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Escrito por el Jun 21, 2014 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: bebidas, celebración, verano

cup de Ali-Bab

elixir dorado de solsticio

La palabra solsticio la hemos heredado de la palabra latina solstitium, que etimológicamente significa sol quieto, detenido.
Como tantas palabras latinas que condensan en una combinación cifrada el fruto de la observación natural, se refiere a que para alguien que observa la progresión del ritmo de salida y puesta del sol desde la tierra, en los solsticios su marcha parece detenerse.

Dos veces al año, en diciembre y en junio, la trayectoria de la tierra alrededor del sol alcanza un punto álgido de desequilibrio entre la duración del día y la noche, tras el cual ambos comenzarán de nuevo su proceso de acercamiento.
El solsticio titila sobre ese fugaz punto de desequilibrio, que se romperá inmediatamente para comenzar una nueva transición.

La experiencia vital de la transición, del bucle cíclico, del rito de paso, es el corazón más antiguo del solsticio.

Todas las culturas han celebrado desde la antigüedad remota los solsticios como momentos mágicos de transición cósmica y personal, en los que los poderes se pueden concentrar, y así hemos inventado rituales que buscan “convencer” al sol de que no detenga sus visitas diarias a la tierra y siga esparciendo entre los hombres su cálido polvillo de vida.

Encantamientos que intentan seducir al sol mediante su equivalente telúrico, el fuego, que añade al ritual toda su fuerza catártica y de liberación.

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En la cultura cristiana, la tradición de saltar hogueras la noche de San Juan proviene de la leyenda de su padre, Zacarías.
Una noche Zacarías recibió en sueños la visita del arcángel Gabriel, que le anunció que su mujer estaba encinta y tendría un hijo. Zacarías desechó aquel sueño, porque estaba convencido de que su mujer era estéril.
Castigado por su falta de fe, Zacarías quedó mudo, y sólo recuperó el habla tras el nacimiento de su hijo, Juan.
Como agradecimiento, Zacarías encendió una gran hoguera -un ritual purificador desde tiempos remotos- y saltó por encima de las llamas recitando alabanzas y anunciando el nacimiento de su hijo, Juan Bautista.
Para los cristianos, Juan es el hombre del cambio, el primero que anunciaría la nueva fe, basada en la verdad interior y no en el rito.

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En la cultura griega los dos solsticios expresaban el paso del sol desde el mundo exterior de los hombres, los animales y las plantas hasta el mundo interior, invisible, de lo divino y del espíritu.
El solsticio de invierno era la Puerta de los Dioses, que conducía la luz hacia el Olimpo, donde viviría mientras los hombres la conservaban sólo en su interior.

El solsticio de verano era la Puerta de los Hombres, que conducía al astro de nuevo al exterior, a la presencia cotidiana en el mundo de los hombres, donde de nuevo tomaría en sus manos sus trabajos vitales: la fertilidad de campos y especies, la abundancia y el calor luminoso y protector.

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Después, la mitología romana se imaginará las dos puertas como las dos caras de Jano, el dios doble, el guardián de las Puertas, que simboliza y protege todas las transiciones: el paso de lo viejo a lo nuevo, de la vida a la muerte, de la oscuridad a la luz, y cualquier clase de renacimiento.

Nuestra imaginación, profundamente influida por el concepto de ciclo temporal al que se acomoda toda la naturaleza, siempre se ha sentido subyugada por la importancia de saber aceptar, y celebrar, los momentos de cambio trascendente.

Las celebraciones alrededor de los solsticios son un recuerdo de tiempos en que la relación entre el hombre y la naturaleza aún reconocía y respetaba la absoluta dependencia del hombre del equilibrio natural.

Sin embargo, desde aquellos tiempos las cosas han cambiado mucho.
La combinación de religión occidental y mundo tecnológico nos ha imbuido, casi sin darnos cuenta, de la sensación de que el mundo natural es un supermercado creado con el único fin de que el hombre se abastezca en él.

Cada vez más, y cada vez menos conscientemente, pensamos en él como en bajar al super de la esquina a hacer la compra, una relación que implica que es el hombre el que manda, que es el hombre la parte fundamental de la ecuación y no el que viene de invitado, mientras el mundo natural se va convirtiendo en nuestra imaginación emocional en un mero escaparate siempre abundante y variado.

Las llamadas de atención de la madre naturaleza sobre nuestra descabellada actitud de prepotencia, que nos llegan a diario en forma noticias de catástrofes y desgracias naturales, no consiguen traspasar esa inconsciencia más allá de los pocos minutos que dura el telediario.

