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Escrito por el May 3, 2021 en cocina de cosecha, liturgia de las horas | 2 comentarios| etiquetas: construcción de uno mismo, experiencias cumbre, felicidad, la construcción del reino, lo más importante de la vida, significado

la llave

En una maceta de barro de la terraza están empezando a florecer los dianthus hyssopifolius, claveles silvestres, clavelina de roca. Sonrío porque solo averiguar su nombre me llevó varios años. Los tallos se alzan desde las hojas casi azules, esbeltos y erguidos, formando una corona alta que termina en estrellas de un delicadísimo, traslúcido papel rosado.

El olor de esas florecitas es casi indescriptible. Es un olor frío, dulce y especiado, con notas de canela y cardamomo. Es uno de los olores sagrados –venerables, seminales– de mi infancia.

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Regresé a esa flor más de 40 años después, guiada por una especie de pulso radiotransmitido desde un lugar tan lejano en el tiempo que es casi sideral.

Me doy cuenta de que si la vida de cada uno de nosotros está recorrida, justo en su centro, por un hilo dorado que no titubea y que está escrito en clave, la clave que descifra el mío muy bien podría ser ésta.

Esa búsqueda persistente, tozuda, confiada, en la que siempre ando metida.

Busco algo, una cosa, pero en realidad busco un lugar del tiempo en el que he estado y en el que sucedió algo extraordinario, un momento de conexión mágica con el mundo, de inmersión absoluta en el caldo caliente de la felicidad de estar vivo.

Busco la llave de ese momento resplandeciente, mercurial, que lo explica todo sin necesidad de explicarse a sí mismo.

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A menudo “el encuentro” que protagoniza la epifanía es una flor, o una luz. Y después, cuando el momento suspendido desciende de nuevo hasta la tierra, empieza de nuevo esa búsqueda, como guiada por una esquinita de un papel que se nos ha quedado entre las manos y donde solo quedan un par de letras de la dirección original. Una clave muy pequeñita, un rastro leve.

Como estos claveles silvestres.

Subí con R. al Desierto de las Palmas, de donde procedía el recuerdo, a buscar esos claveles. Desenterré una mata con la azada. Me la llevé y la trasplanté en nuestra terraza. La cuidé varios años, hasta que aprendí lo suficiente como para que volviera a dar aquellas flores que obraron aquella epifanía cuando yo tenía 3 años.

Se supone que a los 3 años una aún es muy pequeña para saber nada, entender nada. Sin embargo, cada vez tengo más claro que a esa edad ya sabemos todo lo que es imprescindible para vivir feliz.

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En aquel momento, todo giraba aún alrededor de mis padres. Todo me parecía, en mis recuerdos,  un regalo de mi familia. Era como si aquel milagro original que recordaba hubiera sucedido porque yo pertenecía a esa familia. De alguna manera, el regalo era de ellos. Y de alguna manera, se lo debía, no era mío, era un placer prestado. Yo creía que el secreto lo tenían ellos, que ellos eran los magos.

Mi madre era una mujer extraordinaria. Poseía una gran fuerza vital de luz y de sombra que proyectaba sobre todos nosotros. Durante toda mi infancia y muchos, muchos años después, se nos presentó como la gran dadora de todo, la maga que mantenía gravitando todo nuestro mundo y a quien todo se le debía, y todo eso, la parte luminosa y la parte oscura, se convirtió en una carretera señalizada que marcaba nuestros límites con balizas fluorescentes.

Mucho más adelante, sentada en un banco de Santa Catalina, mientras miraba los colores de las vidrieras del presbiterio, de pronto comprendí que esa felicidad elusiva y misteriosa que destella en muchos retazos de mi vida antigua, no tiene nada que ver con mi familia. Era y es solo mía, una fabulosa chispa surgida entre el pedernal de la materia del mundo y el pedernal de mis sentidos. Es fruto de mi propia peculiaridad. El único reactivo en esa reacción química era yo.

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A esas experiencias luminosas de felicidad les he llamado mi caja de semillitas.

Son como la clave que me explica, como el cabo que me sujeta a la boya que es la parte más antigua, intacta y completa de mí misma. Tirando de ese cabo hacia mi boya, sé que puedo regresar ahí.

A lo largo de los años y de las derivas en las que nos sumerge la vida, todos vamos fraguando una corteza que nos aleja de la delicada piel de aquella época inicial. El cabo que señala esta boya te permite volver a cómo eras cuando aún no había corteza. Acordarte de cómo eras cuando no llevabas tanto peso encima. Y desde ahí, volver a recorrer el camino hacia delante para llegar distinta. Flexible, luminosa.

Veis que pienso que en aquella época lejana todo estaba ya ahí. La verdad es que sí, lo pienso. Pienso que después dedicamos una parte importante de nuestra vida a olvidar todo aquello o a malograrlo. No voluntariamente, claro. Para protegernos. Para encajar. Para acoplarnos a alguna senda por la que nos parece razonable andar. Por eso pienso que, pasado el tiempo, mantenerse cerca del cabo que nos une con esa boya siempre es un pasaporte al paraíso perdido.

He dedicado la mayor parte de este «annus terribilis» del covid a tirar de ese cabo. Ahora mi madre ya no está, y eso lo hace más pertinente y más sencillo.

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Este año he recordado las cosas que me importan de verdad, que me hacen disfrutar de verdad con entusiasmo y deleite infantil. ¿Puedo llamar a eso las cosas que «soy»? Creo que sí. Creo que es lo que más se le parece.

He recordado que siempre he tomado, como decía Robert Frost, el camino menos frecuentado*. Y que, igual que le sucedió a él, eso lo ha cambiado todo.

Y que es hermoso que sea así.

Igual que cada historia, todas y cada una de las historias, son hermosas y conmovedoras si puedes oír su banda sonora original,  si las escuchas desde un corazón que aún no le ha puesto etiquetas a nada.

Estoy a un pequeño paseo de cumplir los 60 y creedme si os digo que desde aquí se ve la vida con toda claridad.

Sé que es bastante tarde, pero me da igual. Aunque no fue un arriero quien me avisó de esto, hoy lo tengo claro: «que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar…»*

Dice esa hermosa frase de Khalil Gibran que no se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche, y este año de tinieblas –que se me ha hecho eterno– me ha traído finalmente hasta aquí, hasta el final del camino que empecé en 2018 cuando mi madre ya estaba muy enferma y algo en mí estaba cogiendo fuerzas para por fin poder nacer. El año covid me ha conducido hasta la aurora de un día y un lugar totalmente nuevo para mi (y que está cada vez cerca, me lo dicen mis antenas, de mi Ítaca personal).

Por fin me siento libre de perseguir lo que realmente quiero (ser).

 

· QUERIDAS, ¡SED FELICES! ·

 

Vicente Fernández, El rey

Robert Frost, 1916.  El camino no tomado, The road not taken

 

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2 Comentarios

  1. Simplemente, precioso.

    • Cris… gracias ♥ Compartimos parte de ese hilo dorado, verdad? Besos fuertes!

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