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Escrito por el Dic 31, 2012 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: Año Nuevo, hacer la Navidad, Navidad, pequeños rituales

recibirlo con rosas

La mañana de Año Nuevo es mi momento preferido de estas fiestas. Me encanta.
No sé por qué pero por aquí suele amanecer una mañana de sol radiante, y yo siempre tengo la sensación de que estoy a punto de abrir un precioso paquete de regalo.

El primer Año Nuevo que viví ya divorciada coincidió con la mudanza a una casa nueva. Los niños aún eran pequeños, sobre todo Noel, que acababa de cumplir 5 años. Me dije a mí misma que era el momento de inventarme mis propios rituales para celebrar las cosas importantes con ellos. Y así fue que inventamos el de recibirlo con rosas.

en casa
La cosa iba así: el último día del año los tres pensábamos un deseo importante, lo escribíamos en un papel y lo metíamos en sendas botellitas de cristal (que mayormente venían a ser de tónica), junto con una perla blanca que simbolizaba las cosas maravillosas que vendrían solas, un pellizco de sal que simbolizaba el trabajo que nosotros pondríamos para acercarnos al deseo, y un pétalo de rosa. Y las tapábamos con un corcho, para convertirlas en una botellas-mensaje. Aquello significaba que la botella se mantendría a flote todo el año y que nuestros deseos llegarían a buen puerto aunque costara lo suyo.

Después nos asomábamos al murete de la terraza, encendíamos bengalas, deshojábamos cada uno una rosa y lanzábamos los pétalos al aire al grito de Feliz Año Nuevo.
Las rosas siempre han simbolizado la perfección de la belleza. La belleza siempre es algo que se nos regala. Y también es una buena linterna en tiempos oscuros. Y su perfume una pócima infalible contra la zozobra. Esa era la parte de la rosa.

Tartaletas de rosas
La otra noche me encontré con un amigo al que admiro en una galería. Hacía muchos meses que no nos veíamos. Estuvimos hablando de que ha sido un año difícil, y el que viene iba a serlo un poco más. Eso nos hacía sentirnos un poco como en medio de una encrucijada. Y los dos nos contábamos lo mismo: que este año nos costaba mucho formular un deseo. Un único deseo.
Y él me decía que entonces debíamos pedir seguir adelante. Seguir adelante. Hasta que al final encontráramos la puerta, y la puerta se abriera.

Rilke decía que debíamos amar las preguntas, como libros aún cerrados que contienen las respuestas que buscamos. Hay que leer el libro hasta el final, sin saltarse páginas, sin apresurarse. Porque si amamos las preguntas, si no intentamos acallarlas antes de tiempo, un día, tal vez sin darnos cuenta, sentiremos la respuesta. El libro se abrirá por la página que esperábamos y nos desvelará una imagen completa.
Pues algo así.

en casa
Año Nuevo significa nuevo comienzo. Somos criaturas cíclicas, necesitamos cambios para seguir sintiendo la intensidad de las cosas, necesitamos el aliciente de las nuevas citas con la vida.

Año Nuevo significa creer que tenemos otra oportunidad de recrear nuestra vida, de reinventárnosla.
Pero en realidad, cada día en que nos despertamos es Año Nuevo. Un nuevo comienzo. Una nueva oportunidad de hacerlo todo igual, pero mejor, o quizá todo distinto.
Así que eso es lo que voy a pedir yo. Que el espíritu del Año Nuevo me acompañe cada día de este año.

en casa
Por eso, cuando esta noche cierre mi botellita, añadiré más rosas de la cuenta.

Belleza: la belleza simple y sorprendente de cada día, la belleza del esfuerzo y de las cosas hechas a conciencia, la belleza de la contemplación, la buena compañía, la lentitud, el ánimo pacífico y la disciplina.
La belleza vital un como haiku de Año Nuevo.
Este año voy a abrir un poco la mano con las rosas y pienso recibirlo con un manojito de ellas, a ver si el Espíritu pilla el guiño y me deja unos buenos kilos de todas esas cosas que bien quisiera yo saber hornear en un pastel con el que terminar cada uno de mis días de este año…

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