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Escrito por el Sep 22, 2016 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: abuela Marita, apurando el verano, azul añil, el cielo protector, música de las estrellas, noche, noche estival

la noche americana

 

· la noche americana ·

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Las noches de verano. Noches de vacaciones. Noches de estar fuera de la ciudad, entre árboles, entre jardines, o cerca de la playa.

La noche añil que resplandece suavemente, dejando ascender desde el suelo un polvillo de luz que permanece oscilante sobre todas las cosas. Como el de la noche americana.

Como cuando en la película de Truffaut se empieza a rodar en noche americana: una luz nueva que se levanta y tiñe de azul la que ya existía.

De azul ultramar, azul añil.

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El perfume a jazmín o a madreselva envolviéndote al doblar un recodo, como un abrazo inesperado por la espalda.

Y los ruidos habituales, domésticos, de la vida común: chiquillos, cocinas, madres llamando a voces, gente que vuelve a casa para la cena.

Unos para pegar un mosset* y volver a salir; otros para recibir sosegadamente el comienzo de una noche hogareña.

El chisporroteo del pescado friéndose, trastear de cubiertos y sartenes en las cocinas que tienen las ventanas desplegadas y luces cálidas encendidas.

Niños peinándose y olor a jabón de ducha y a nivea, toallas tendidas en las barandillas de las terrazas, grifos abiertos.

Olor a pisto y a tortilla de cebolla, a marineta a la plancha: volutas aromáticas que envuelven la noche, flotando a través las ventanas.

Racimos de uva moscatel, dulce y ambarina, y rodajas de melón cortadas en zapatetes* para los niños.

Y después el paseo en medio de la noche húmeda a por una bola de helado de turrón sobre barquillo crujiente.

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Me gusta mucho el ritual de la cena cuando es verano y cocino yo. De las cenas cotidianas, de diario.

Freír unos trocitos de lomo, cortar en tiras unas cebollas y unos pimientos, añadir unos ajos, freírlos despacio, añadirles unos daditos de tomate, dejar que cuezan sin prisa. Chup chup. El olor del tomate y las verduras va conquistando el aire de la cocina, perfume a bondades de casa.

Patatas fritas. Verduras al horno. Tomates de huerta en gajos rociados con aceite verdidorado y una lluvia de cebolleta. Jarras de agua perladas de frío en la nevera. Cosas sencillas que llevamos siglos comiendo, recetas sin dueño.

Durante unos pocos minutos silenciosos, cada noche, mientras la cena se cocina, antes de poner la mesa, estamos solas, la noche azul y yo.

Para decirlo con más precisión, ella se acerca y yo la miro con cierta reverencia, con respeto, con arrobo.
Diluido en el caudal de ruidos de la noche de vacaciones, su misterio me llega y me conmueve.

Digo me conmueve porque siempre hay un momento de rapto.
No sé por qué, no sé por qué me pasa más en verano, cuando estoy de vacaciones, y de noche, cuando estoy haciendo la cena.
Pero hay un momento en el que esa capa de domesticidad que protege nuestros días de todo vértigo se abre como una vaina, y a través de ese pliegue se derrama un poquito de la luz blanquísima del universo.

El universo inefable y numinoso.

Y yo siento como si me desdoblara.

Estoy a la vez dentro y fuera del ritual cotidiano de la cena.

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Mis oídos siguen con dulzura los compases de la noche en apertura, el último chapuzón en la piscina de los padres que vuelven tarde del trabajo y de los niños que se hacen de rogar, los ascensores abriendo y cerrando sus cremalleras, la algarabía de pequeños pies trotando en la escalera, las puertas de las casas que se abren y se cierran como flores nocturnas.

Y al mismo tiempo, por encima de ese vórtice familiar, estoy oyendo otra clase de música.

Es la música que baja desde las estrellas.
Como si tuviera una mesa de mezclas y pudiera aumentar o equilibrar la intensidad con la que recibo cada canal, ahí están las dos.

La noche estival crepita en la cocina con su murmullo plácido, como cada noche apaciguado, como si estuviera bajo el agua, como si una carga magnética lo distanciara de mi.

Y mezclado con él, en el otro canal, estoy oyendo el canto silencioso de las estrellas.

El rumor de las constelaciones entra por mi ventana y se mezcla risueño con el pausado borboteo del tomate.

Puedo imaginarlas suspendidas en el vacío espléndido sobre el que orbitan a nuestro alrededor, como largas melenas luminosas barriendo paneles de cielo.

Y durante unos minutos puedo sentir las dos cosas juntas: mi tranquilo mundo de sartenes y frituras, y la majestuosa dimensión del universo.

El misterio sobrecogedor del otro mundo, el mundo extraño en que vivimos.

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La piscina se ondula en anchas dunas azules, oleosas, grávidas, cristalinas.

Copos de luz rosada oscilan sobre ella. Han cerrado ya la verja que la protege de noche, los gritos de los niños se oyen ahora más lejos.

