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Escrito por el Mar 14, 2013 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: generosidad, gente extraordinaria, la construcción del reino, magia blanca, nobleza

dibidibadibidú

Hoy me ha pasado una pequeña cosa que me ha puesto muy triste.
Esta mañana, cuando iba temprano a trabajar, he oído un maullido al pasar junto a los coches aparcados en un trozo de la acera que recorro cada día. Era un maullido de gatito, así que me he parado. Los maullidos de gatito son como los gorjeos de los bebés, si te gustan los gatos sabes distinguirlos sin ningún género de dudas. Me he quedado parada unos segundos intentado averiguar de dónde procedía el maullido exactamente. Era noche cerrada, las farolas apenas alumbran y era casi imposible.

Pero al tiempo que me daba cuenta de la dificultad de buscarlo en esas condiciones, también me daba cuenta de que mucho más adentro se había abierto una línea de palabras que me decía cosas como… ¿y si lo encuentras, qué vas a hacer con él? Tienes que llegar al trabajo a tu hora, ¿te lo vas a llevar allí? ¿Y te lo puedes quedar?
Yo no vivo sola, cada vez que me pasa una cosa así tengo que pensar en todos los que compartimos casa y compañeros de casa. Ya tenemos dos gatos, con todos los líos que suponen por mucho que te gusten…

(¿hay alguna clase de amor que no implique líos?)

Y las palabras subterráneas van haciendo su trabajo.

He desistido y me he encaminado hacia el trabajo.

Nemo recién llegado

Y una vez allí, me he puesto a trabajar y me he olvidado.

Un par de horas después he salido a almorzar, volviendo sobre mis pasos por esa misma acera.
El gatito estaba en el mismo lugar donde yo me había detenido, atropellado.
Era un precioso minino blanco y negro, con colita enroscada de bebé gato.

Todo esto no quiero contároslo hoy porque estoy triste, ni porque me cuesta separar de mi imaginación la vida buena y larga que ese gatito podría haber tenido conmigo.

Os lo quiero contar porque además y por encima de todo, ahora estoy pensando en la capacidad que todos tenemos de hacer de revienta-destinos con la simple herramienta de las decisiones que tomamos.
Como esas películas sobre los viajes en el tiempo en el que en la vida del protagonista cambia un detalle en su viaje al pasado, redibujando toda su vida futura.

Me viene ahora a la cabeza el cuento clásico de La Cenicienta. Esa escena en la que el hada madrina convoca unas cuantas calabazas y ratones y los convierte en carrozas y caballos… De pequeña siempre veía esa escena que me fascinaba como una escena de magia blanca.
Sería fantástico tener un hada que sabe hacer esa clase de magia cuando una la necesita, no?

Pero en este momento la veo de otra manera. La veo más bien como una especie de facilitación.
Porque en realidad lo que la madrina otorga a Cenicienta es una posibilidad.
La posibilidad de ponerse en juego ella misma para hacerse un nuevo destino.

Una posibilidad. Otra posibilidad.
Menudo regalo.

Esta mañana yo podía haber sido esa posibilidad para el gatito.

Nemo jugando al escondite

No reparamos mucho en ello, pero nuestro entorno está lleno de letanías de esa magia discreta y silenciosa.

En la guardería donde iban mis niños había un niño tremendamente tímido que se cogió a las faldas de una de sus maestras con carita llorosa cada día durante meses, hasta que comió suficiente amor como para poder soltarla y andar hacia los otros pequeños.

Ayer vi a una mamá escuchar con toda su atención y seriedad a una niña que no tendría ni cuatro años. Ambas se miraban a los ojos con un respeto absoluto, y en el aire que las rodeaba se podía sentir cómo la autoestima de la pequeña burbujeaba.

Hace unas semanas le conté algo que me estaba consumiendo a una amiga. Me dio un consejo práctico definitivo, pero en realidad fue su manera de dejarme descargar el corazón la que me dio toda la confianza que necesitaba para poder rebelarme y avanzar.

Esta temporada he visto a una muchacha joven de mi barrio recoger de la calle a un perro viejo y cuidarlo hasta que parecía otro. Un perro casi lustroso y desde luego feliz.

Nemo

En una esquina medio deshecha de mi barrio los vecinos han plantado un mini jardín llevando sus propias macetas y decorándolas con dibujos alegres.
Han puesto un banco de madera a la sombra, y debajo del banco, una señora alimenta cada día a una familia de gatos, que ahora juegan alocados y más seguros que antes, y lucen como bebés cuidados. Han transformado uno de esos rincones-estercolero de los que esta ciudad está llena en un recodo optimista que te hace sonreír cuando pasas.

En el ambiente enrarecido que aún reina en mi trabajo, en medio de la dinámica de camarillas que crecen como hongos -un mecanismo insano que la incertidumbre y la falta de transparencia no hace sino alimentar- cada día encuentras a alguien que no devuelve el veneno que recibe, sino todo lo contrario. Ésa es la sorpresa de un día y otro día, y esa dulce envoltura de sorpresa me hace recordar que las personas no somos máquinas con botones de acción y reacción.

El otro día mi hija vino por sorpresa al trabajo, un día normal y corriente, sin nada especial que celebrar, y me trajo flores.

Resumiendo: todos los días hay personas que se interponen en los cruces donde la oscuridad podría engordar, y la desalojan de allí, conjurando nuevas posibilidades.

Menudo regalo.

Ellos, ellos sí que son auténticos pedazos de hadas madrinas… Mucho más esforzadas que la rolliza y chispeante madrina de Cenicienta. Hacen su magia con los ojos cerrados y cuando se ponen, ni varita mágica necesitan…

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