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Escrito por el Ene 24, 2014 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: crema, mejillones

crema de mejillones

flower power

Debíamos tener 13 años.

Era aún antes de los primeros novios y todo aquello.

No es día de colegio, y hace sol.

Vuelvo a casa de mis padres desde no recuerdo dónde, y cuando cruzo el semáforo que me deja en la acera de casa veo a una amiga de clase sentada en el murete de un bajo comercial, mirando absorta a una cabina telefónica que tiene delante.

Vuelvo la cabeza hacia la cabina, y veo a un hombre forrando con vinilos de publicidad los cuarterones de sus pequeñas paredes de cristal.

Seguramente, en ese momento las neuronas me patinan un poco, y lanzo furtivas miradas cabina-amiga, amiga-cabina unos pares de veces mientras me acerco a ella andando más despacito de lo normal.

Pero todo llega, así que sobrepaso la cabina y alcanzo el rincón donde está ella, sentada en el bordillo de la acera de mi casa mirando al tipo con la misma absoluta concentración.

La chica se llama Paz (ahora me doy cuenta de que recuerdo hasta su apellido), lleva un gran bolso vaquero con una flor de cuero, tiene el pelo pajizo y corto y los ojos de color avellana, y un pequeño hueco entre sus dientes delanteros, estilo Madonna.

Tiene una piel pálida que se sonrosa con facilidad, y es, hasta donde recuerdo, callada, independiente y opaca: tiene ese algo escurridizo de definir que la hace diferente a todas nosotras.

No parece necesitar ninguna camarilla ni buscar ninguna clase de aprobación, y eso ya de por sí la convierte en una adolescente que llama la atención entre nosotras.

Mas de Barberans

Algo me va por la cabeza sobre que sus padres tampoco eran muy convencionales. Entonces yo era incapaz de entenderlo, pero ahora me doy cuenta de que la flor del bolso era una casualidad llena de elocuencia: el Flower Power estaba hecho a su medida.

Total, que ahí estoy, a su lado, de pie en la acera mientras ella está sentada en el bordillo, mirándola con cara de pava. Y me puede, mira, me puede el gusanillo. Así que voy y, aún no sé si con inocencia genuina o con sincera perplejidad, le pregunto: ¿qué haces?

Se me queda mirando y en sus ojos no hay, mientras responde, la más pequeña fibra de suficiencia, burla o cinismo. Me dice, con candorosa tranquilidad: estoy viendo cómo ponen esos carteles…

Yo, que en aquella época era cualquier cosa menos literal, me quedo de una pieza.
¿Qué coño de interés podía tener para alguien un poco inteligente ver pegar un cartel en una pared? pues chica, cartel, pared y pegamento, listo, una cosa prosaica donde las haya, como sabe cualquier persona medianamente cabal que pilles a la mano…

Carcer. Fiesta del Sacrificio

Así que sonrío haciendo como que la entiendo como si fuéramos almas gemelas, me despido y me meto en el portal de mi casa.

Hace mil años que no sé nada de Paz. Tengo la impresión de que debió dejar el colegio antes que yo. Aquel colegio le quedaba, sin duda, muy estrecho.

Obviamente, aquella sonrisa de hacer como que entendía lo que ella miraba alojó una cierta comezón en mí, porque si no no seguiría recordando a Paz casi cuarenta años después.

A veces pienso si la pequeña convulsión sísmica que debió significar para mí ese encuentro casual y su recuerdo reverberando a lo largo de los años, estaba relacionada con la admiración que yo sentía por ella y con el misterio que significaba el silencio en que mantenía su interior.

Quizá esas dos cosas, que en sí mismas son como preguntas poderosas que nos hacen desear comprender mejor, potenciaron la sensación de incongruencia, de “aquí falta una pieza” que me producía aquel recuerdo.

O simplemente quizá yo estaba destinada a encontrar una puerta que me diera entrada al país de “lo pequeño es hermoso”, y Paz fue la primera.

O quizá ambas cosas a la vez.

En todo caso, también a veces pienso que si la volviera a ver ahora, la miraría a esos preciosos ojos rasgados, ensoñadores que tenía, y le preguntaría: ¿aquella tarde, ya lo habías entendido todo, o sólo era una premonición?

En casa. Tomates

Quién sabe si después de aquellos días cambió completamente y se acercó a nuevas ambiciones; quién sabe si se convertiría después en una ejecutiva brillante y estresada. Quién sabe si pasaron los meses y se olvidó para siempre del Flower Power y sus locuras poéticas.

A mí, claro, me gustaría más que la historia acabara como empezó. Que la primera baldosa amarilla la llevara hasta la siguiente. Que conquistara Oz y se quedara a vivir allí. Que se haya hecho cada vez más luminosa.

Ahora que las mujeres de nuestra edad entramos en el ciclo de la hechicera blanca -ese ciclo de recoger en una marmita cuanto hemos aprendido y ponerlo a cocer siguiendo una pócima personalísima y secreta- sería un lujo poder leer la receta de la suya…

Y siguiendo este hilo de caldero burbujeante, hoy haremos una pócima de otra clase: una crema sencillísima, sabrosa y perfecta para los días fríos y soleados del invierno.

crema de mejillones

{para cuatro personas como entrante}
  • 2 kg de mejillones
  • 40 gr de mantequilla
  • 3 puerros
  • 200 ml de nata líquida (ligera o espesa)
  • 200 ml de leche
  • 2 patatas cocidas a dados
  • azafrán en hebras

Los mejillones están ahora dentro de su mejor época, una temporada larga que va de octubre a marzo, la temporada fría. Lavamos bien los mejillones bajo el chorro del agua. No hace falta rascarlos ni quitarles las barbas, sólo lavarlos largamente con agua abundante. Las barbas son el anclaje natural del mejillón, no son restos de las cuerdas de granja (que son de nylon). Quitarlas ahora aumenta el riesgo de se dañen y no se abran y también de que se deshidraten. Los cocemos al vapor sin líquido hasta que abran sus conchas, idealmente colocados sobre una rejilla, para que ninguno “se cueza” en líquido, porque se volverían más acartonados. Después los sacamos de sus conchas separando el pie y, ahora sí, retiramos las barbas.

