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Escrito por el Feb 4, 2016 en cocina de cosecha | 0 comentarios| etiquetas: ajos, cuerpo, invierno, pollo, tomillo, yogur

pollo cremoso

¿y tu qué tienes?

Una tarde de éstas, en un momento de bajón de esos que te dan de puro agotamiento, estaba hablando con un amigo y él me preguntó: ¿y tú, qué tienes?

Ya sé que dicho así suena raro. En realidad me estaba preguntando qué tenía yo que oponer como defensa a todo eso que le estaba contando que estaba pasando, eso que era difícil y muy demandante y que no se iba a acabar de un día para otro.

Y me contó qué es lo que él tenía.

Yo sonreí y me sorprendí a la vez, porque eso que a él le sostenía no era ni mucho menos lo que yo hubiera podido imaginar. (Y eso es porque aún nos conocemos poco).

Y mientras intentaba contestarle, me daba cuenta de que eso es probablemente lo que más falta me hace tener ahora.

Y quizá porque esa cuerdecita se me ha escapado de las manos, la energía se me va por el desagüe tan deprisa.

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Esa cosa que te provoca una pasión simple, fresca y efervescente, que te distrae de todo lo demás y que te devuelve el cosquilleo del gusto de estar vivo.

Eso que se parece tanto a la emoción del amor naciente*.

O del deseo naciente.

El sitio de mi recreo.*

Hace ya tiempo leí unos versos de Thomas Transtömmer. Los descubrí porque que había ganado el Nobel ese año, el 2011.

Durante aquellos meses tristes, mi vida sólo centelleó cuando hice el amor contigo.
Como la luciérnaga se enciende y se apaga, se enciende y se apaga- a duras penas consigue uno seguir su camino
en la noche oscura del olivar.
En esos meses tristes tenía el alma desesperada y sin vida
pero el cuerpo caminó directo hacia ti.
El cielo de la noche rugía.
Sigilosamente ordeñábamos cosmos, y sobrevivimos.*

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Se me quedaron grabados.

A veces pienso que para mí ésa es también una de las cuerdecitas que vuelan mientras yo las sujeto entre las manos: el cuerpo.

Los días en que estoy más cansada o en que me cuesta más levantarme, me veo a mí misma tocar las cosas.

Las cosas normales, cotidianas.

Tocar la cuerda de la persiana al levantarla, la mesa al dejar algo sobre ella, el respaldo de la silla al moverla, tocar el pan del bocadillo del almuerzo o el tapón de la botella de agua.

Tocar las cosas como si tuvieran una piel receptiva.

Aunque en realidad es al contrario, soy yo la que tengo una piel receptiva, y esa energía amable de las cosas, esa que dicen que no existe, igual que dicen que los gatos no sueñan, es la que toco y absorbo, como quien toma vitaminas.

El cuerpo es una bandera que puede levantarse contra la tristeza (“defender la alegría como una bandera…”*), una bandera poderosa, y quizá su poder reside en que nos recuerda que cuando sufrimos, cuando sufrimos emocional y mentalmente, también, y sobre todo, somos cuerpo, y el cuerpo no es tropa, el cuerpo es como el marinero que lleva el timón. Puede gobernar un barco entero.

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Cuando estoy muy triste, mi cuerpo empieza a trabajar como un amplificador.

Recoge las ondas de las sensaciones de mis pies desnudos sobre el colchón tibio, la nube de vapor caliente al abrir el lavavajillas sobre la cara, el olor del jabón en la ropa que llena la palangana de tender, la madera del suelo fresca y suave bajo los pies, las manos cerrándose sobre la almohada mullida, el agua caliente en el cuenco de las manos, la piel de R. en el cuenco de mis manos, el olor a leña en la terraza en las noches de frío. Esas ondas sensibles tejen un nido, como una madriguera caliente, segura y confortable.

Apaciguan el dolor, como un ibuprofeno para aquello que no se ve.

Y después, aún quedan las miradas, los roces de complicidad, los abrazos, todo ese mantra de calor vital. De todos esos que no son cosas.

Y después aún, aún después, falta eso que hay que tener.

Lo que tiene mi amigo.

Eso que quizá yo tengo que rescatar.

Eso que te mantiene vivo y feliz, eso que te mantiene a salvo de cuanto sea preciso.

El sitio de tu recreo, ése que es sólo tuyo y con el que puedes ligarte a corazón abierto.

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Ese donde disfrutas como un niño.

Al final es lo de siempre.

El niño aparece en las formas más inesperadas, y te recuerda quién eres, y qué es lo mejor de la vida.

Y te explica por qué no has de permitir que el guión de tu peli lo escriban otros…

pollo cremoso con ajos y yogur

  • 4 contramuslos de pollo deshuesados y con su piel
  • 2 cabezas de ajos, separadas en dientes
  • 250 cc de caldo de pollo o de verduras
  • 150 cc de vino blanco seco
  • 1 yogur griego
  • aceite de oliva
  • sal y pimienta
  • unas ramitas de tomillo fresco

Salpimentar los contramuslos y sofreírlos en una cazuela o cocotte de horno sobre aceite de oliva, unos minutos por cada lado, comenzando por el lado de la piel.

Cuando tengan un bonito color, reservarlos y freír los ajos en la misma cazuela a fuego lento hasta que estén ligeramente dorados.

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Reservarlos junto a las piezas de pollo y desechar la grasa de la cazuela.

Añadir el caldo caliente, y raspar el fondo con una espátula de madera para disolver los restos del sofrito y que se incorporen al caldo.

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Añadir el vino, devolver el pollo y los ajos a la cazuela, colocar el en caldo unas ramitas de tomillo fresco.

Tapar la cazuela y hornear el pollo en horno ya caliente, 20 minutos a 200º.

Destapar la cazuela y dejar que cueza 10 minutos más para que la piel quede crujiente.

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Al sacarlo, añadir el yogur, mezclar, probar el punto de sal, añadir más tomillo fresco, y servir caliente, con patatitas francesas al vapor rociadas con aceite de oliva, sal y cebolleta picada, o con una ensalada de hierbas crujiente.

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Francesco Alberoni. Enamoramiento y amor. Gedisa. 1988.
Antonio Vega, el sitio de mi recreo.
Thomas Transtömmer, “Apuntes de fuego”

Defensa de la alegría. Mario Benedetti.
El plato donde hemos servido el pollo es un plato de cerámica de Alcora (“la muy noble y artística cerámica de Alcora”), pintado en 1983. Por aquel entonces aún era costumbre que quienes pintaban a mano las decoraciones de los platos, generalmente mujeres, como tuve ocasión de aprender cuando estudié en la escuela de Manises, -justo ese mismo año yo estudiaba 1º de la diplomatura en cerámica artística-, firmaran las piezas. La mía está firmada así:

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