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Escrito por el Sep 22, 2016 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: apurando el verano, final del verano, mar, nubes, senso, tormentas, vacaciones, verano

días nublados

 

· días nublados ·

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Días nublados en pleno verano.

Deliciosos.

El cambio para mí, por pequeño que sea, es desde hace años una especie de receta milagrosa para exorcizar el entumecimiento de la piel.
Para mí, que estoy presente en mi mundo de una manera rotundamente sensorial, apreciar y cultivar todo lo que fractura la rutina ha sido mi forma de mantener los sentidos exquisitamente calibrados, pulsátiles, expuestos a la corriente de vida sensual de cada día…

Así que yo adoraba los días nublados.

Días diferentes, días que suspendían el imperio del sol y su pletórica monotonía, desaturaban los sentidos y permitían regresar a la playa al día siguiente con la piel recién nacida, preparada para absorber todo el delicuescente dorado del verano como si de nuevo fuera un primer día.

Días algodonosos, el cielo brumoso y cercano, acolchado, encapotado por cadenas de nubes blancas que avanzan deprisa hacia las montañas bermejas.

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Días excitantes que vuelven el aire más carnal y hacen descender los perfumes del monte hasta la playa.

Días de buscar el rincón donde el Levante se encajona y sentarse con la espalda desnuda a la contra, para dejarlo trepar por la piel, apropiarse del cuerpo y enseñorearse en él como harían unas manos formidables.

A menudo esos días comienzan por la noche: mientras duermes oyes crujir las persianas bajo las arrancadas de un Levante inusual, confundido de hora.
Corrientes de viento vigoroso penetran en los cuartos y vibran sobre las camas como racimos de campanillas frías.

Al despertarte no hay encalmada.
El Levante sigue batiendo la mañana, alegre y chispeante, lustroso como un astro, omnipresente; su fuerza de gravedad se expande sobre el día hasta polarizarlo por completo, como una mujer bonita segrega silencio y un vuelco de miradas al entrar en una habitación.

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Un estimulante tintineo vibrátil ciñe la mañana.

Los toldos se hinchan y se vacían como pulmones, sacudiendo sus anclajes con recios golpes de abanico.

El viento se encolumna en los deslunados y en las escaleras, absorbiéndolas como una boca que succiona, ululando.
Las largas cortinas de lino blanco se levantan sobre sí mismas cabalgadas de viento, oscilan como claras mareas benévolas.

Las habitaciones huelen intensamente a mar, un sonoro perfume a frontera de mar se adhiere a las cosas como aceite.

Las puertas se deslizan de sus frenos y se cierran de golpe con estruendosos portazos que te sobresaltan.

Toda la casa está fruncida de oscilaciones, movimiento y deriva, y andar dentro de ella se parece a recorrer un barco que navega.

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Pese al régimen de brisas que el mar infundía sobre nuestra vida de playa, rítmico, previsible, eficaz, la temporada era canicular: la arena ardía y el sol aplastaba el mediodía bajo su aliento demasiado fogoso.

Los días nublados, balsámicos, hidratantes y afectuosos, se esparcían en nuestro verano de niños como las sombras benignas que los árboles segregan sobre el asfalto de una carretera.

Saltando de uno a otro, como quien recoge las cuentas de un collar partido, cruzabas tu verano.

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Días de camisa abotonada y shorts, o de blusón sobre el bañador, de pelo recogido con coleta, días de bici y de escollera, por las tardes días de vestidito, días refrescantes con bandadas de gaviotas volando en amplios círculos punteados por chillidos que no entendíamos, ¿qué se decían las gaviotas, les gustaban como a mí los días nublados, o estaban emborronadas como el día?

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Días en que la luz perlada te hacía descubrir lo morena que tenías la piel y el vello, ahora dorado, que te cubría los muslos y los brazos como una pelusa pajiza.

Dejabas las sandalias de dedito y te ponías unas alpargatas de lona roja, azul marino, blanca: las suelas de esparto estaban esponjosas de humedad salina.

La mañana avanzaba despacio.

Una la enlentecía, no quería acelerar la delicia; el aire había perdido su naturaleza cristalina y se había vuelto vaporoso y mullido, casi líquido.
Al respirar despacio podías surcarlo braceando.

Los colores recuperaban su vibración profunda, que el sol centelleante de agosto aplanaba cada día bajo su aliento cálcico.

Y el mar se detenía bajo aquel mandato del aire, embalsamado como una lámina de mercurio: perfectamente lisa, cerosa, surreal…

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Mañana volvería el repujado de lentejuelas rielando al mediodía y el juego de cabrillas blancas sobre añil cuando el sol rebasara la línea de horizonte.

Hoy el mar era un papel charol sobre el que los petroleros lejanos caminaban a cuatro patas, como lagartos adormecidos, rojos y azules.

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El Levante arrecia de tarde y las drizas de los veleros ritman los paseos por la orilla como grillos metálicos.

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El agua se revuelve y la marejada trae desde alta mar largas olas verdigrises, verde olivino, gris acero, orladas de gruesas diademas de espuma de un blanco apagado.

La playa huele profundamente a mar y a lechos de algas mojadas, los faros se asoman entre cuencos de nubes.

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Una rebeca. Unas bambas.
Una sonrisa. Una carrera por la arena oscura, compacta y mojada.

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Una concha de nácar brilla entre la arena como un trozo de gema. La desentierro, la guardo en un bolsillo.

Respirar.

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Mirar el horizonte y dejarse investir por estas bendiciones.

Agosto, un rompiente de luz, y el mar en los bolsillos.

 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: tatin de berenjenas.

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