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Escrito por el Ene 24, 2017 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: estorninos, invierno, migraciones, mirar el campo, pájaros

estorninos

· estorninos ·

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Cuando era adolescente encontré un libro maravilloso que me fascinó durante años (ahora mismo está detrás de mí, en el estante de la librería que queda a la altura de mis riñones detrás de la silla de la mesa donde suelo escribir).
Era una edición primorosa y facsímil del cuaderno de campo que la naturalista Edith Holden, una mujer poco corriente, ilustradora y enamorada de la naturaleza que vivía en la campiña inglesa, escribió durante el año 1906.

Ese libro me transmitió, o me contó con palabras que yo podía reconocer, una clase de amor por la naturaleza que yo sentía desde muy pequeñita.

Esta foto está hecha el 2 de mayo del 65, el día antes de mi segundo cumpleaños.
Ya era una loca de las flores y los olores del campo…

diente de león

El de Holden es un amor voluptuoso y contemplativo: pausado, elocuente, vivaz…
Condensa con majestuosidad el encanto soberbio que las estaciones despliegan sobre los días cotidianos de cualquiera que mantenga los ojos abiertos a lo que sucede alrededor.

Preciso pero salpicado de calidez, preciosista pero humanizado por un candor genuino, tiene la intensidad hipnótica de un bordado de seda.

En ese libro aprendí que las estaciones son como una canción que siempre regresa al estribillo.
Como una corona de flores trenzada sobre una cabecita de niña.
Se despliegan y se enlazan consigo mismas, proporcionando a quienes las buceamos un curso inacabable de motivos de deleite.

Una canción conocida con fragmentos de improvisación…

El año sensorial nos permite anticipar las delicias que esperamos, entregando siempre algún regalo nuevo, un cromo más que hasta ahora no habíamos visto, y que se convertirá en otro motivo de expectación y regocijo el año próximo.

Estos meses de invierno, desde noviembre, nos visitan los estorninos.

Les gusta el clima suave, la laguna de agua dulce anillada de arrozales y los campos de huerta que rodean la ciudad.

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Hace muchos años, cuando sólo los veía sobrevolar la ciudad, yo pensaba que se parecían a los gorriones.

Ahora sé que no: más corpulentos y fibrosos, de plumaje acerado y brillante, tienen un pico fino y potente y en nada se parecen a los amistosos gorriones, regordetes y mullidos, que saltan a pasitos en las plazas.

Siguiendo un calendario que para mí es misterioso, las bandadas se alojan en los mismos lugares a las mismas horas, durante unos días.
Vecinos de costumbres pautadas, puntuales como relojes, van y vienen a sus citas perfectamente predecibles, raudos y jaraneros como si disfrutaran de su rutina.

Y durante muchas tardes han estado aquí en mi plaza.

Todas las mañanas, al salir el sol, les he visto llegar y agruparse en corritos en las antenas de los tejados que rodean mi casa, y en las que coronan el tejado de la iglesia.

Después de un rato de charla y comadreo, yo voy para tu antena y tú para la mía, con el sol ya firme, levantaban el vuelo hacia los campos: oscuros abanicos de pájaros desplegándose contra el cielo de la ciudad como nubes vibrátiles de carbonilla gruesa.

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Por las tardes, en la sobremesa de almíbar del invierno, antes del atardecer, en esa hora delicuescente en que el sol baña el mundo en miel tibia, les he visto volver y posarse de nuevo en los tejados, atiborrando las antenas y los hilos de la luz.

Algunas tardes llegaron aguaceros de un azul plúmbeo, truenos atronadores… ellos seguían todos juntitos en sus hilos, en sus antenas, mojándose, piando, alborotando.

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En Navidad fuimos a comer a la albufera y allí estaban, convirtiendo el tendido de la luz que bordea los campos en un pespunte de bodoques negros.

Hace unas tardes pasé por debajo del gran ficus macrophylla que está junto a mi casa en el corazón del barrio, y allí estaban.
Un coro atronador de píos, una algarabía de alas en revoloteo que hacía pensar en criaturitas algodonosas jugando al tú la llevas con frenesí.

Siguen aquí.

Pero el cambio de estación ya está en el andén, así que deben estar a punto de marcharse. Y las golondrinas y los vencejos a punto de llegar.

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Hora del sol que una puede aprender a descifrar sin mirar ningún reloj.

Madurez de los meses que una puede aprender a distinguir por el canto de los pájaros, por los huéspedes de las antenas y por el follaje de los árboles.

Hermosos dones.

La felicidad de vivir con la Naturaleza. Edith Holden. Círculo de Lectores por cortesía de editorial Blume, 1979.

Las fotos de los estorninos en mi barrio están hechas el 26 de noviembre. En el mes de Noviembre, el pájaro que dibujaba Edith Holden allá en la campiña también era un estornino, un estornino pinto…

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 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: canelones a la moderna.

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