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Escrito por el Jul 17, 2020 en cocina de cosecha, liturgia de las horas | 1 comentario| etiquetas: a dos, amor, aniversario, lo más importante de la vida, matrimonio

un aniversario

 

Son las nueve de la mañana en la franja de mar que bordea mi ciudad.

Temprano aún para los amantes de la vida playera: la playa a estas horas aún parece la joya que es.

El sol asciende despacio esparciendo en el cielo una luz caliza, espejo de relumbre. El día arde en vapor blanco.

El mar quieto, oleoso, respirando imperceptiblemente. Una lámina de mercurio claro que se disuelve en nube cuando alcanza el horizonte. Centellas blandas y lentas se levantan sobre el agua aquí y allá.

La arena casi vacía aún, húmeda, lejos del ardor insoportable del mediodía.

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Las pasarelas de madera sin la procesión de bañistas que las recorrerán más tarde, como mareas ordenadas que se enlazan sin pausa.

Colocarse al solaz de la sombra, mi lujo preferido del verano.

En esta playa hoy hay bares en lo que un día fueron villas y viviendas de pescadores, acogedoras casas llenas de fantasía. Casas que nos trasladan a una época donde la belleza tenia raíces más firmes y su emoción duraba.

Grandes sombrillas blancas se ondulan con la brisa y animan sus corolas con el deslumbramiento de los colores de las barandas: cal blanca, azul Denia, verde turquesa.

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Esta noche ha llovido y en el cielo permanecen amplias franjas de nubes altas, que reflejan el sol y llenan el aire de un vaho metalizado. Pronto entrarán bandadas de grandes nubes azules, y quizá incluso vuelva a llover un poco. Gasas de humedad densa están erguidas sobre la playa como redes invisibles.

Es martes pero he cogido día de vacaciones, porque hoy hace 20 años que comencé esta vida en la que estoy ahora, la Tercera Gran Etapa de mi vida.

Estos son los pequeños, deliciosos lujos de la vida propia, de la vida elegida.

14 de julio del año 2000, el año mágico del cambio de siglo. No puedo recordar mi día completo, me parece que está lejísimos en mi imaginación. Pero recuerdo claramente algunos pedacitos, algunos trozos iluminados, rescatados entre la neblina.

Recuerdo salir de la que entonces era mi casa antes de amanecer, y llegar a la que iba a ser mi nueva casa, sola, cuando el sol apenas estaba ascendiendo en el horizonte. Mi nueva casa, que era de mi amiga Merxe, tenía una pequeña terraza. La llave abrió la puerta. Anduve dos pasos, deje la bolsa sobre el suelo. Ví, desde la mitad del pasillo, un sol rojo encendido elevarse tras los cristales de la terraza. Abrí las puertas y me asomé. La terraza estaba orientada al sureste. El sol ascendía sobre los edificios, naranja y magenta, incandescente, envuelto en olas oscilantes de color coral.

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Supe que eso sería lo que vería cada mañana durante los próximos cientos de días que compondrían mi vida. Esa imagen gloriosa. Ese silencio bendecido. Esa soledad llena de compañía.

Recuerdo perfectamente aquella sensación.

La sensación alucinante, surrealista, un poco inasumible aún para mi, de haberme atrevido a hacer aquello. De entrar en un mundo intocado aún, lleno de paz, de potencia y de pureza.

La sensación de incertidumbre ante todo lo que venía, la duda de si tendría fuerzas para llevarlo adelante.

Pero sobre todo, la sensación de paz.

 

 

La sensación de que me había regalado a mí misma una nueva oportunidad, una vida nueva, un nuevo jardín donde plantar.

La sensación de que algo que había ido volviéndose muy dañino se había terminado.

La sensación de cambio de clima, de aire limpio.

La sensación de respirar.

La sensación de ser libre.

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Y después, otra sensación nueva: la sensación de estrenar una casa que iba a ser solo mía.

