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Escrito por el Sep 11, 2014 en liturgia de las horas | 0 comentarios| etiquetas: despacito, felicidad doméstica, lo que pasa en el campo, luz y felicidad sensual, mirar el campo, verano, verano dorado

una siesta de agosto

Agosto.
En el campo.
Todo el tiempo es nuestro, no hay extraños dentro.

La casa es grande, blanca y fresca, silenciosa como un convento.
Tres gatas entran y salen a su antojo, y son nuestra única compañía.
Nos parece bien.

Dormimos en una habitación con paredes azules.
Cada día hay flores frescas que hemos recogido en la huerta en todos los jarrones.

El jardín está lleno de pinos, de romero y de adelfas en flor, con sus ramilletes colgando como campanas encendidas.

Por las mañanas hileras de abejarucos descansan sobre los hilos de la luz, enfrente de la terraza donde leo a la sombra, y aquí y allá levantan el vuelo quebrando el cielo en un revuelo de chispas turquesa.

En la tarde temprana una calma solar hace dormir las cosas en un sueño profundo y poderoso al que sólo se rebelan las cigarras.

Siesta

Por las tardes refresca, la brisa es verde y huele a savia; riego el jardín con la manguera, las plantas se espabilan bajo el rocío de agua y parecen levantar sus pequeñas cabezas, con un suspiro de alivio que casi puede oírse.

Las golondrinas se persiguen sobre nosotros enlazando quiebros imposibles de seguir con la mirada.
Lanzan sus trinos vespertinos, piiiirrr piiiirrr, largos y penetrantes, alegres; suenan a algarabía de patio de recreo.

El campo cruje de sed pero los zarzales están cuajados de moras. Salimos a pasear entre olivos, pisando tierra clara, cuarteada y polvorienta. Nos llevamos un escurridor y lo traemos lleno de moras.

A mediodía, cuando el silencio desciende como una lluvia fina, ritmado por brazadas calientes de una brisa blanda y castaña que huele a especias, coloco las moras en una cazuela grande y comienzo el ritual de hacer mermelada casera.

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Hacer mermelada es un ejercicio que tiene algo de reconfortante y también algo de meditativo. Hay que ir despacio, no puedes correr. Has de estar atenta, pero puedes dejar vagar la imaginación mientras remueves la cazuela, o puedes extraviarte en el paisaje que te rodea y saborearlo lentamente.

Y mientras te entregas a ese vagabundeo, el aroma de la fruta se eleva hacia ti en bocanadas perfumadas que el fuego ha concentrado, y va envolviendo toda la cocina con olor a fruta madura.

Una delicia. Perfecto para acunar cualquier tarde del final del verano.

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