En casa. Crema de clochinas

Cortamos el puerro en rodajitas y lo ponemos a dorar en la mantequilla.
Ponemos a infusar las hebras de azafrán en una cucharada de agua hirviendo.
Colamos el agua de cocción de los mejillones, descartando el final.

En casa. Crema de clochinas

Le añadimos el azafrán en infusión, la leche y la nata, sal y pimienta negra. Añadimos los mejillones, reservando seis por plato. Añadimos las patatas, reservando unos daditos por plato. Añadimos los puerros. Si nos parece que hace falta para darle una consistencia más ligera, añadimos un poco de caldo vegetal o de agua. Le damos unas pasadas con la batidora de brazo, hasta que quede fina y ligera. Recalentamos. Probamos el punto de sazón.

En casa. Crema de clochinas

Servimos en los cuencos, y añadimos los mejillones enteros, los daditos de patata, un hilo de aceite de oliva y pimienta rosa recién molida (o un polvo de pimentón dulce, a gustos).

En casa. Crema de clochinas

Y a comer. Caliente. Especiada. Simple. Con un sabor profundo a mar de invierno: raso, fragante y calmo como una balsa de nácar.
A disfrutar. ¡Feliz fin de semana a todos!

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2 Comentarios

  1. Querida Fernanda: Tenía ganas desde hace días de darte las gracias por tu comentario (Otra vuelta de tuerca es uno de los grandes relatos de terror de la historia de la literatura, justo porque al creer a la maestra casi nos convertimos en cómplices), pero sobre todo por tu delicadeza en cuanto nos regalas. Pensando en tu amiga, he recordado el mismo descubrimiento, el mismo despertar que cuentas. Tuve la suerte de vivir esa amistad tan intensa y de descubrirme en ella. He tratado de expresarlo en una entrada que titulé “La amiga”. Te gustará. Lo peor era el internado, y he recogido unos versos de Pureza Canelo bellos y exactos.
    En tus escritos hay una luz que aparta las sombras de aquel tiempo. Me devuelven lo mejor, la frescura adolescente y los placeres cotidianos. Te veo en la bici y disfruto con todo lo que ve esa jovencita y se lleva a la boca. Rescatas lo bueno: huelen bien tus palabras, a brisa y a alegría.
    A la gratitud he de añadir la emoción de los versos que nos traes de Félix Grande. Le recuerdo cuando empecé la carrera, en un recital muy íntimo. Años después me publicó un artículo en Cuadernos Hispanoamericanos, respondiendo con tanta amabilidad a una novata. Son unos versos maravillosos para honrar su memoria y encontrar en ellos nuestros recuerdos. Me han conmovido y emocionado como todas las citas que escoges: delicadas y exquisitas.
    Pasa una buena semana, sin constipados a ser posible, y cuéntanos abriéndonos el apetito. Un abrazo grande grande.

    • Mi querida Esperanza, te debo contestación hace días. Tienes que perdonarme, sabes que estuve con gripazo y después con líos familiares varios. He leído tu entrada, los versos de Pureza Canelo, y recuerdo muy bien Julia; en algunos de mis diarios de adolescencia hay páginas sobre esa película basada en Pentimento. Tu historia ha hecho su diana, como todas las tuyas. Aunque todo en ella te hace sentir como una campana que roza el viento, me quedo con el final:
      “Tu luz llevo en mis ojos.
      Y ahora solo quiero estar en el fondo de aquel primer paisaje:
      en el jardín que creabas con tu sola presencia.
      Y aprender a cultivarlo cada día.”
      No sé qué ha sido de mis amigas, aquellas tres que fueron sucediéndose una a otra en mis diferentes edades, esas edades capitales en las que, en tus palabras, “aprendí a ser quien soy en aquellos meses escasos y perennes; y el mundo, tan hermético hasta entonces, empezó a descifrar su enigma o su insoluble adivinanza.” Pero ojalá que estén por ahí, enamorando a otros como entonces a mí, más vivas que nunca.
      Tuviste en todo caso un regalo: aquel día de 23 años después, en el que comprendiste que “nosotras aún éramos las mismas.” Esa revelación que tenemos en momentos muy especiales de vida, cuando se hila de repente que todo lo que hemos sido después viene de una cierta fuente donde ya estaba escrito todo, es también algo que nos hace compañía para siempre.
      Yo aún no me he atrevido a escribir de verdad sobre esa época de adolescencia. Prefiero la época inmediatamente anterior, donde había más luz. La siguiente la recuerdo con desgarrones de luz y desgarrones oscuros que no podían separarse unos de otros, una época muy agitada de grandes y a menudo nada pacíficas transformaciones.
      Por eso casi siempre hablo de antes de eso, cuando “todo estaba escrito ya” también, pero no habían empezado los desgarros. Es como tú dices, estoy “rescatando lo bueno”. Supongo que llegaré a lo otro alguna vez también, en esta especie de viaje hacia las fuentes…
      Qué bueno lo de Félix Grande. Y qué poco me extraña. Otro regalo más, verdad?
      Que pases un muy feliz fin de semana Esperanza. ¿Sabes qué? Aquí casi parece que haya llegado ya la primavera…
      Un gran abrazo de tu amiga, Fer

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