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Escrito por el Oct 22, 2014 en cocina de cosecha | 5 comentarios| etiquetas: cenas de sofá, coliflor, cremas, otoño

crema de coliflor

dibidibadibidú

Hoy me ha pasado una pequeña cosa que me ha puesto muy triste.
Esta mañana, cuando iba temprano a trabajar, he oído un maullido al pasar junto a los coches aparcados en un trozo de la acera que recorro cada día. Era un maullido de gatito, así que me he parado. Los maullidos de gatito son como los gorjeos de los bebés, si te gustan los gatos sabes distinguirlos sin ningún género de dudas. Me he quedado parada unos segundos intentado averiguar de dónde procedía el maullido exactamente. Era noche cerrada, las farolas apenas alumbran y era casi imposible.

Pero al tiempo que me daba cuenta de la dificultad de buscarlo en esas condiciones, también me daba cuenta de que mucho más adentro se había abierto una línea de palabras que me decía cosas como… ¿y si lo encuentras, qué vas a hacer con él? Tienes que llegar al trabajo a tu hora, ¿te lo vas a llevar allí? ¿Y te lo puedes quedar?
Yo no vivo sola, cada vez que me pasa una cosa así tengo que pensar en todos los que compartimos casa y compañeros de casa. Ya tenemos dos gatos, con todos los líos que suponen por mucho que te gusten…

(¿hay alguna clase de amor que no implique líos?)

Y las palabras subterráneas van haciendo su trabajo.

He desistido y me he encaminado hacia el trabajo.

Nemo recién llegado

Y una vez allí, me he puesto a trabajar y me he olvidado.

Un par de horas después he salido a almorzar, volviendo sobre mis pasos por esa misma acera.
El gatito estaba en el mismo lugar donde yo me había detenido, atropellado.
Era un precioso minino blanco y negro, con colita enroscada de bebé gato.

Todo esto no quiero contároslo hoy porque estoy triste, ni porque me cuesta separar de mi imaginación la vida buena y larga que ese gatito podría haber tenido conmigo.

Os lo quiero contar porque además y por encima de todo, ahora estoy pensando en la capacidad que todos tenemos de hacer de revienta-destinos con la simple herramienta de las decisiones que tomamos.
Como esas películas sobre los viajes en el tiempo en el que en la vida del protagonista cambia un detalle en su viaje al pasado, redibujando toda su vida futura.

Me viene ahora a la cabeza el cuento clásico de La Cenicienta. Esa escena en la que el hada madrina convoca unas cuantas calabazas y ratones y los convierte en carrozas y caballos… De pequeña siempre veía esa escena que me fascinaba como una escena de magia blanca.
Sería fantástico tener un hada que sabe hacer esa clase de magia cuando una la necesita, no?

Pero en este momento la veo de otra manera. La veo más bien como una especie de facilitación.
Porque en realidad lo que la madrina otorga a Cenicienta es una posibilidad.
La posibilidad de ponerse en juego ella misma para hacerse un nuevo destino.

Una posibilidad. Otra posibilidad.
Menudo regalo.

Esta mañana yo podía haber sido esa posibilidad para el gatito.

Nemo jugando al escondite

No reparamos mucho en ello, pero nuestro entorno está lleno de letanías de esa magia discreta y silenciosa.

En la guardería donde iban mis niños había un niño tremendamente tímido que se cogió a las faldas de una de sus maestras con carita llorosa cada día durante meses, hasta que comió suficiente amor como para poder soltarla y andar hacia los otros pequeños.

Ayer vi a una mamá escuchar con toda su atención y seriedad a una niña que no tendría ni cuatro años. Ambas se miraban a los ojos con un respeto absoluto, y en el aire que las rodeaba se podía sentir cómo la autoestima de la pequeña burbujeaba.

Hace unas semanas le conté algo que me estaba consumiendo a una amiga. Me dio un consejo práctico definitivo, pero en realidad fue su manera de dejarme descargar el corazón la que me dio toda la confianza que necesitaba para poder rebelarme y avanzar.

Esta temporada he visto a una muchacha joven de mi barrio recoger de la calle a un perro viejo y cuidarlo hasta que parecía otro. Un perro casi lustroso y desde luego feliz.

Nemo

En una esquina medio deshecha de mi barrio los vecinos han plantado un mini jardín llevando sus propias macetas y decorándolas con dibujos alegres.
Han puesto un banco de madera a la sombra, y debajo del banco, una señora alimenta cada día a una familia de gatos, que ahora juegan alocados y más seguros que antes, y lucen como bebés cuidados. Han transformado uno de esos rincones-estercolero de los que esta ciudad está llena en un recodo optimista que te hace sonreír cuando pasas.

En el ambiente enrarecido que aún reina en mi trabajo, en medio de la dinámica de camarillas que crecen como hongos -un mecanismo insano que la incertidumbre y la falta de transparencia no hace sino alimentar- cada día encuentras a alguien que no devuelve el veneno que recibe, sino todo lo contrario. Cada día, ésa es la sorpresa de mi día, y esa dulce envoltura de sorpresa me hace recordar que las personas no somos máquinas con botones de acción y reacción.

El otro día mi hija vino por sorpresa al trabajo, un día normal y corriente, sin nada especial que celebrar, y me trajo flores.

Resumiendo: todos los días hay personas que se interponen en los cruces donde la oscuridad podría engordar, y la desalojan de allí, conjurando nuevas posibilidades.

