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Escrito por el Jul 21, 2016 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: Andalucía, dehesa, despacito, la vida simple, mirar el campo, senso

la vida simple

· la vida simple ·

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La primavera y el verano en Andalucía.
Han pasado casi 30 años, pero los recuerdos sensibles aún resuenan, nítidos como tiras de cascabeles.

30 años. Los llevo sobre la palma de mi mano, y no pesan nada.

Menos mal que están las fotos: como en el dobladillo de una enagua, ahí sigue guardado todo.
Las miramos con atención: sobre ellas el peso del tiempo sigue siendo leve y amable, pero es visible.
Nos hace sonreír. Qué jóvenes éramos, casi se nos había olvidado.

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Un día raso y fragante.

El largo, pacífico horizonte verde de las carreteras rurales ritma sosegadamente el viaje.

En los campos el trigo está crecido; están verdes y altos como mares en calma.

Más adelante carrascas.

Abajo, el verde jugoso de la hierba, praderas de hierba espesa y lustrosa.
Verde plateado en las copas de las encinas arriba, y, entre los dos, los toros, negros, relucientes, volviendo la cornamenta hacia ti si te acercas.

Bandadas de abejarucos trazando surcos turquesas en el aire cuando descienden para posarse sobre los cables de las cercas todos juntos, perfectamente alineados en renglones verde aguamarina.

Es la dehesa.
Sobria, noble, soberbia. Tierra de siena tostada recogida en sí misma. Tiene esa clase de belleza que se manifiesta envuelta en un silencio anchísimo, seria y plena de señorío.

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Extensiones de tierra rojo caldero, espolvoreada con briznas de paja, como un grueso terciopelo labrado.

Prados alfombrados de flores amarillas, rosas o lilas, y luego pastos sembrados de amapolas, rodeando lagunas donde se bañan garzas blancas…
Pequeños pueblos encalados se remansan en los cuencos que forman colinas suaves, recubiertas de olivos y de encinas.
Jaras fucsias o pálidas, gruesas matas de espliego, velludas y en flor.

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Las flores azules del romero.
El alcohol rosado del tomillo levantándose como un vaho de aceite cuando andas sobre su pelaje mullido y crujiente.

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Bordeando el camino hay toda clase de flores silvestres.
Cómo no sonreír.
Tienes el cuerpo lleno de perfumes.

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El aire tibio y límpido, el cielo terso como un cristal azul, y por la tarde, el mar.

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Las playas vacías, acantilados pulidos y altos de color albero, y la arena clara, más larga que la vista.

El Atlántico majestuoso; el cielo ancho, azul topacio.

Sentarse en la arena. A solas.

Escuchar largamente el rumor del mar. Continuo, sólido, una ola tras otra, como una canción familiar.

Gruesos tirabuzones de cristal verde levantándose como una arquitectura de frescor imposible, burbujeando con ímpetu hasta romper a mis pies, enlentecidos, mansos, como charcas tibias.

Se retiran con lenguas brillantes que lo arrastran todo.

También lo que hay dentro de mí misma.
Lamen y lamen limpiándolo todo, excavando un vacío numinoso que vibra con la misma frecuencia que las olas.

Hacen hueco para la luz.

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Levantarse de la arena, erguirse frente al mar; me mojo los pies, cierro los ojos.

El cuerpo se tensa como un arco y absorbe la luz, la tibieza del aire, el resplandor esmaltado del mar.

Vivo lo inmediato; este segundo, ahora. Estoy completa de ese modo simple y perfecto en que lo están a veces los niños.

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El sol se está poniendo; el mar centellea blandamente, le ha venido un color de madreperla.

La brisa dibuja largas líneas claras sobre su piel, como aguadas de nácar.

Toda la tarde he estado dentro de la soledad de esta playa, y estoy tan llena de mar que me cuesta pensar en salir, regresar al bullicio, al no-mar, al no-silencio.

La vida es sencilla aquí; me siento en paz con el mundo entero.

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Cuando regrese a la mesa del bar, fragante de atardecida, húmeda de salitre, satisfecha y hambrienta, porque el trato con el mar hace hambre de pan, sobre la mesa habrá una gran fuente de tomates enjoyados de aceite, una jarra de agua empañada de frío, una sepia con perejil marcada de dorado por la plancha, y quizá, quizá, un cucurucho de estraza caliente con pavías de bacalao…

Vivir es sencillo. Y hay días en que lo parece todavía más.

Sencillo.

Y delicioso.

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 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: pavías con tomates.

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