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Escrito por el Ago 12, 2015 en cocina de cosecha | 4 comentarios| etiquetas: ensalada de fruta, queso feta, sandía, verano

cubitos de sandía

el verano sin hombres

Es muy temprano en la mañana.

La cama está fresca por larga presencia del aire marino nocturno.
El sol se filtra por las persianas desplegadas, moteando las sábanas con una lluvia de luz.

Oigo cómo se pone en marcha la cortadora de césped, una máquina vieja que hace un ruido de centrifugadora.
En pocos minutos el olor a hierba recién cortada flota dentro de la habitación como una gasa suspendida.

Me levanto deprisa y contenta, cojo un bañador y un blusón, cierro la puerta del cuarto para que mi hermanita pueda seguir durmiendo.

Levanto la persiana del balcón del comedor y entra la luz del día nuevo, blanca, acrisolándose de dorado por momentos, según el sol sube los escalones de su azulada esfera invisible.

Entra el aire marino, mullido y terso aún, contagiado de la seda benigna de la noche.

adelfa

El sol cambia de posición sobre el suelo frío cada pocos minutos. El aire se entibia.
Las hebras nocturnas se licúan dentro del aire solar como hilos de azúcar en agua.

Huelo la hierba, la sal, la arena, el día temprano.

Bajo a por el pan y a por bollos esponjosos coronados por una nieve de azúcar, me preparo un café con leche muy fría, y desayuno en la mesa de la terraza, mirando todo y nada, dejándome fluir con el ritmo tranquilo de la mañana limpia, de la mañana que apenas ha empezado, y está plegada, quieta y hermosa como un regalo envuelto.

Después bajaré a la orilla del mar y cortaré un manojo de esas adelfas que tienen flores de un delicado melocotón pálido.

Cuando regrese a casa las colocaré en el jarrón de cerámica crema, y me pondré a leer bajo esa combinación de alientos protectores: las preciosas flores que se holgan en el clima sombreado de la terraza y van abriendo sus capullos mientras el sol avanza; el olor incitante de la playa, el perfume rojizo y meditativo de las praderas de pinocha calentándose al sol.

campanilla

Antes de comer dar una vuelta por el jardín buscando mis flores preferidas.
Todas esas flores de jardín doméstico marcan para mí, como pequeños símbolos, el final de la niñez silvestre, el inicio de los rituales sociales.
Dibujan la forma de un nuevo capítulo.
El capítulo anterior se ha terminado, pero guardo todos aquellos otros nombres, clavel de roca, astrágalo, adelfas rosadas, campánulas, zanahoria silvestre, uña de pastor, diente de león, como si fueran los dibujos que acompañan a las iniciales de un imaginario prodigioso.
Las adelfas son la única flor que está en mis dos abecedarios. Quizá por eso les tengo tanto cariño…

Y ahora tengo todas estas otras nuevas flores que aprender, nuevos capullos que vigilar cada día, y que grabar en mi imaginación.

El rosal Chrysler con sus rosas opulentas, copas de terciopelo granate grandes como puños.

El jazmín, cuajado de estrellas blancas que tapizan la hierba a su alrededor.
Por las tardes recojo los capullos que están maduros y los enhebro, engarzándolos en un hilo, un peciolo detrás de otro.
El hilo se cierra componiendo una moña, que podías colocarte en el pelo o sobre tu almohada.
Con el calor del cuerpo los jazmines eclosionaban en la arquitectura fantástica de una gran flor rosada, y durante un par de horas vivías envuelta en una nube de perfume irretenible y divino.

Las flores recién abiertas de los arbustos de altea, crepitando en la sombra como llamas malvas.

Las capuchinas con sus caritas vueltas al sol, amarillo limón, yema de huevo, albero, naranja encendido, sanguina, rojo sangre, y las anchas hojas redondas levitando el el aire, como verdes hojas de nenúfar flotando en el agua de un estanque.

queen anne lace

Por la tarde largos paseos en bici, bañador y sandalias de dedo, buscando los caminos que están a cobijo del sol.
Escolleras, cañones, pescadores de caña.

Largos atardeceres sin prisa al pie del agua que ronronea y se sonrosa, blanda y pacífica como una lengua de perro.
Faros que se encienden, luces que se van prendiendo en las terrazas en penumbra.

