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Escrito por el Ene 5, 2021 en desayunos de domingo, liturgia de las horas, pan cotidiano | 0 comentarios| etiquetas: el pan cotidiano, hacer pan en casa, noche de Reyes, pan alemán, pan con masa madre, pan de centeno, pumpernickel, Reyes Magos

un pan del Año Nuevo

¿Qué mejor ritual de Navidad y Año Nuevo que hornear un pan telúrico?

Panes telúricos. Esos que parecen haber sido encontrados en las profundidades de la tierra. Panes que pertenecen a la imaginación mágica del pasado que hemos heredado en nuestro ADN, misteriosamente concebidos por una mezcla afortunada de azar, intrepidez y cabezonería, que han sido horneados generación tras generación en las mismas coordenadas emocionales que ofrece una misma tierra, y que en ese proceso mimético se han convertido en categorías del espíritu, en un «state of mind».

Pumpernickel. Pan negro de centeno. Centeno y nada más.

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«Ese» pan negro que huele a cualquier cosa menos a pan.

«Eso» que una quería hacer, que una quería verse haciendo, con ilusión infantil, desde hace tres décadas. Aquel pan de maíz cocido dentro de una maceta de barro de mis 23 años contiene la semilla de este pan maravillosamente paradójico que requiere de toda clase de amor y paciencia para ser dado a luz.

Y en este año de marcianos ha llegado por fin el momento.

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Partes de varios cuenquitos primorosos que contienen poderosas sustancias mágicas: masa madre de centeno alimentada con cuidado durante un par de días, granos de centeno entero remojados y después cocidos durante casi una hora hasta que se vuelven tiernos pero no blandos, y granos de centeno que has molido a mano hasta conseguir una textura de grano partido, un poco de sal, un poco de melaza oscura de caña.

Partes una mañana por un camino que te llevará a coronar esa montaña del pan aromático y un poco mítico casi tres días después, y que te hará tener que escribir tus horarios en una planilla para no confundirte, y quizá, como esta vez me ha pasado a mi, levantarte a las 2 de la mañana para desmoldar los panes y ponerlos a enfriar protegidos por un paño, bajo la primera luna menguante del año, en la casa absolutamente silenciosa, con los dos gatos mirándome con una extrañada cara somnolienta.

El horneado y preparación del pan han sido realmente mágicos.

Tres días de preparación desde la masa madre culminados por la noche final, que el horno encendido a fuego bajo, como un fuego de brasa, convierte en una noche ancestral: la luna llena de Navidad, la última luna llena del año, ya entrando en menguante, alta en el cielo, derramando una columna de luz plateada sobre el dormitorio y la terraza. El hornito resplandeciendo anaranjado justo enfrente de mi lado de la cama durante esas 14 horas, recorriendo un arco mercurial desde la mañana a la noche madura. El olor a pasas y ciruelas y a pan dulce flotando sobre la casa como una cinta de vapor floral.

Levantarse de madrugada a apagarlo en medio de un clima caldeado y aromático de panadería.

Sacarlo del molde y dejarlo enfriar, y después envolverlo en papel encerado: es tan bonito, contundente, oscuro, malteado, con ese perfume profundo de fruta macerada en ron.

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Ahora reposa envuelto y mañana lo partiré. Estoy emocionada.

Una parte de este pan irá –aún– en paquetes entregados por los laboriosos y atareados carteros mágicos, a las casas de mis ángeles de la Navidad.

El resto lo cortaré en rodajas finas, lo envolveré en papel encerado, lo guardaré en un una lata y lo disfrutaremos durante muchas semanas R. y yo, puesto que éste es un pan con vocación de gozosa ancianidad. Nos lo comeremos con rizos de una mantequilla excelente y con mermelada casera de los limones del limonero de mi padre o de naranjas sevillanas, con arenques y anchoas, con pepinillos y cebollitas agridulces encurtidas, con maravillosos quesos fuertes…

Y nos recordará cada día de esas semanas la extraordinaria aventura de los descubridores de las cosas buenas de nuestra vida: la visión de nuestra especie, raza y planeta, contradictoria, una fuerza sideral con dos lados, luz y oscuridad, pero ahí, en cada bocado de este pan, está ese lado deslumbrante, la historia cultural de nuestra especie, el recuerdo de la amistad de nuestros antepasados con la naturaleza, asentada en palabras que aún nos despiertan toda clase de emociones conmovedoramente humanas, como «Pumpernickel».

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Feliz Noche de Reyes Mágica.

Recordad: Love is in the air.

No os olvidéis de hacer hoy de Reyes Magos para alguien.

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Con amor…

· SED FELICES ·

p.d.: la receta de este pan telúrico, mañana.

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