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Escrito por el Sep 18, 2012 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: aptitud para la felicidad, despacito, felicidad doméstica, lucidez, mujer y cambio, otoño, perspectiva, poesía de la tierra

poética del otoño

Hace unos días volví a mi placentera costumbre, aplazada durante muchos meses por razones varias, de ir a recibir un masaje de vez en cuando.

Cuando llegué, después de los besos y abrazos, resultó que entre otras novedades, uno de los dueños acababa de volver de sus vacaciones de la India y tenía por allí encima un grupo de postales con imágenes de dioses hinduistas.
Me pidió que escogiera una para regalármela, “advirtiéndome” que luego me diría qué significaba lo que había elegido.

Elegí un dios rosado y sonriente que junto a la suya mostraba muchas caras diferentes, algo más pequeñas, como en un abanico.
Resultó ser Vishnu, el dios de la preservación y de la bondad.
Lenny me explicó que es el dios de la conservación de la energía, de la integración, de la armonía y de la paz.

Me pareció bien. Era una buena elección para mí y para este momento.

Igual que cuando llega la primavera me vienen siempre a la cabeza cuentos infantiles que tienen que ver con briosas limpiezas generales, con quitar el polvo, abrir ventanas, lavar cortinas, varear colchones (qué bonito suena!) y con trajín de tartas, en otoño me vienen a la cabeza cuentos sobre llenar la despensa de chutneys y mermeladas, tejer bufandas mirando al fuego y poner orden en la casa.

En la casa exterior y en la interior.

El otoño es una temporada meditativa.
De mirar mucho, quizá más que en ninguna otra estación.
De mirar mucho el cielo, para después ir hacia dentro, refugiarse y mientras se está bien a cubierto, cocinar para otros, disfrutar del vino recién hecho y trazar nuestra propia poética.
Es la mejor época para crear y redireccionarse.

en casa, incienso

Somos básicamente criaturas cíclicas, como la luna y el mundo natural.
El hecho de que vivamos en comunidades que se distinguen por apartarnos de la percepción de esos ritmos como una manera de conseguir rendimientos uniformes a lo largo de todo el año y de todo el día no nos hace menos estacionales (en realidad lo único que hace es transtornarnos un poquito más).

Y en el otoño hay que parar un poco para poder notar ese avance de la quietud dentro de nosotros.
Será el que pueda, me diréis. Sí, y no.
Porque tampoco yo creo que casi ninguno podamos hacer eso mucho, la verdad.
Casi ninguno de nosotros es realmente dueño de su tiempo.

Sin embargo, ese trabajo interior de poner orden sin algarabía, con suavidad, de encontrar y desechar las cosas que crujen, de sacar algunas cosas que no nos van bien y buscarles una alternativa, en una palabra, de armonizar la energía interior, como quien peina una melena, es una manera de alinearse con el enlentecimiento y la vuelta a la imaginación que son el corazón del otoño en la naturaleza.

en casa

Uno puede salir a exponerse a la lluvia que nutre y a la oscuridad que hace que las semillas se preparen para germinar. En esa oscuridad, que es protectora y benigna, puede dar rienda suelta a su imaginación y atreverse a reinventarse un poco.

En casa

Y puede hacer casa. Más casa, para uno mismo y para otros. ¿Y qué manera mejor hay de hacer casa que cocinar platos calientes que llenan los cuartos de perfumes acogedores? (Bueno, como dice el autor de un blog* que suelo leer, sí que hay una manera mejor, pero sólo una: tener amor sincero para regalar y libertad para expresarlo).

En casa. Tarta peras y queso

Hoy, un hojaldre otoñal, fácil de hacer, que estira aún los últimos frutos dulces del verano tardío y estrena sabrosas y aromáticas primicias del otoño.

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