Cuando era pequeña, justo antes de dejar de ser niña, después de la marineta frita y la tortilla y el tomatito y la uva moscatel, en mis noches de verano había un libro y una camita fresca, y estaba mi abuela, que olía a jabón de tocador y a crema de manos, envuelta en un camisón rosa de punto de hilo con su piel suavísima, el pelo recogido en una redecilla, que se acostaba en la cama de la habitación de la entrada.

Mientras ella apagaba su luz y se dormía con la facilidad de un corderito, yo mantendría mi luz encendida aún un rato: leía Torres de Malory, las mellizas en Santa Clara, las aventuras de los Cinco, Óscar en el Polo Sur, Mujercitas, y a veces los Reader’s Digest que ella había traído de su casa de Castellón para leer durante las tardes de nuestro largo verano infantil.

No hacía falta cerrar con llave la puerta de casa.

Era un lugar pacífico. En él más que en ningún otro habías aprendido el sabor de la seguridad duradera.

Era pequeña aún pero ya podía oír la música de las estrellas.

Las estrellas estaban ahí, el universo era un lugar inimaginablemente grande, no sabía si el polvo de estrellas que lo poblaba estaba tibio o frío, si era una buen lugar para vivir. Porque también sabía muy bien que iba a morir algún día, y que era allí, a aquel lugar del que emanaba la música, al que iría entonces. Pero no tenía miedo.

No tenía miedo del mundo que se extendía al otro lado de mi cuarto y tampoco tenía miedo del no-mundo: de las preguntas que flotaban, de la helada extensión del firmamento.

La música de las estrellas sonaba en mis oídos como una tranquila canción de cuna.

Nos mirábamos a los ojos, ella y yo, y no teníamos miedo.

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Leer en la cama oliendo el mar y sintiendo la brisa salina pegarse a la piel era tan sensual y tan transportador como los abrazos que vendrían años después.

La abuelita dormía apaciblemente en la habitación de al lado, mañana comenzaría otro día hermoso, y yo volvería a ser dueña y señora de mi mundo.

Era una sensación maravillosa, la sensación de que todo estaba bien y lo seguiría estando, de que estaba a salvo de todo y de que el mundo era un lugar acogedor.

De que mi corazón formaba parte del otro gran latido, que yo podía oír sin dificultad.
De que no había ninguna oposición, ningún lado maligno, ninguna conspiración oscura, ningún motivo para tener miedo.
De que todo estaba en buenas manos.

El cielo protector.

Es una sensación que perdí entonces y que no he vuelto a encontrar después.
Al menos no así, envuelta en aquella tiernísima confianza.

También hoy estoy cocinando despacio un pisto, y a través de la ventana abierta me llegan los ruidos conocidos de la noche estival, sonidos que me hacen sentir libre y segura de un modo difícil de explicar.

De nuevo escucho, hilada con los efluvios del tomate, esa resplandeciente voz de sirena con la que cantan las estrellas en su viaje celeste.

Y mientras la oigo siento algo parecido a aquella sensación infantil de vivir a cubierto de todo mal.

El cielo protector…

Me doy cuenta de que han pasado cuarenta años, y de que esta sensación de hoy es hermana de aquella.

Una hermana mayor, más madura.

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Ahora el misterio es más grande, más resonante: mi confianza no tiene la carnalidad abandonada que tenía aquella.

Pero está aquí y se parece a aquella como los amores de niño se parecen a los que vendrán después.

Se ha teñido largamente con la tiza azul de la mirada sobre el mundo.
Azul.
Azul añil, azul ultramar.
Azul noche estival. Azul arcaico. Azul misterio.
Como el de la noche americana.
Ese azul que puede contenerlo y expresarlo todo.

Cuando me acueste esta noche, leyendo un libro de mayores en una cama fresca en la que ya no duermo sola, enjaezada con sábanas antiguas que unen mis sueños con los de las mujeres de mi linaje que ya no están en esta tierra, una nana de estrellas me hará saber –risueña y cómplice– que todo está bien y lo seguirá estando.

Y que mañana comenzará otro día hermoso en el que volveré a ser la pequeña reina y señora de un mundo afable que yo misma fabrico con mis manos.

*mosset: bocadito
zapatetes: la madre de R. llama así a una forma de cortar las rodajas de melón para que los niños las puedan comer cómodamente enteras. Coges la rebanada de melón y la divides en cuadritos hasta casi cortar la corteza pero sin llegar hasta abajo, para que los niños los puedan quebrar de uno en uno. Y quitas el primer trozo de pulpa melón, el primer cuadradito (ese se lo come el cocinero) sin quitar su corteza, para que los críos puedan sujetar la tajada agarrándola con sus deditos desde ahí, comenzando a cortar los cuadraditos con la otra mano por el extremo opuesto.

 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: cuscús de hierbabuena.

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