De alguna manera, era mi primera casa. Había amado con ternura mi casa de Sevilla, había amado locamente mi casa de Benicasim, pero sentía con claridad que esta casita pequeña era la primera que iba a ser realmente mía.

Aún no podía saber lo que era eso, tener algo donde podías expresarte con libertad absoluta, sin negociar, sin renunciar, sin moderarte. No porque sea algo bueno en sí mismo. Mi amiga Gabi me lo había explicado cuando íbamos juntas a la escuela de cerámica de Manises: simplemente es algo que todas las mujeres deberían poder hacer antes de emprender la aventura de compartir una casa con otra persona.

Presentía todo ese placer y ese gozo, pero aún no tenía ni idea de lo bonito, de lo nutricio que iba a ser.

Por la tarde, en esa casa recién estrenada donde también íbamos a estrenar nuestra relación, cada día estaría R. Estarían las conversaciones hasta la madrugada en esa terracita con olivo, jazmín, gatera, Merlín y un vaso de whisky. Y esa primera noche pediríamos cena china al Mey Mey, que estaba al lado de nuestra nueva casa. R. escribiría en un papelito lo que queríamos cenar y bajaría a recogerlo,  y cenaríamos en la mesa de la terraza paladeando a la vez la comida y la gravidez de una felicidad plena que mientras estaba sucediendo, era también la promesa plena de la felicidad.

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La otra tarde estaba en casa de mi padre, bajando la escalera de su estudio, los dos a solas. Hablábamos de los sitios a los que él ya no viajaría más, y yo le decía que yo ya tenía claro todo el montón de sitios a los que él ya había ido y yo no iba a ir nunca, porque en realidad no me apetecía lo bastante.

Y entonces él me dijo: ¡ah claro! Tú has acertado. (Y entonces ya no estaba hablando de los viajes). Y después de una pausa, dijo: Y yo también.

Mi padre en esas cosas de la “filosofía de la vida” suele llevar razón siempre.

Y es verdad, ésa es la sensación que tengo hoy. He acertado.

Ayer estaba viendo fotos en Instagram y de repente me detuve en la foto de un paisaje con espíritu bretón. Gris y verde, frío, casi podía olerse el salitre y el aire húmedo.

Y mientras lo estaba mirando, rompió encima de mí, como la palabra que al pronunciarse confirma algo que uno ya sabía, el deseo feliz de estar ahí con R.

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Esa imagen de la felicidad, ese paisaje parecido a muchos en los que he estado coń él, la emoción más poderosa que me despierta hoy es el deseo renovado de estar allí con él.

Y ésa se convierte en la respuesta definitiva a la pregunta.

He acertado.

Así que hoy tengo 20 años ya cumplidos que celebrar, y la esperanza de otros 20 aún por disfrutar…

Y me pongo ya… ¡que no me va a dar tiempo!!

 

· SED FELICES ·

 

p.d.:

fue un día grandioso de playa, con todo lo que más me gusta. Tomar posesión de la playa antes de las 10 para un buen desayuno…

 

 

…en un día de nubes gordas, brisa y hasta un rato de gruesas gotas de lluvia sobre las olas…

 

 

…andar por el agua tibia un buen rato oyendo solo las olas…

 

 

…volver a casa cuando el sol empieza a apretar de firme y ponerse a la sombra del toldo en la terraza…

 

 

…para comer encargamos chino al Mey Mey, como aquella cena que apuntamos en el papelito aquel día -sólo que esta vez nos lo trajo Glovo ; ) …

 

 

 

…y por la noche volví con R. a la playa a cenar galettes de sarraceno, una receta que adoro y que descubrimos en nuestro primer viaje juntos a Bretaña.

 

 

Un día perfecto y delicioso, qué bonito broche para este aniversario. ♥

 

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1 comentario

  1. ¡Qué bonito la comida china deporquesí-y-hoy-es-hoy! ^__^ ¡A por otros dos veces 20! (sólo otros 20 se hará corto, me temo)

    Besos. (…) (…)

    Jose

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