Aquellos veranos antes de ser mujer, cuando la muchacha ya estaba dentro de la niña y se cambiaban a ratos los turnos de estar presentes en el mundo.
Veranos que estaban completos con libros, bici, bollos y bañador.

Con los olores del aire en cada momento del día, que evolucionaban como un caleidoscopio en movimiento.

Con cada flor que había que mirar, aprender a nombrar y recordar después.

clavel de roca

Con la libertad de ser dueña del tiempo.
De que me dejaran vivir mi pequeña vida sin más explicaciones.

Los veranos sin hombres.

Cuando los recuerdo ahora, aquella clase de poderosa y sencillísima felicidad siempre me hace sonreír de placer…

cubitos de sandía

Un verano tórrido. Un verano de un calor terrible.
No recuerdo haber pasado tanto calor ni haber sudado tanto creo que nunca.
Aquí hay mañanas tan húmedas que cuesta respirar.

El calor quita el apetito y también las ganas de cocinar.

Apetecen platos simples, ligeros y sobre todo refrescantes.

Probad con éste. Es una delicia, y más fácil imposible. Creo que os encantará.

  • sandía
  • queso feta en una pieza o en láminas gruesas
  • sirope (melaza) de granada*
  • un pepino cortado en lonchas finas mandolina, pelador o con buen pulso y cuchillo afilado
  • unas hojitas y /o flores de albahaca y menta para decorar
  • aceite de oliva
  • pimienta recién molida
  • unos piñones tostados

Cortar cubos de tamaño regular desde la sandía, una vez descortezada y partida en mitades. Para cada ración, yo he cortado cubos de aproximadamente 5 cm de alto por 8 cm de ancho y otros 5 cm de profundidad.
Cortar lonchas de feta del mismo tamaño, y de 1-2 cm de grosor.

Con un pincel, dar unas pinceladas de sirope en el fondo del plato.

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Colocar sobre ellas un par de filetes de pepino.

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Sobre el pepino, colocar el bloque de sandía. Espolvorear con pimienta molida.

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Colocar encima la lámina de feta.

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Rociar con aceite de oliva y un poco de pimienta de nuevo.

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Partir el resto de láminas de pepino por la mitad longitudinalmente. Enrollar cada una sobre sí misma formando un rollito. Si las has cortado suficientemente delgadas, mantendrán su forma sin problemas.

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Colocar los rollitos de pie sobre la lámina de feta.

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Esparcir unos piñones tostados sobre el plato, y colocar unas hojitas de albahaca y menta. Rociar el pepino con unas gotas de aceite de oliva y unas escamas de sal.

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Y listo.

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El contraste de sabores entre el pepino (amargo), la sandía (dulce) y el queso (salado) es sorprendente y maravilloso.
Deja en la boca una estela de sabor largo y saciante.

Y sin embargo, es tan fresquito y ligero como un helado.

Ideal para el borde de la piscina. 😉

Que lo disfrutéis.

Felices vacaciones.

*El sirope de granada se puede adquirir en establecimientos especializados en comida multicultural. Se utiliza mucho en la cocina árabe. Puede hacerse en casa partiendo de zumo de granada comercial o fresco, añadiendo azúcar y dejándolo reducir a fuego suave hasta que alcanza la consistencia de sirope -en el enlace que os dejo arriba encontraréis información detallada de cómo hacerlo; puede sustituirse por sirope de arce, miel, preferentemente herbal, como de romero, tomillo o brezo, o simplemente prescindir de él.

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4 Comentarios

    • Gracias Jose.
      Qué combinación más veraniega la tuya. De ésas de la única verdad.
      Espero que hayas pasado un feliz verano, pese a estar lejos del mar.
      Un abrazo, Fer.

  1. Hola Fernanda, qué ganas tenía de leerte y eso es lo que he hecho al volver a la civilización. Creo que me da tiempo a probar este plato tan refrescante y tan rico.
    Un placer leer tus textos, me encantan.
    Muchos besos

    • Hola bombón. O sea que ya estás por aquí, y te has puesto a mirar tu superarchivo… No sabes cuantísimo me alegro de que hayas pasado el mes desconectada, allá en el pueblo, y bien fresquita. Creo que verano, verano, sólo hay ese. Ale, pues ya estamos de vuelta! Un abrazo bien fuerte, y que empieces el nuevo curso con muchas energías y con muchas ilusiones. Fer

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