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Escrito por el Nov 16, 2018 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: contemplación, despacito, El camino del sol, la vida subterránea, lo más importante de la vida, nada, otoño, sol

sol, solecito…

· un instante de sol ·

 

Mi casa está orientada al este.

Muy pocos kilómetros más allá hacia el horizonte, detrás de los últimos edificios altos que se vislumbran con claridad en mi línea de cielo, está el mar.

El mar que conozco tan bien, que ahora estará en calma, compacto como un animal dormido y teñido de un azul profundo y enjoyado.

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Son los días posteriores al cambio de hora y la entrada en el horario de invierno. Parece que las comunidades europeas hemos sido capaces de llegar a un acuerdo sobre el hecho de que los cambios de horario nos perjudican a nivel personal más de lo que se gana a otros niveles, lo cual me parece casi un milagro en estos tiempos de disolución que corren, así que puede que éste sea el último o uno de los últimos cambios que nuestros cuerpos experimenten.

Nos acercamos con paso pausado pero firme al solsticio de invierno, y mientras lo hacemos, el sol se desplaza sobre su eje de horizonte, trazado sobre la línea imaginaria del este, hacia el sur.

El sol que en verano se levanta por la franja izquierda de mi terraza, detrás de las Torres de Serranos, revelando en oro un majestuoso paisaje medieval, ahora asciende por el ala derecha, sobre el macetón de lavanda, detrás del campanario de la Catedral, el Micalet, que es ancho de cuerpo y templado como un buen mocetón.

Por encima de la anciana sala de campanas está el Miquel, la gran campana que canta las horas desde el amanecer hasta las 12 de la noche. Se oye desde mi terraza a veces más cerca y a veces más lejos, amortiguada o aupada por el viento. Divide mi día en fragmentos ordenados que reconfortan, como una imagina que debía suceder en medio de los campos de cereales al oír las campanadas del Ángelus en el siglo XVIII, y como recuerdo que sucedía en mis veranos de infancia, cuando desde la ventana de mi cuarto oía las campanas de Las Oblatas desgranando mis horas, graves, amables y lejanas como una carta que viaja.

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Hoy es domingo, y las mañanas de domingo son el momento del silencio en mi barrio.

Una buena parte del año son el único momento de silencio que existe, y compensan su escasez desplegando un encanto cautivador.

El sol cítrico de otoño, suave pero radiante, luminoso como de acero frío, baña la terraza de casa, y derrama sobre el suelo una celosías temblorosas.

La gata ha trepado a lo alto del ginkgo, que ya luce su ropaje cobrizo de otoño, con las hojas rizadas y acaneladas, antes de perderlas por completo.

Mimetizada entre la fronda de hojas crujientes y castañas, el pelo de Zoe se anima con lentejas de sol, y ambos juntos, ginkgo y gata, pelirrojos, ginkgo oscilante en la brisa, gata inmóvil abrazada a su rama, mirando al horizonte, deslumbran contra el cielo turquesa como la visión de una llama.

Es delicioso madrugar y apropiarse de la silenciosa mañana de domingo. Café acurrrucada en el sofá, mirando temblar el aire azul.

El frío se desliza de puntillas por el balcón medio abierto; entra en el salón, se despliega, se desfleca como rocío. Cintas de nubes altas y grumosas reflejan sol como trozos de espejo.

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Zoe maúlla y se tumba sobre el suelo, el frío nocturno se licúa con el roce de la luz solar, todo su cuerpecito rubio de sol.

Desde donde estoy sentada veo las cúpulas de varios campanarios, tejas brillantes azules o verdes, remates de veletas.

El sol asciende y va posándose sobre las flores más altas de mi terraza, volviendo traslúcidos los pétalos rojos de la begonia dragón, envolviendo las corolas naranjas de las gazanias, traspasando las grandes hojas magentas de los cóleos arbóreos, haciendo titilar sus espigas de diminutos conejitos lilas. Veo llegar las primeras abejas, cantan los estorninos posados en hilera en las antenas.

Me parece un lujo absoluto estar aquí, contemplando la ascensión de este sol de otoño, en este momento perfecto en el que no sucede nada.

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Esta nada perfecta.

Qué importante me parece ahora, en mi vida, este tiempo de nada.

El único reloj que no se acelera, reloj de arena que no corre.

Subterránea y discreta, esta pequeña vida que dura y permanece.

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 Y mientras todo esto se cocinaba a fuego lento, esto otro es lo que hemos comido esta semana: arroz rojo rubí.

Paisaje · acantilado en Formentera; cortina en Los Leones, Rubielos de Mora; bosque en Porta Coeli, Serra, La Calderona. Otoño de 2018.

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