Y el modo en que en tantos lugares prósperos se celebra el solsticio, con rituales tan vacíos de sentido como cáscaras, no es sino una prolongación de nuestro modo de vivir de espaldas a la naturaleza.

A mí esa carrera de la especie contra la naturaleza me parece una locura. Una especie de rebelión suicida. Un grandísimo pecado de soberbia criminal, que algún día nos pasará factura.
Y además la pagaremos todos, los más culpables, y los menos.

Yo no soy optimista sobre el hombre como especie, pero también pienso que dentro de este panorama realmente sombrío, cualquier pequeña vuelta a la cordura brilla como una gema. Y ése, creo yo, es nuestro trabajo.
Protagonizar esos pequeños regresos.
Abrir mínimas brechas por las que pueda colarse un poco de aire rico y renovado.

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Así que voy a hacerme mi propio ritual de encantamiento solar. Como hicieron todos aquellos antepasados lúcidos que los crearon.
Un ritual para seducir al sol de que esparza sobre mí su polvillo de luciérnaga, que dura todo un año y brilla en cualquier oscuridad.

Y para que perfeccione mi visión de la realidad, devolviéndome al lugar que me corresponde, que no es ése del que nos quiere convencer esa otra “realidad” que nosotros nos hemos inventado y en la que cada día despertamos creyendo que dominamos el mundo.

(Creo que al menos una vez al día deberíamos preguntarnos esto: ¿qué clase de dominación intelectual podrá ejercer el hombre sobre el mundo el día que no le quede ni un puñado de tierra cultivable?)

Así que yo celebraré mi propio ritual, que incluirá buena tierra, agua y semillas. Y olas y fuego, claro.
Y el recuerdo de los antepasados.
Los cercanos y aquellos otros muy lejanos, de cuya historia de audacias y respeto, que es la nuestra, deberíamos ser capaces de aprender mucho más.

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Y como habrá que regarlo con alguna bebida telúrica, (es decir, algo muy terrenal que lleve dentro un poco de sol) aquí va ésta…

cup de Ali-Bab

{una bebida dorada de celebración que lleva en mi familia cuatro generaciones, para 12 personas}
  • 250 cc de vino blanco semiseco
  • 1 botella de cava brut nature
  • 70 cc de Curaçao rojo
  • 70 cc de Chartreuse verde
  • Piña natural, en trozos (medio bote, por ejemplo), más su zumo
  • 1 limón en rodajas con piel
  • 1 manzana troceada, pelada
  • 1 platano a rodajitas, pelado
  • 1 melocotón maduro en trocitos, pelado
  • 3 cucharadas soperas de azúcar

Ésta sí que es fácil. Mirad esto:

Poner todos los ingredientes a macerar unas horas antes, excepto el cava. Quince minutos antes de servir, añadir el cava y unos cubos de hielo.

¡Nunca había escrito una receta tan corta!

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Así, todo el tiempo que nos hemos ahorrado lo podemos emplear en bailar, saltar olas, saltar hogueras, beber y pronunciar nuestros conjuros…

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¡Feliz solsticio de verano a todos!

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2 Comentarios

  1. Lección magistral la que acabo de recibir. Increíble poder aprender tanto en tan corto espacio, disfrutando de maravillosas fotografías, así que he decidido hacer un homenaje a esta mágica noche de cambio y me he asomado durante unos minutos a la terraza para disfrutar contemplando la serena noche, un cielo sin estrellas y con pequeñas nubes como de algodón gris, unas luces lejanas, donde el mar y el cielo paren unirse, de algún barco y silencio solo roto por el continuo ronroneo de las olas. Es como sentirse dueña y señora del universo que toda esa paz es sólo mía y para mi. Espero y pido que mañana cuando el sol luzca en su cenit con toda su majestuosa grandeza, me regale esparciendo sobre mi ese polvillo de luciérnaga.

    • Seguro que el espíritu del sol te va a regalar una buena ducha de polvillo de luciérnaga, porque eres una niña muuuy aplicada y eso a él le tiene que encantar.
      Yo siempre he pensado que ahí donde elegiste vivir, eres, en efecto, dueña y señora del universo. Eres my afortunada, pero también te lo has ganado a pulso. Has jugado una buena partida. Feliz inicio del verano, tiita. Que pases un magnífico día cuidando tus territorios! Un beso muy fuerte.

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