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Escrito por el Nov 26, 2014 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: abuela Marita, despedidas, lo más importante de la vida

bendiciones

Hace ya muchos años prepararé unas oposiciones. Durante unos cuantos meses paso todo el tiempo en el que no trabajo procurando estudiar. Se van haciendo largos, esos meses.
Paso mucho de ese tiempo estudiando con un amigo, un compañero. Cuando los exámenes se acercan un buen amigo nos presta su casa para que podamos estudiar sin distracciones. Yo estoy recién embarazada de Noel, y me canso el doble que al principio.

Es marzo y ese aire blando con olor a azahar que lo pone todo patas arriba está de pie en todos los rincones de la ciudad.
La primavera rompe y nosotros hemos pasado en esta casa acogedora, esta casa que parece un nido para pájaros caídos del suyo propio, muchas tardes del invierno que acaba.

Tardes de concentración y esfuerzo, tardes silenciosas llenas de noche, tardes de confianza en el futuro y en las propias fuerzas.

Hay un juego caleidoscópico de vectores trabajando aquí: la generosidad laxa y benévola de nuestro amigo, dueño de nuestra casa-nido, y la generosidad de mi amigo-acompañante, que también es en cierto modo un adversario, pero sólo en cierto modo, porque los dos sabemos que en realidad no hay nada de eso. Que yo soy, de algún modo, su invitada.

Él está mucho más entrenado que yo, y me ha abierto el camino como alguien experimentado se lo abre a un recién llegado.

Con todo lo complicado que es esto, hay una transparencia callada y meridiana flotando en el aire que respiramos juntos. Cada día planea sobre nosotros como un techo protector, como unas alas de mariposa. Alas vibrando en un aire azul, en la alegría tranquila de esta casa que un hombre extraordinario nos ha prestado con su absoluta bonhomía.

Mientras yo estudiaba, mi abuela, que yo adoraba, estaba muy enferma.

Y estaba en esa casa la tarde antes del último examen, cuando mi madre me llamó para decirme que estudiara tranquila que la abuela estaba bien.

mano de marita

Fue una llamada misteriosa, porque el número de teléfono de la casa de mi amigo sólo lo tenía la canguro de mis hijos y sabía que sólo podía utilizarlo para una emergencia. Yo estaba tan cansada y tan nerviosa que pese a todas esas coincidencias extrañas, no sospeché nada.

En realidad aquella llamada significaba que yo estaba allí, repasando los últimos temas para el examen de mañana, un examen en el que yo me jugaba mucho. Entre otras cosas, mi libertad para decidir como mujer independiente, algo que a mi abuela le hubiera encantado. Pero también significaba que ella se iba, que no podía esperarme, y que yo no estaba con ella para despedirme.

No. Yo estaba allí, en esa casa amiga, con ese otro amigo con el que compartí una parte bonita de aquella aventura de la oposición, y no entendí nada de nada.
Cuando mi madre me llamó, mi abuela se acababa de ir.
Todos esperaron hasta que salí del examen para decírmelo.

Enterramos a la abuela. Pasaron días. Y el día que publicaron las notas yo estaba allí de nuevo, aterrada, en esa casa amiga y prestada, ya sola.
Mi otro amigo había vuelto a su paisaje natural y yo estaba donde había estado desde el principio, un poco en el arcén de aquel proceso lleno de extrañamiento, esperando en una habitación amable, acunando tres meses de vida nueva y vigorosa dentro de una barriga que apenas se notaba aún.

Marita

Marita

Alfonso y Marita en el desierto de Las Palmas

Para entretener los nervios cogí un libro que estaba encima de la mesa en la casa prestada de mi amigo. Era El primer siglo después de Béatrice, de Amin Maalouf. Lo abrí al azar y leí: «Y lo decía con un rostro tan lozano, tan resplandeciente, que terminó por convencerme de que todo ser necesita una buena caída antes de abocar la otra vertiente de la vida.»

Nada más leerlo entendí que esa cita azarosa no era una casualidad. De un vistazo vi todo lo que iba a pasar: vi que aunque aprobaría sobradamente no tendría plaza. Que me iba a divorciar igual, aunque tardaría más. Que al final todo saldría bien, pero que las cosas no irían como yo hubiera deseado los siguientes años. Que tendría que tener paciencia y seguir adelante por otro camino. Apunté esa cita luminosa que me ha acompañado desde entonces en una servilleta de papel y me la guardé en el bolsillo, junto al corazón de mi bebé.

Estos días, a una persona muy cercana la vida le ha arreado un bofetón de esos que te hacen trastabillar un poco. Es una persona a la que debo muchas cosas buenas, porque su intervención sobre mi vida ha sido como poder beberse un Gin Fizz a la sombra después de una funesta travesía en el desierto. Como llegar a un modesto y benéfico oasis después de tantísima sed acumulada.

Y esta noche que estoy aquí, tranquila, pensando en eso, creo que lo que le ha sucedido hila bien con aquella cita visionaria de Maalouf.

No nos gusta pensar que la vida se puede dar la vuelta con nosotros dentro en cualquier momento, pero es así.

Así que mientras pienso en ella, cuando llego a casa abro las ventanas y dejo que entre el aire ligero y dulce de la tarde temprana, el canto de los pájaros.

En mi casa, cuando la mañana se abre, se oye el ronroneo cristalino de la fuente de la plaza. Suena mejor que cualquier música, y hace que la pequeña plaza parezca casi un bosque.

Esta noche, a las cinco de la mañana, entre sueños, oiré a la gatita salir por la gatera para sentarse en una hamaca en la terraza a ver amanecer. Cuando la oiga, me envolveré más entre las sábanas, sobre el colchón tibio, alargaré la mano hasta el cuerpo de R., me volveré a dormir.

He tomado café esta mañana, cuando aún era de noche, con un amigo que me ha cogido la cara entre las manos y me ha dejado sobre la mejilla un beso completamente sincero, como los de los cuentos de Andersen.

Cada día, la vida es un milagro.
Cada día, estamos vivos de milagro.
Así que hay que celebrar ese milagro cada día.

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