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Escrito por el May 9, 2014 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: cocina y cambio, comida corazón, comida de infancia, comida del hogar interior, felicidad doméstica, magia blanca, mitología de infancia

una de magia blanca

Ayer abrí una bolsita de tela de alubias blancas planchetas que compramos en nuestro viaje invernal a Soria. Puse la mitad a remojar en uno de mis cuencos de barro preferidos, uno que le compramos a una artesana de Puertomingalbo, blanco y decorado con una delicada cenefa de flores. Hoy las alubias habían engordado y también se habían arrugado muy levemente, como una piel de niño en un baño demasiado largo.

Las he echado en la cazuela de hierro con un poco de laurel, sal, una cebolla, granos de pimienta y agua nueva, hasta cubrirlas y dos dedos más.
Como van a cocer lentamente un rato largo, he apagado las luces de la cocina. Es pronto, la casa está tranquila. La corona de pequeñas lenguas azules que oscila bajo la cazuela derrama su fosforescencia en la penumbra mansa de la habitación.

Al rato vuelvo y añado el lacón y el tocino. Tapo la olla de nuevo. Un aroma a humo de leña y a pimentón dulce comienza a flotar en el aire, como nubes ligeras que al ascender se quedaran prendidas en los techos de la casa, perfumándolos.

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No hay mucho más que hacer. Comprobar que el hervor sea pacífico. Comprobar que el caldo no se seque.

En una de éstas, entra la nena en la cocina y dice: oooooh, qué bien huele!! me encanta que huela así en la cocina a estas horas, porque si mamá está haciendo la comida de mañana, es que todo está bien… (y éste es el momento en que a una se le para un segundito el corazón).

En mi casa, la cocina tiende a ser ese lugar en el que pasa todo.

Apenas cabemos dos personas, así que es muy posible que el calorcito de estar como sardinas en lata sea un elemento desencadenante que no hay que despreciar. Pero la verdad es que no es nada extraño que entren los «niños» o cualquiera de nuestros amigos, y, arrobados por la magia primaria que se practica en los cuatro fuegos de gas, vayan y suelten cualquier perla por el estilo.

Es imposible saber lo que le pasa por la cabeza a cada uno cuando se mete a cocinar, pero en la mía, esa imagen recreada por mi hija, una cocina en la que cuece despaciosa y apaciblemente la comida de mañana, es la que más acude.

Una imagen perfecta de hospitalidad.

Hospitalidad, ese conjunto de estambres sensibles capaces de vibrar expandiendo ese polen que algunos hombres y mujeres llevan en su mochila.
Luego, de vez en vez, van y la abren –la mochila–, el polen se extiende, se nos queda pegado a los que estamos cerca en las pestañas, en los labios y en las yemas de los dedos corazón, y nos deja envueltos con ese embrujo íntimo y evanescente del hogar.
Envueltos tan sólidamente como si te hubieran echado encima una gasa aceitada.

Y no de un hogar cualquiera, no.

Del buen hogar.

El que vimos en los cuentos de infancia.

Un hogar que a menudo mejora el que nosotros conocimos.

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Y entonces uno piensa, faaaaake…
Pero no.
Resulta que no es fake. Y por eso, precisamente, todo está perdido.

Porque ese conjuro tan poco material es uno de los embrujos más poderosos que existen.

Estoy leyendo un libro deslumbrante de Michael Pollan*, en el que he leído esto:
«Casi todos tenemos bonitos recuerdos de cuando nuestra madre estaba en la cocina realizando proezas que parecían brebajes de brujería, y que normalmente acababan convirtiéndose en algo suculento. En la Antigua Grecia, la palabra para designar un cocinero, un carnicero y un sacerdote era la misma, «mageiros», una palabra con las mismas raíces etimológicas que magia. Yo observaba, embelesado, cuando mi madre preparaba sus platos más mágicos, como los rollos bien envueltos de pollo a la Kiev que, cuando se cortaban con un cuchillo bien afilado, liberaban una espesa capa de mantequilla derretida y una bocanada de hierbas aromáticas…»

Magia blanca en estado de gracia permanente.

Magia blanca que nos acompaña a través de las décadas, a través de cientos y cientos de pequeños y grandes olvidos.

Por eso las cocinas de tantas casas en las que se cocina a diario, no importa lo pequeñas ni lo destartaladas que sean, son el lugar en el que pasa todo lo importante.

 

Creedme: nunca es tarde para probarse el bonete de mago.

Empezar a cocinar a diario, y ya veréis!

*Cocinar: una historia natural de la transformación. Michael Pollan. Debate. 2014.

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