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sobre pan y rosas

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¿Para qué son los días? Los días son el lugar en que vivimos. Se acercan, nos despiertan una y otra vez. Son para ser felices…

Philip Larkin

Por mi parte creo que la muerte será no poder tomar nunca más unos erizos de mar acompañados de un vino seco, bajo el humo dormido de las calmas de enero, a orillas del Mediterráneo, y no volver a probar otros manjares sencillos, naturales y terrestres que me han alimentado.

Manuel Vicent

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En mi biografía, el amor, la contemplación, la cocina y la búsqueda de una vida con sentido son manantiales antiguos y entrelazados.

La cocina siempre me ha fascinado. Siempre la he percibido como un territorio mágico donde hacer alquimia: colores, perfumes y sabores, el abecedario de la felicidad más primaria. Unidos a belleza, imaginación y amor.

Una partida donde se juega con todas las cartas esenciales para la mejor vida, la vida buena.

Con los años, comencé a cocinar como una manera de dar forma a esa vida buena, y la cocina se convirtió también en uno de los ejes de nuestra vida familiar. La comida de la que hablo aquí, nuestro “lo que hemos comido”, que aquí llamo Cocina de cosecha, es comida sencilla para cuidar el cuerpo, para aumentar el bienestar y para alimentar a una familia.

Adoro dar de desayunar a otros, y el desayuno me parece un momento crucial del día, un momento lleno de energía mágica, el instante de tomar posesión de un nuevo día. Algo que cada día sucede cuando muy bien podía no haber sido, el milagro repetido del amanecer, merece un ritual, y Desayunos de domingo es una colección de esos rituales afectuosos.

De raíz profundamente mediterránea, asentada íntimamente en el corazón de cada estación, lo que cocino tiene que ver con el hedonismo que inspira la belleza sensual de esta tierra y de estos alimentos.

Siento que literalmente “somos lo que comemos y cómo comemos”. La forma que hemos elegido de comer nos da un nombre y nos da acceso a una clase de vida, tanto íntima como de relación.

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Es un tema que poco a poco ha ido ocupando más espacio en nuestras vidas, y ahora comemos de una manera muy distinta a cuando yo empecé a cocinar: mucho más sencilla, más verde, más consciente.

Nos preocupamos de lo que compramos y de a quién.

De cómo se ha producido lo que comemos.

Nos hemos alejado de la comida procesada cuanto hemos podido.

Hemos ido avanzando hasta sentir que comer se parece mucho menos a echarle gasolina a un coche y mucho más a educar a un niño.

Y hemos aceptado que aprender a cuidar bien de uno mismo implica volver a una cultura del esfuerzo, la decisión consciente y lo hecho a mano.

Alimentarse es un acto que para nosotros, humanos, está lleno de sentido, valores, rituales, conexiones, creatividad, posibilidades. El cuerpo no es simple una máquina, sino un receptáculo mágico y sagrado y la cocina es la guardiana de su gracia.

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Cómo cocinamos y qué comemos es un proceso de elección y creación constante que en mi vida está vinculado desde siempre a la contemplación meditativa del mundo.

En mi educación católica aprendí que cada orden monástica, en su relación con el mundo, está inspirada por un carisma.

Después descubrí que también sucede así con las personas. Hay quien encarna el carisma de la acción, de la emoción de la aventura, de la investigación científica, del cuidado…

Y el mío ha sido siempre el de la vida sensorial y contemplativa, que es un cóctel en el que el sabor de la mirada sobre el mundo y el de la búsqueda de significado se licúan en una mezcla nueva y poderosa.

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El hilo de pensamientos que segrega esa mirada, que es más sensual y emocional que intelectual, está recogido en Liturgia de las Horas, un nombre que me gusta mucho porque simboliza la persistencia de esa mirada con voluntad de significado sobre el mundo.

En la tradición religiosa, la Liturgia de las Horas es el conjunto de oraciones que se rezan cada día, dividiendo el día en horas, consiguiendo así la percepción continua del paso del tiempo y el regreso ritual desde las distracciones y el desorden del mundo hacia momentos protegidos que recuperan la perspectiva iluminada y trascendente de lo que es esencial.

Cada oración es un canto de alabanza, agradecimiento o consciencia que pertenece a una de las horas que describen el paso del tiempo dentro del día: el amanecer, el despertar, el mediodía, la sobremesa, la puesta de sol, la noche. Mis textos se parecen mucho a eso.

Porque en mi vida la contemplación funciona exactamente igual: es algo que me permite alejarme cada día del ruido del mundo a un lugar de calma en el que poner orden y sentido, y también en el que agradecer, maravillarme y ser consciente, un lugar donde el mundo sale de la niebla en la que solemos vivir, ofuscados por tantas cosas, y se revela bajo nuestra mirada atenta y amorosa. Donde todo vuelve al lugar al que pertenece en un mundo iluminado.

Aquí encontraréis pequeños textos que hablan sobre la belleza, la memoria, el paso del tiempo, el amor, el asombro, maravillarse, las cosas pequeñas, la urdimbre de los días, la naturaleza silvestre y la naturaleza humanizada, las estaciones, la felicidad, la poesía de la vida cotidiana, el milagro de estar vivos y la propia vida como una construcción.

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Los escribo para mí misma y para que algún día mis hijos puedan tener guardadas nuestras recetas familiares, mis recuerdos y todo este juego de pistas sobre mí.

Es mi manera de estar en el mundo, algo fundamental para mi felicidad y mi crecimiento, algo de lo que no podría prescindir.

Si a alguno de vosotros, que llegáis aquí por amor, fortuna o casualidad, os entrega algo bueno, se habrá cumplido otra de esas buenaventuras que nos suceden en esta era de prodigios discretos en la que tenemos la fortuna de vivir.

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Bienvenidas.

Bienvenidos.

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