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Escrito por el Ene 5, 2016 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: gratitud, maravilla, Navidad

magnificat

Nuestra especie lleva sobre el mundo unos 150.000 años.
Las civilizaciones, aún en su estado más primitivo, nacen en los últimos 20.000, aunque para la mayoría de nosotros, en nuestra imaginación, la historia se ha escrito solamente en los últimos 2.000 de esos 20.000 años.

En todos esos años, incluidos años mucho peores que estos últimos, uno detrás de otro, el hombre como comunidad, en una mezcla entre el talento individual y la capacidad adaptativa de la especie, ha conseguido entregar a sus descendientes algunas cosas extraordinarias que hoy forman parte rutinaria de nuestras vidas.

Como:

abrir un grifo y que salga agua potable
o abrir un grifo en invierno y que salga agua caliente
los antibióticos
el paracetamol y el ibuprofeno
el alcantarillado
las carreteras
los códigos de circulación
los coches, los trenes, los aviones
dar a luz a un niño y saber que no se morirá de difteria ni de viruela
los derechos laborales
las bombillas
las telecomunicaciones
el jabón
la protección de las minorías
el perfume
las chimeneas
los mercados de agricultores
el divorcio
los telescopios VTL
las depuradoras
los ascensores
el gran colisionador de hadrones
el TAC
la libertad de elegir credo
los secadores de toallas
el microscopio de electrones
la igualdad de las mujeres
la navegación marítima
los pozos
los huertos solares
el avance de la filosofía y del pensamiento laico
los puentes
el cuidado los desprotegidos
los hornos y las cocinas de gas
las presas y los embalses
la vitrocerámica
la calefacción central y las estufas
la educación de los niños por derecho
los colchones de viscoelástica
los ordenadores
la sanidad universal
la exploración del espacio
la plancha de vapor
el derecho a no trabajar mientras se es niño
las lavadoras
las conservas
el bolígrafo
internet
las libretas con gusanillo
la jornada de 40 horas
el acuerdo COP21
las vacaciones por derecho
la justicia al alcance de todos

(sin olvidar la turmix, el tupperware y las figuritas de Barbapapá y Barbamamá para poner debajo del ordenador).

Hace sólo 200 años, muchas de esas cosas sencillamente no existían.

Estos días he releído «El alfabeto de los sueños»,  una historia de Susan Fletcher que novela la aventura de la caravana que se dirige a Belén con los tres magos, contada por una muchacha persa de sangre real exiliada y su hermano, Babak, que tiene el don del sueño profético, y puede soñar los sueños de otras personas…

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«Melchor frunció el ceño. Miró hacia la casa con disgusto y se volvió hacia Baltasar y Gaspar, que estaban esperándolo con unos cofres magníficos que resplandecían por las incrustaciones de oro.
Melchor volvió a la cabecera de la caravana entre gruñidos. Desmontó, se acercó a sus alforjas y, con movimientos bruscos, sacó un cofre dorado.
Se acercaron a la vivienda con pasos majestuosos y comedidos, incluso Melchor, que había aceptado el alcance de la ceremonia. Las estrellas brillaban en el cielo, una más que el resto, y los candiles centelleantes que nos rodeaban eran como su reflejo en la tierra.
Las llamas se inclinaron por la corriente y realzaron, al paso de los magos, el oro de los collares, las empuñaduras y los cofres, y el de los hilos que bordaban las capas al viento. Los magos, junto a la humilde vivienda, parecían estar en el sitio equivocado y ser extrañamente innecesarios, como unos anillos llenos de joyas en los dedos de un labrador…»

«¿Melchor? No lo reconocerías. Ha liberado a casi todos sus sirvientes. Reza al Dios Sabio sin parar y ha dado a los pobres gran parte de sus bienes. Hay quien dice que se ha quedado tonto y otros dicen que está endemoniado. A mí no me parece ninguna de las dos cosas. Desde luego, ya no es tan vanidoso como antes. Quizá sea que está en el camino de ser… sabio…»

Esta noche las historias que nos contamos recuerdan aquella conjunción de dos grandes estrellas, «dos estrellas errantes que estaban tan cerca que no se podía ver el espacio que había entre ellas, dos estrellas que se acercaban y alejaban». Una estrella que a los ojos de los hombres brillaba en el firmamento como ninguna otra y que arrastraba a su paso una cola de luz.

Los magos fueron guiados hacia una revelación. Encontraron lo que debían encontrar, pero no lo que creían que buscaban.

Esa aceptación del giro radical, de una visión que hace cambiar el orden familiar de todas las cosas, me hace pensar en ese otro movimiento pendular desde la inmediatez de nuestra vida cotidiana hasta esa cierta la altura que nos permite ganar perspectiva sobre nuestro destino como personas y sobre nuestra existencia como comunidad y como especie.

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Creo que ese cambio que sucede en el corazón de los magos tiene mucho que ver con otro que podemos hacer nosotros cada día: comprender con el corazón la importancia de las cosas extraordinarias, las cosas que tienen verdadero valor y que tendrán verdadera trascendencia para nuestros hijos.

La importancia del trabajo de los hombres y mujeres que tienen verdadero talento, que tienen la capacidad de hacer que las estrellas se alineen de nuevo.

Esos que están en condiciones de añadir más cosas extraordinarias a mi lista de maravillas.

La importancia de que cada uno de nosotros reconozca todas esas señales, y se mantenga en el lado blanco de la fuerza.

Ojalá el año nuevo nos traiga la luz de nuevas conjunciones de estrellas, nuevos alfabetos que escribir y descifrar en el firmamento.

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Ojalá que bajo esa luz sepamos ver brillar la estela de personas mejores que nosotros, hombres y mujeres capaces de cambiar su entorno próximo y de hacer avanzar el mundo humano hacia un paisaje con más luz.

Ojalá esas personas nos gusten más que las que estropean el mundo (hay tantas maneras de estropearlo), y ayudemos a hacerlas más visibles.

Y ojalá que cada uno de nosotros tengamos algo que ver con todo eso…

Susan Fletcher. El alfabeto de los sueños. Siruela. Las tres edades. 2007.

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