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Escrito por el Sep 29, 2014 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: apurando el verano, calabacines, cenas de sofá, cremas, verano

calabacines amarillos

una ducha

En el grueso muro de nuestro baño hay una ventanita que da al valle.
Tras ella se ve un ramillete de adelfas color granada, un majestuoso pino piñonero y la cúpula verde esmeralda de la torre de Jérica, con la montaña tapizada de bosque detrás.

Hay un momento de la tarde, justo antes de que el sol empiece a declinar, en que un grueso rayo de luz solar penetra a través de la ventana como un chorro de agua luminosa y baña toda la habitación.

Algunos días he tenido la suerte de estar dentro de la ducha en ese momento, con los pies sintiendo el suelo de cerámica blanca y fría, el agua fresca cayendo en hilos generosos sobre el cuerpo, drenándolo del sol acumulado.

Miro entonces hacia la pequeña ventana, que está a la altura de mi mano, y veo un retal de belleza perfecta.
Sobre el chorro de luz viaja despacio un caudal de motitas de polvo.
Brillan como lentejuelas diminutas y parecen estar suspendidas en el aire, como dicen que pasa con los polvos de hada.

Un halo de lluvia que sale del aspersor de mi ducha, cientos de gotitas minúsculas como vapor de rocío, cruza el chorro de luz, mezclándose con el lento cordón de diamantes en polvo.

Es como mirar una silenciosa cascada de chispas blancas.

Después sales de la ducha y te envuelves en la toalla, blanca, limpia, mullida.

Y ese momento de deslumbramiento se queda suspendido en la calma vaporosa del baño.
Tú lo ves flotar, invisible pero tan elocuente como una caricia.

Y sonríes.

Y te miras en el espejo, y te das cuenta de que te brillan los ojos más que antes.
Y sabes que es un truco que no has fabricado tú.

No te brillan más porque seas feliz, que lo eres; ni tampoco por las cremas que no te has puesto.

Brillas porque estar presente cuando la belleza ocurre nos transfigura de algún modo.

Y esa ventana a la que nos es dado asomarnos, nos regala -a veces durante unos minutos, pero otras veces durante largos y deliciosos meses- la pureza incandescente de una luz prestada.

Y aunque es verdad que es prestada, esa luz trae su propia dicha, para la que no pide permiso.

Y nos la suelta encima como una ducha luminosa, mezclada con esa sensación de estar vivo, de haber visto lo que había que ver; una certeza tan caliente y carnal como un beso apretado.

Encima, como una copa que se vierte; encima de la piel, encima del latido de nuestro día, sin condiciones, como las monedas que el ratoncito Pérez nos dejaba debajo de la almohada.

crema de calabacines amarillos para despedir el verano

{para dos raciones generosas}
  • 3 calabacines amarillos, tersos y lavados
  • 1 cebolla dulce grande, pelada y picada
  • 1 cebolla morada, pulada y picada
  • 1 guindilla fresca, lavada, picada y sin semillas
  • 3 zanahorias, peladas y picadas
  • 700 cc de caldo de verduras o ave o de agua
  • pimienta molida
  • un hilo de aceite de oliva

Mientras estábamos en la casa de Jérica en agosto, podíamos bajar cada día a la huerta a recolectar lo que estuviera en su punto para hacernos la comida.

Y una de las hortalizas más bonitas que estaban en cosecha eran los calabacines amarillos.
Había unos redonditos y otros alargados, de un intenso color solar, son sus preciosas flores de pétalos tan delicados como piel de recién nacido.

El último día que disfrutamos de la huerta, justo antes de ponernos a hacer las maletas, nos preparamos esta cremita simple y reconfortante, llena de la luz del verano tardío.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

El procedimiento es el de siempre.
Picar toda la verdura y sofreírla, comenzando por la cebolla, luego la guindilla y las zanahorias y dejando los calabacines, más tiernos, para el final.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

Reservar un par de cucharadas de las verduras cuando ya estén sofritas.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

Añadir 700 cc de caldo de verduras o de ave, o simplemente agua, sobre las verduras.
Dejar cocer quince minutos desde que alcance el primer hervor. Comprobar el punto de sal.
Pasar por la batidora, insistiendo más o menos según la textura que queramos obtener. Si la queremos más líquida, aligerar con chorritos de caldo o agua hasta que queda a nuestro gusto.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

Volver a probar. Matizar el punto de sal. Verter en cuencos. Añadir un poco de pimienta y una cucharadita de las verduras pochadas. Como ésta es tierra de extraordinarios aceites de oliva, y hemos estado comprando en la cooperativa del pueblo uno que nos encanta, Vivarium, la regaremos con un hilo de aceite. Y a disfrutar.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

p.d.: quizá porque hacer maletas, ya sea para ir o para venir, siempre me pone nerviosa, me rebané un dedo con el cuchillo cortando zanahorias con tal euforia que casi me quedo sin yema.

Jérica a las dos de la tarde el sagrado día de la Asunción, el pobre R. haciendo la procesión interminable de la cola de la farmacia del pueblo y yo dando vueltas por la casa apretándome el dedo y con la mano “más alta que el corazón” para que me dejara de sangrar.

Pero nada, después del numerito acabamos la sopa (R. acabó de hacer la sopa, vaya), la metimos en la batidora alemana y atómica que tenía Anna encima del banco de la cocina, y que nada más darle el botón disparó la mitad de la crema a boleo y nos puso perdidos de sopa ardiendo a los dos, y acabamos comiendo a las cuatro de la tarde en bragas y calzoncillos con mi dedo envuelto en suturas quirúrgicas.

Jerica. Shariqua. Crema calabacin amarillo

Debe ser una sopa con poderes, como el brebaje de Panorámix, porque a pesar de tanto descalabro, no se nos bajó el humor. ¡Y encima estaba riquísima!

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2 Comentarios

  1. Cada día te superas, cuando ya parece que has llegado al cenit en tus maravillosas descripciones y que es imposible poder relatar algo con más vida, más realismo, delicadeza y poesía, nos demuestras que estamos equivocados, que puedes llegar a más
    Y así relato tras relato nos envuelves en una nube en la que leer es sentir.
    No te canses continúa dándonos estos hermosos minutos y……… Cuidado con el entusiasmo a la hora de gisar que los cuchillos no distinguen entre calabacín y dedo. Besos

    • Qué razón tienes. Jodío el cuchillo. Ya lo dice R., no se puede trabajar con cuchillos poco afilados, una se pone a hacer fuerza, y pasa lo que pasa… Aún me duele ese dedo cuando corto! Gracias tiita, y que tengas un estupendo día de otoño!! (Con lo bonito que es el otoño ahí) (ains)

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