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Escrito por el Dic 17, 2013 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: abuela Marita, genealogia íntima, hacer la Navidad, la historia familiar, los constructores, Navidad

una historia de navidad

Durante muchos años, desde que era muy pequeña hasta que nació mi primer pollo, uno de esos sabores que son privilegio de la Navidad en la caprichosa peculiaridad de cada familia fueron, en la mía, los pastelitos de boniato.

Mi abuela los horneaba de siempre cada año el día del sorteo de la lotería de Navidad, y se ponía a la faena como hacían las mujeres de antes: tres kilos de harina que había que amasar con aceite y mistela, y rellenar con confitura de boniato que se había preparado de víspera.

De ese barreño de masa rústica que olía maravillosamente a vino dulce y fermentado saldrían seis docenas de pastelitos, que endulzarían la sobremesa de todas las comidas de Navidad.

Cuando los hijos de la abuela crecieron y tuvieron sus propias casas, además de los pastelitos que saldrían en la comida de Navidad en bandejas de postre, habría sobre el aparador tres cajitas recicladas (de caramelos, de bombones, de galletas) rellenas de pastelitos para que cada uno de los hijos se las llevara a casa cuando llegara el momento de despedirse.

Los años pasaron y los nietos fuimos creciendo y marchándonos de casa de sus hijos. La abuela se hacía vieja pero su olorosa empresa creció y creció, pegando estirones, como dicen que crecen los niños cuando tienen fiebre.

Cada año que uno de los nietos estrenaba casa propia, la abuelita acompasaba el acontecimiento con el ritual de aumentar en una la lista de las cajitas recicladas rellenas de pastelitos navideños.

Cuando mi hermana se fue de casa a vivir con su novio sin que mediaran más formalidades, con gran transtorno familiar, la abuelita, que en muchos aspectos resultó ser más progresista y amorosa que su propia prole, la apuntó en su legendaria lista de cajitas de cartón manchadas de aceite. Después de aquello no hizo falta pedirle discurso alguno, y mi hermana, que tira a sentimental como yo, supo apreciar aquella crucecita en lo que de verdad valía. No había ninguna duda: si estabas en esa lista, ya tenías tu propio hogar.

Era una historia que estaba a la vista de todos a poco que uno se fijara, pero yo tuve la suerte de poder escucharla de su propia lengua, tan dulce.

Album JosseLuis. Julio 1965 a mayo de 1966

Y la cosa era así: el día de la víspera, se cocían los boniatos en el horno. Muchos boniatos, varias tandas. A horno muy caliente, y no había más que decir, porque el horno de mi abuela era un horno de gas de aquellos en los que se abría la espita del mando de la cocina en la que ponía «horno», se acercaba una cerilla a la boca del suelo del horno, se oía un «chas» impetuoso y explosivo y a continuación, como una guirnalda navideña, veías prenderse, una tras otra, con el mismo orden armonioso que un acorde largo, llamita azul tras llamita azul, todo el largo collar de fuego que rodeaba el dibujo del horno.

Las bandejas de boniatos lavados entraban y salían del horno que ardía, una tras otra. Los cristales de la ventana se empañaban. La cocina parecía un nido. Bandejas llenas de boniatos cocidos que habían dejado la casa impregnada de un firme olor a otoño tardío se iban amontonando sobre el mármol mientras se enfriaban un poco. Había que esperar lo justo, y luego, con manos decididas, desprenderlos de su piel mientras aún estaban calientes, socarrándose las yemas de los dedos y aspirando las nubes de vapor perfumado que ascendían mojándote las mejillas.

La pulpa se pesaba y se cocía con la misma cantidad de azúcar blanco en una cazuela de barro, lentamente, removiendo sin parar, hasta que tomaba la consistencia de una confitura fina.
Hacía frío y desde muy temprano la ventana de la cocina estaba negra de noche. Pero la tarde en la cocina era grata y no se hacía larga.

