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Escrito por el May 29, 2012 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: belleza, despacito, el mundo es un regalo, felicidad doméstica, mirar el cielo, noche, pequeños rituales

asomarse a la noche

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero…

Antonio Machado. Retrato

Creo que para mí el lenguado es una de esas comidas de infancia. Primero de infancia doméstica, y luego de restaurante (también de infancia). Lenguaditos pequeños doraditos y crujientes en la cena de casa, o lenguado a la Meunière de domingo y festivo y camarero sirviendo con dos tenedores, brillante de mantequilla.

Cuando me fui a vivir a Sevilla a los 26, en el piso de abajo vivía una vecina sevillana que tenía dos niños pequeños. Era la primera vez que yo cocinaba a diario y era aquel tiempo de aprender a llevar una casa, aprender a comprar, a organizar menús para la semana y todo aquello. De mis libros de entonces recuerdo que lo que más me gustaba preparar era guisado de carne con cerveza y una crema de maíz caliente (ah, y pan de maíz cocido en un tiesto de barro! qué emoción aquel mundo de recetas nuevas, aquel mundo totalmente nuevo que prometía poder ser totalmente mío).

Las ventanas de nuestras dos cocinas daban al mismo patio, un precioso patio andaluz de barro cocido que protegía nuestras casas de los ruidos de la calle. A eso de las ocho de la noche la luz de su cocina se encendía y se empezaba a oír el crepitar del aceite en la sartén, y a mi amiga cantando por la casa: palayíííta’ pá’ cenaaaa’…
Todas las noches se freía pescado del día en aquella cocina y los niños se sentaban en la mesa camilla a cenar pescaditos fritos -lenguados, palayitas, pescadillas-patatas fritas y tomates.

 

En invierno era noche cerrada, hacía frío y la lucecita de su ventana esparcía un vaho luminoso y dorado sobre el patio.

Era mi hora de meterme también en la cocina, y unos minutos antes de ponerme el delantal, yo me acodaba en mi ventana, que estaba llena de begonias rosas, pensando en lo hermoso que era ese patio, en lo excitante que era estar sola ahí escuchando los sonidos de la noche ajena y en cómo echaría de menos algún día toda esa belleza tan simple.

No hacía falta ser Harry Potter para acertar en eso, ya, pero vaya, sí que acerté, sí…

Y esos ratos de aquellos años sevillanos se convirtieron en una costumbre meditativa que me ha traído mucha felicidad.

Para ser exactos, mucha conciencia de mi felicidad.

Ahora, casi todas las noches, desde hace mucho tiempo, antes de ponerme a cocinar, cojo un vaso de vino y me acodo en alguna ventana, mirando toda esa belleza que siempre hay al alcance de los ojos…

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