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Escrito por el Feb 8, 2017 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: equivocaciones, genealogia íntima, invierno, la historia de uno mismo, raíces, Silvio Rodríguez

filogenética

· filogenética ·

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Se construye a partir
de ruinas. Quien no lo sabe
devasta el mundo.

Jorge Riechmann. Poemas lisiados.

Vamos en coche, recorriendo despacio una de esas carreteras que atraviesan un pueblo detrás de otro por su calle principal.

Las casas. Casas aireadas como la de mi abuela, casas de grandes portones que se abren a zaguanes fríos con habitaciones a ambos lados, comedores amplios con cristaleras, una chimenea y un corral al fondo.

Casas que puedo recorrer con los ojos cerrados sin entrar en ellas.
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Portones dobles de madera oscura con las dos hojas superiores entreabiertas.
Detrás una cortina de encaje.
La huella de la puerta vestida de bellos azulejos tradicionales o pintada de azul mediterráneo.

El perfil estrecho de la calle dibujado por líneas de balcones de alveolada rejería de forja, con sus macetas de geranios y claveles.

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Los remates de fachada con el año de construcción, con rosetones de flores, con lucernarios en forma de corola.

Pienso en todas esas cosas que forman los estratos inconscientes de lo que somos, de nuestra sensibilidad, de la cifra de nuestras emociones; el código que las produce y las descifra, el esqueleto de nuestros huesos, eso en lo que no pensamos nunca.

El vía cruces de mojones, resplandeciente como un sendero de guijarros blancos discurriendo entre pinos, olivos y cipreses.

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Las cúpulas tapizadas de tejas azul cobalto y verde esmeralda, labradas con delicadas nervaduras blancas.

Los faroles de hierro que cuelgan de las esquinas de las calles y se encienden al anochecer con copos ambarinos de luz de gas.

Los quitamiedos encalados de las carreteras, como cremalleras onduladas que abren y cierran colinas y valles.
Las balas de heno sobre los prados y los lavaderos blancos con chorro de agua viva a la entrada del pueblo.

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Los bares oscuros con mucho ruido y un aire espeso que levita sobre las boinas de los hombres curtidos y arrugados, acomodados en mesas modestas con cajas de fichas de dominó, chatos de anís, aguardiente y moscatel.

Nos guste o no, estamos hechos de todo eso, como en otros lugares están hechos de recio olor a bosque, de olor a humo y chimenea, corzos y escopetas, leña de abedul y agua fría de río.

El mes de febrero de hace 18 años, por las noches, en los escasos ratos de asueto, ratos de libertad robada, yo, otra yo, en otra casa, en otra vida, me recluía bajo el círculo de luz caliente de una lámpara que había colocado sobre una mesita baja en la cocina, encargándole la tarea fragorosa de convertir aquel rincón en un remedo de refugio…

Y sentada en una taburetito a ras de suelo, oía una y otra vez el mismo disco de Silvio Rodríguez.

Cuántas botellas de albariño helado me habré bebido a solas sentada a ras de suelo en aquel taburetito, aislada en el mar dorado que la lamparita se peleaba con valentía para mí, mientras yo me prometía a mí misma una y otra vez que habría aurora.

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Hoy, quién sabe por qué, lo he encontrado en Spotify y lo he vuelto a oír.

Y cuando he llegado a esta canción*, he recordado de golpe todo esto.

Esta canción era mi preferida, y aún envuelve con poder y luz las emociones de entonces.

Pero al oírla ahora y fijarme bien en lo que canta, me doy cuenta de que no recordaba la letra.
No la recordaba: no como si la hubiera olvidado, sino como si nunca la hubiera oído.
Como si entonces no hubiera reparado en lo que decía, en la absoluta literalidad con la que reproducía la situación íntima en la que yo me encontraba.
Como si la hubiera tragado sin masticar, como hacemos con el arroz cuando tenemos hambre.

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La canción me retrotrae a aquella época convulsa de mi vida, con todas las sensaciones amargas y espinosas que la acompañarán siempre.

Sin embargo, me doy cuenta de que igual que debajo de mi aprecio por mi vajilla blanca Rosenthal y mis copas de cristal malva está la casa de pueblo de mi abuela con sus paredes de azulejos modernistas, sus humildes muros encalados, las sillas de enea repintadas de rojo y las macetas de claveles, igual que mi deseo de belleza de hoy ha germinado sobre aquella filogenética ancestral, debajo de mis días luminosos de hoy están aquellos ratos bajo la lamparita cantando en voz inaudible una letra traslúcida que hoy no recordaba.

Aquel dolor, aquella angustia, aquellas equivocaciones, bocetos, garabatos, remiendos, aquellos nudos atragantados, me han traído hasta donde hoy estoy con la mano firme de un hilván bien tirado.

Hoy ya entiendo que todo el pasado es presente y es futuro. Todo. El más torcido y desfigurado también.
Que las diferentes imágenes sobrepuestas componen la única imagen real, como cuando al superponer luz de dos colores obtienes la que andas buscando.

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Hoy recojo todas esas “yo” que aparentemente están tan lejos de la que soy hoy, todas esas antepasadas de mí misma, y las etiqueto con ternura y orgullo como mías, como mi linaje, mi estirpe, sangre de mi sangre.

Y les hago un hueco afectuoso y cómplice en mi mochila de paseo.

Juntas, vamos a descubrir cuál de nosotras, aún desconocida, nos espera más adelante…

 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: estofado Guinnes.

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