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Escrito por el May 16, 2013 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: clima, construir la propia vida, cumpleaños, despacito, hacerse mayor, mirar el campo, montañas

su blanca Majestad

Una excursión al frío y a la nieve en medio del Mayo florido.

Coges el coche, conduces 500 km, y cuando bajas y respiras, el aire está frío como si saliera de un congelador, una humedad espesa campa a sus anchas en el clima neblinoso de la tarde y al nivel de los ojos hay una corona de montañas azules tapizadas de nieve.

Durante varios días seguidos me olvido del brillo del sol y me concentro en este mundo silencioso y pacífico de olores que discurre lentamente.

Aquí no hay estrés ni cosa que se le parezca. Por no haber no hay ni cobertura. Aquí están las vacas con sus terneros, las ovejas, los dueños de los hotelitos y de las tres tiendas, los cuatro por cuatro… Cuando los turistas se van, no sabe una nunca muy bien dónde se meten los lugareños, nos imaginamos que en su casa bien calentitos, y el día que toca furgoneta de reparto aparcada en medio de la plaza se convierte en una especie de acontecimiento.

Vivimos muy despacio. Andamos por el monte, comemos sin prisa, bebemos buen vino con menos prisa aún, dormimos como corderitos…

Miramos las flores, las buscamos en las guías que nos hemos comprado, y olemos mucho el aire, mucho… En la ciudad, aquí te das cuenta, apenas quedan cosas que se puedan oler. Esto es como volver al corazón perfumado de la vida: aquí huele todo.

Ordesa. Puente Senda de los cazadores a cascada de Abetos. Hepatica nobilis Ordesa. Puente Senda de los cazadores a cascada de Abetos. Saxifraga longifolia Torla a Puente de la Glera.

Huele a brasa, a aire enjuagado, a cristal frío, a polvo de pizarra mojada. A serrín ahumado, a musgo esponjoso creciendo sobre las piedras relucientes de humedad, a vacas limpias, a paja ahuecada y a hierba creciendo.

Ordesa.

Todas las tardes las nubes bajan gateando desde las cumbres y se enroscan en las laderas.

El aire se vuelve gris perla, se te moja la piel de la cara al pasear y al ratito empieza a llover. Es una lluvia discreta y silenciosa, casi un sirimiri. Cuando llevas varios días y te has acostumbrado un poco a esa presencia omnipresente del agua, empieza a parecerte que esa lluvia es como la visita de las siete, como abrir la ventana por la tarde para refrescar una casa: un ritual nutritivo que lava el peso de las cosas.

Los olores de la tierra se levantan, y durante un rato respirar es una fiesta para los sentidos.

Torla.

Casi todos los días el cielo está cerrado, blanco y mullido como el relleno de un colchón de lana.

Mientras andamos en medio de los bosques, oyendo los caudales de agua que nos rodean toda la jornada, a ratos el sol se abre camino entre las espesas capas de nubes plúmbeas y las rasga como una cuchilla, derramándose sobre todas las cosas.

Grandes charcos de luz y de sombra animan entonces las montañas y las vuelven distintas. Las cosas pierden densidad pero recuperan su volumen y la magnificencia de las montañas te deja boquiabierto.

montañas

Las tardes más despejadas, antes de la puesta de sol, pedazos de azul radiante se asoman entre nubes gordas como borregos blancos recién lavados.

Mira ahora ese collado de pinos, mira esa lengua de nieve, cómo relucen bajo el sol.

Un minuto más y el sol se habrá escondido, y ahí quedarán las cenefas de tilos, bordando las montañas con sus esqueletos aéreos color humo, perseverando en el invierno y esperando la nana de la primavera para empezar a acunarse con ella.

Pronto, en la quietud del bosque una señal inaudible les dirá: vamos, es el momento, concentraros, debéis fabricar pámpanos y echarlos al sol por todos los nudos de vuestras ramas…

Torla - Fragen. Ermita de San Miguel.

Cuando la tarde se acaba la plaza se llena de fumarolas de chimeneas domésticas y las golondrinas planean sobre los tejados de pizarra. Todo el pueblo huele a humo, a casa segura, a los rituales simples y poderosos de la vida cotidiana.

Qué bien se esta aquí.

Torla.

Viene otro día. Un valle y otro valle. Circos, montañas nuevas, lenguas glaciares, neveros. Las montañas espumean con el celaje verde limón de los hayedos recién brotados.

Aquí y allá lenguas oscuras alfombradas de abetos descienden como gruesas arrugas desde las cumbres nevadas.

Una mañana recorremos un hayedo que parece no acabarse nunca. Grandes árboles majestuosos se despliegan sobre los prados segregando una presencia fuerte y plácida, como espíritus vivos que descendieran de un mundo extraño. La luz del sol llueve sobre el hayedo en un celaje a franjas, como espolvoreada desde un cedazo plateado.

Ordesa.

Los días pasan y me voy dando cuenta de que no quiero irme de aquí. No quiero dejar de ver los cuencos colmados de azúcar polvo de las cumbres, las calles silenciosas, los terneritos jugando a darse cabezadas.

Los árboles cuajados de cristal de rocío todas las mañanas, el olor a pizarra mojada, el vaho del atardecer subiendo por las calles empedradas, besándote la frente con labios fríos.

Ordesa. Puente Senda de los cazadores a cascada de Abetos.

El peso delicioso de la manta sobre el cuerpo a la hora de dormir, cuando afuera está oscuro y la humedad se puede escurrir con un puño, los caminos brillan como si los hubieran aceitado y en el cielo restallan las estrellas.

Pero vaya, hay que volver. Volvemos con un cofre de olores, y con un atado de ese otro olor indefinible que describe la vida mejor y más sencilla. Así que hoy, para celebrarlo, un plato para tomar arrebujado en una cama de montaña, después de un día de nubes y bosque, en medio de la noche estrellada que entra a través del vaho de la ventana.

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