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Escrito por el Nov 5, 2014 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: pasta, rovellones, salvia, setas

papardelle con níscalos

dos días amarillos

El camino hacia Teruel.
Montañas completamente alfombradas de bosque, bosques de pinos oscuros y recios entre los que brillan, aquí y allá, un álamo o un arce encendidos de otoño.
Montañas como curvas azules, ondas y ondas palideciendo una tras otra, encabalgándose hasta perder el horizonte, como olas marinas que sin embargo huelen a savia de bosque.

Un camino en coche, lo suficientemente largo como para que puedas acostumbrarte a degustar el silencio.

Saltamontes, tomillo, romero en flor, brezo. Sabinas rastreras. Enebros. Encinas. Álamos, choperas. Musgo, castañas, nueces en las aceras. El murmullo del agua como una atmósfera, verde y llena de ecos.

Rubielos de Mora. Antiguo puente de la Fonseca.

Al atardecer, el lecho del río Rubielos.
El viento se licúa entre los árboles, como agua entre cañadas.

Las ramas de los chopos oscilan en la brisa. Se levantan altas y temblorosas, como llamas translúcidas, como celosías hechas de viento.
Las hojas que el árbol aún sostiene tintinean en ellas como bandadas de mariposas inquietas. Tienen el color de los limones maduros.

Nuevas ráfagas de brisa las van desprendiendo y caen en brazadas, cimbreándose en remolinos sobre nuestras cabezas, juguetonas. Redondas y amarillas como confetti.

Hay una manta de hojarasca quebradiza y castaña tapizándolo todo; cuelga de los arbustos como ropa de duende tendida; cruje bajo los pies como nieve fresca.

Rubielos de Mora.

El último sol de la tarde cae sobre el encaje de las copas, dorándolas como a pincel. Los trinos de los mirlos cuelgan del aire, cintas límpidas dentro del silencio.

El sol avanza despacio hacia su cénit y la humedad desciende sobre el lecho del río como una mano fría.
Nosotros nos cogemos de la mano, como animales que buscan su refugio cuando sienten que el sol se acaba, y seguimos andando bajo los chopos, entre la hierba mojada, sobre la música del agua.

Dentro de diez minutos los pájaros se callarán como por obra de un embrujo; la tarde habrá caído sobre el valle, con su lengua azul y su aliento condensado de vapor y rocío.

Las farolas se prenderán, flores de luz flotando en el azul primitivo del atardecer, marcando los pretiles y los caminos sinuosos del pueblo.

Rubielos de Mora.

El paisaje se volverá violeta, y un reguero de copos de luz anaranjada lo mantendrá a salvo de la oscuridad nocturna conjurando un hechizo blanco.

El pueblo se ha cubierto de quietud.

Rubielos de Mora.

En las casas, tras los balcones encendidos, cada hombre y mujer está haciendo las cuentas con su día delante de un plato caliente…

Dos días felices en medio del otoño, el perfume silvestre, el bosque y el silencio.

(Nosotros no hemos buscado setas, pero presintiendo a los que sí las buscaban en medio de los bosques, hemos disfrutado como el que más).

papardelle con níscalos y salvia

{para cuatro personas}
  • 6 níscalos
  • 300 gr de papardelle al huevo, frescos o secos
  • 350 cc de caldo de verduras o pollo reducido hasta la mitad o un cacito de caldo comercial gelatinoso
  • 250 cc de nata
  • 12 hojas de salvia
  • dos cebollas dulces
  • un chorro de brandy
  • 5 dientes de ajo
  • un puñado de hojas de perejil

Limpiar los níscalos con un cepillo para quitarles cualquier resto de tierra. Si es necesario sanearlos, hacerlo con un cuchillo afilado, desechando cualquier trozo que muestre perforaciones.

Rebollon

Cortar las cebollas en gajos y ponerlas a pochar a fuego muy suave con un poquito de aceite de oliva.
Colocar el cacito de caldo en una cazuelita con 200 cc de agua. Dejarlo reducir hasta la mitad. Si partimos e caldo casero ya reducido, calentarlo hasta que casi hierva. Añadirle la nata y unas hojas de salvia y dejarlo cocer a fuego lento unos 5 minutos.

En casa. Pasta con rebollones

Colocar sobre una sartén caliente con aceite de oliva cuatro dientes de ajo laminados y sofreírlos despacio, para que se doren sin llegar a quemarse.

Rebollon

Sofreírlos. Picar el perejil. Picar 8 de las 12 hojas de salvia. Cortar cada níscalo en trozos al gusto, más grandes o más pequeños en función de lo que queramos encontrarnos en la boca. Añadir los níscalos unos minutos, hasta que estén dorados, parte y parte. Añadir el perejil y darle un par de vueltas. Añadir un chorro de brandy. Subir el fuego un minuto.
Retirar los níscalos y reservarlos.

Rebollon

Calentar agua con un pellizco de sal en una cazuela amplia y ponerla a fuego vivo. Cuando hierva, echar a cocer la pasta, y dejarla los minutos que indica el fabricante -según los gustos propios.

Y ahora sólo queda montar los platos. Escurrid la pasta y colocar un montoncito torneado en cada plato. Sobre ella, dejar caer una ración de níscalos y ajitos. Y otra de cebolla pochada. Y sobre ellos, un cucharón de salsa. Un pellizo de salvia picada. Y un par de hojitas de salvia enteras.

En casa. Pasta con rebollones

Y a la mesa.
Una delicia simple, llena de sabor a otoño. Perfecta para imaginarse desde casa a qué sabe el bosque en octubre.

En casa. Pasta con rebollones

Feliz semana a todos!

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2 Comentarios

  1. Lo leo nada más despertar, todavía en la cama, cada trocito lo disfruto despacio y luego me entretengo contemplando las fotos, me invade un estado de paz y relajación que agradezco después del día de ayer. Que maravilla de descripción, claro, como todas las tuyas, ya quisieran muchos escritores y poetas saber transmitir así. Eres un portento de sabiduría lingüística!
    Tienes el don de las buenas escritoras. Con sentimiento, delicadeza, la palabra y frase exacta……para qué decir más…….escribes de “p…. Madre!. De nuevo !gracias por estos hermosos ratos que nos brindas y regalas.

    Una anécdota para tu “archivo ” de recuerdos: En esta época del año al abuelito, los clientes de los pueblos le regalaban apetitosas cestitas con setas, a el le encantaban, pero …….. a nosotros tu madre, yo y al tío Alfonso, no nos las dejaba probar por sí había alguna venenosa, era un desespero verlas y no comerlas (yo tenía “conchabadas” a las chicas que ayudaban a la abuelita y siempre las comí). Alguna que otra vez,el, cedía. Al hacerlas las removían con una cuchara de plata porque decían que sí ennegrecía es que había alguna venenosa, condición sine qua nun, hacerlas así. Jamás se oscureció ninguna cuchara………

    Besos.

    • Qué bonita historia. Creo que las historias son una de las cosas que más más más me gustan!! Siempre me ha pasado, el que sabía contar historias ya me tenía dentro del bolsillo, pero cuanto más mayor me hago, más me gustan. Gracias. Ala que ya queda poco supernena!! Un beso muy fuerte y no te agotes mucho!!

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