Al día siguiente, cuando llegara Fulgencia y la abuelita se hubiera aseado y se hubiera tomado el vaso de leche con malta y tres galletas María, encenderían la radio, las dos mujeres de la misma edad que comenzaron su relación desde el antiguo régimen, como «mujer» y «señora», y la terminaron, aunque Fulgencia siguiera llamándola señora María, como viejas compañeras. En la radio los niños de San Ildefonso empezaban temprano a cantar las bolitas de la lotería. La cocina estaba caliente, el horno estaba encendido de nuevo y el sol entraba lentamente por el ventanal que daba al patio.

La masa se trabajaba en un barreño, las tortitas se amasaban con un vaso de cristal entre dos hojas gastadas de libreta cuadriculada que se aprovechaban como papel de horno, y una bandeja tras otra, los pastelitos, azucarados con un rocío de neviza, entraban y salían del horno.

Las cajitas de cartón ya estaban preparadas: cajas rojas de Nestlé, cajas de galletas Cuétara, cajas de caramelos La Pajarita, cajas de polvorones del Simago.
Fulgencia con su imperecedero traje de luto y la señora María con su batincito guatado trajinaban toda la mañana en la cocina, como si el cansancio de las tareas que llevan horas fuese algo natural en la vida de una mujer con una casa a cargo.

(Tengo dos fotos de aquello, difusas y movidas, que concentran toda la agridulce intensidad del tiempo perdido y que conservo como un tesoro).

marita y fulgencia

Cuando ya fui mayor para leer esta historia tal como la estoy contando, esa mañana siempre llamaba a la abuelita en cuanto empezaba el sorteo.
Yo aún estudiaba mi carrera y vivía lejos, y ese día estaba en casa, haciendo las maletas para volver a casa de mi familia durante la Navidad.
Las dos poníamos la radio a la vez y escuchábamos cantar los premios toda la mañana, yo haciendo mi maleta y ella haciendo los pastelitos de boniato.

abuela marita y los pasteles de boniato
Cada una en su casa, las dos sabíamos que aquella llamada comenzaba una lazada que nos mantendría juntas todo el día, y pondría en marcha la cuenta atrás de la añoranza: era 22 de diciembre, y el 25 nos volveríamos ver.
Y era una mañana maravillosa, la primera mañana de mi Navidad.

Nunca dejaré de añorar aquello.

Al fin y al cabo la fórmula era bien sencilla: una intimidad de floración espontánea que 800 kilómetros por en medio no podían diluir, olor a pastelitos cociéndose en el horno, certeza de que alguien muy lejos piensa en ti y te echa de menos.

Aunque nunca lo dije así, con aquella llamada yo quería decirle: qué ganas tengo de subir las escaleras heladas de tu casa y encontrarte en tu zaguán con la puerta abierta, esperándome rodeada de la luz amarilla del quinqué del recibidor y el olor a tierra buena de los helechos del pasillo.

No hacía falta que lo dijera, porque ella lo entendía tan claro como si hubiera levantado una bandera.

Y así nos despedíamos, con besos y olor a pastelitos enroscándose en los hilos del teléfono.

Desde aquellas llamadas Sevilla-Castellón a las nueve de la mañana del día 22 de diciembre han pasado veinticuatro años.
Dos niños.
Un divorcio.
Un nuevo matrimonio.
Nuestra nueva casa.
Muchas horas felices.

Muchas Navidades bajo mi propio techo, intentando hacer lo que hacía ella: construir silenciosamente mis propios pequeños rituales.

Pero aún hoy, con todo eso bueno a mis espaldas, creo que no ha habido ni habrá nunca para mi una Navidad mejor que aquella…

*fotografía en blanco y negro, José Luis Medina.
Las fotografías de mi abuela son un regalo de mi tía Elisa.
Galiana es una casa tradicional y muy respetada de Valencia dedicada a los turrones y los dulces de Navidad, que sólo abre de octubre a diciembre.

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