirar, vajillas que lavar, comida que preparar para mañana, no teníamos lavadora, no teníamos lista de la compra. Solo limpiar un poco, mirar y esperar.

Me sorprendió comprobar que esa ligereza, en contra de todo lo que había esperado, engendró en mí una alegría efervescente.

Andaba por la calle sintiéndome liberada de algo que no sabía muy bien qué era, liberada de algo que pesaba. De repente empecé a “ver” edificios junto a los que pasaba cada día y en los que aún no había ni reparado. Empecé a andar mirando al cielo, y veía cada casa, sus detalles, si estaba recién pintada, las macetas en flor, los árboles que le daban sombra, como un descubrimiento, en ese estado de percepción extasiada que es privilegio del turista genuino, con una sensación continua de ganancia, aventura, riqueza y delicia.

Me sentía ligera, alegre y rica.

Mientras, el capullo de la casa crecía.

Por las tardes hablábamos con la cuadrilla que realizaba la obra en casa. Nos contaban lo que habían hecho cada día, hablábamos de otras cosas, nos conocimos un poco. Nos gustaba. Se reían de mi curiosidad. Me decían, cuando nos vayamos nos vas a echar de menos.

Y de alguna manera así fue.

Los días de espera sin cuadrícula en la que colocar los rituales de la vida cotidiana se hicieron largos y a la vez muy cortos.

Hoy los recuerdo como días luminosos.

Y un día nos levantamos y caminamos descalzos sobre la media casa vacía y silenciosa, con el suelo de roble pulido y barnizado, recién nacido por segunda vez, hermoso como un lámina de mar. El capullo estaba floreciendo.

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Y al día siguiente empezaron a llegar los muebles, y montaron la cocina.

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Y en dos noches más, rodeados por la maravillosa luz azul del solsticio de verano, abrimos la nevera, encendimos los nuevos fuegos y cocinamos nuestra primera cena sumergidos en la piscina deliciosa a la que nos habíamos lanzado.

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Nos dimos cuenta con asombro y arrobo, como si no lo hubiéramos esperado del todo, de lo bonita que era aquella criatura que había emergido del fondo de nuestra piscina.

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Y nos sentimos muy afortunados.

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Y muy felices.

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Ha pasado justo un año entero y cada día, cuando salgo de la cama y mis ojos medio entrecerrados tropiezan con la mesa bañada en una rejilla de luz solar, aún me electriza el sobresalto de la felicidad.

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(Moraleja. Si tienes un sueño que acaricia tus noches, si tienes por ahí una piscina que te ronda de día, empieza a buscar el momento de comenzar a recitar la cuenta atrás, cerrar los ojos y tomar carrerilla.)

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 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: tarrina de calabacines.

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