Menudo regalo.

Ellos, ellos sí que son auténticos pedazos de hadas madrinas… Mucho más esforzadas que la rolliza y chispeante madrina de Cenicienta. Hacen su magia con los ojos cerrados y cuando se ponen, ni varita mágica necesitan…

crema de coliflor

  • media coliflor mediana (aproximadamente 450-500 gr)
  • dos cebollas dulces, o una cebolla y dos cebolletas
  • un puerro, sólo la parte blanca
  • caldo de verdura o de ave, o agua
  • un manojo de hojas de perejil procesadas con 4 cucharadas de aceite de oliva, o un buen aceite picual
  • unos brotecitos verdes
  • un puñadito de almendras crudas

Limpiar la coliflor de sus hojas exteriores.
Cortar el troncho y separar sus pequeños racimos en flores.

En casa. Crema de coliflor

En casa. Crema de coliflor

Picar la cebolla o la mezcla de cebollas y ponerlas a pochar. Cortar el puerro en aros y añadirlo. Cuando estén blanditos, añadir la coliflor separada en florecitas y sofreírla unos minutos, hasta que empiece a tomar color sin que llegue a dorarse. Cubrirla con caldo y añadir sal y pimienta.

Mientras se va haciendo, partir en dos las almendras a la larga y ponerlas a freír en un poquito de aceite de oliva, hasta que se doren. Escurrirlas en papel absorbente y rociarlas con un poquito de sal.

En casa. Crema de coliflor

En casa. Crema de coliflor

Dejarla cocer unos 15-20 minutos. Pasarla por la batidora de brazo hasta obtener una textura homogénea y cremosa. Ajustar la densidad a nuestro gusto añadiendo más caldo o agua si tal como está no nos parece perfecta.
Adornarla con unas gotas de aceite de perejil o con uno de esos aceites de oliva picual intensos, esos que sueltan gotas que parecen gemas de peridoto, y con unas cuantas hojitas verdes: berros, canónigos, hojas de mostaza, germinados… lo que tengamos a mano.

En casa. Crema de coliflor

Sabrosa, simple, delicada. Perfecta para esas cenitas tibias que empiezan a apetecer en otoño.

En casa. Crema de coliflor

¡Feliz semana a todos!

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5 Comentarios

  1. Hola Fernanda,
    suelo insistir a todo mi entorno (y hasta su aburrimiento) que los humanos somos capaces no sólo de todo lo malo, si no también de construir, de crear y unir. Con cada cosa que hacemos o no hacemos; que decimos o callamos, cambiamos nuestro entorno y también la vida de quienes nos rodean. Si podemos cambiarlo para bien, ¡hagámoslo! En ocasiones basta con mirar a los ojos a nuestro desconocido interlocutor y sonreirle para que él también sonría. Basta con darle las gracias, para que su día mejore. Es suficiente, en ocasiones, con ser amable, para cambiarle el día a alguien. Es fácil, ¡hagámoslo!

    Una pregunta. Esas hojitas verdes en las que se aprecia savia roja, ¿de qué son? Las he probado en alguna ocasión y me gustan pero no eran capaces de decirme el nombre concreto de esas hojas.

    Gracias & saludos,

    Jose

    • Hola Jose!
      Yo trabajo en una biblioteca pública especializada. Eso quiere decir que es una biblioteca pequeña con recursos de valor muy concentrados, y con una sola persona en la atención a los usuarios, que soy yo. A más de eso, éste es un tema que me interesa mucho. Y siempre he pensado, contra la opinión de muchos compañeros, las cosas como son, que la amabilidad es un requisito imprescindible en la atención al público. Así que cada día veo a unas cuantas personas que aterrizan en la biblioteca con sus propias necesidades, y veo cómo reaccionan cuando las recibes sonriendo. Es lo mejor de mi trabajo. De lejos.
      Como tú, yo también creo que la amabilidad de un extraño puede cambiar un día completo.
      Y creo que ésa es la sal de la vida. Así que me sumo a tu deseo: ¡hagámoslo!
      Las hojitas son brotes tiernos de acelga roja.

      p.d.1: como ya no es el momento de plantar tomates, voy a plantar unas acelgas que aquí no encuentras en los mercados y que tienen los tallos amarillos, naranjas, rosas; las llaman rainbow chard, y me encantan.
      p.d.2: qué alegría me da siempre oírte por aquí.

  2. Me alegro de que te alegre mi paso por aquí 🙂

    ¡Qué chulas esas acelgas de colores! El otro día en el mercado estaban tan frescas, las normales, y lustrosas que me habría traido todas. ¡Parecía una floristería!

    Curioso. De pequeño no me gustaban ni las acelgas ni la coliflor. Tuve que empezar a cocinar yo mismo para encontrar las formas en que me gustasen.

    La coliflor, que odiaba, en crema ahora me encanta. Yo la hago un poco distinta. Un poco más “Comtesse du Barry” 😉 con nata y demás. Me gusta tanto que incluso la tengo en el congelador (espero sacarla en breve con un plato que se me ha ocurrido).

    Gracias por la aclaración de esos brotes.

    Saludos,

    Jose

    • Madre mía del amparo! Ya puedes decir que eso es lo que comen los domingos en el cielo! (como siempre, eres un as para encontrar etiquetas que te hacen sonreír). ¡Papada! ¡Y huevo! ¡¡Pecador!! Un abrazo y feliz día!

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