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Escrito por el Mar 2, 2017 en cocina de cosecha | 5 comentarios| etiquetas: acelgas, aguacate, canónigos, comida sencilla, ensaladas, espinacas, granadas, hinojo, huerta, invierno, naranjas, peras de invierno, sanguinas

ensalada de invierno

huerta, jardín, paraíso

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Hay quien dice que la belleza de la tierra que uno ha conocido y amado de pequeño moldea la forma de la propia imaginación.

Creo que no hay belleza tan imponente, tan conmovedora ni tan natural como la de la arquitectura cuando es orgánica.

Cuando nace de los ojos de alguien que ha mirado largamente la tierra.

Entonces las casas nacen de la tierra como nacen las flores, sorprendentes, misteriosas y espléndidas, acopladas a la tierra tal como la fantasía habita un cuerpo.

Así, el contorno de nuestra sensualidad y nuestra vida interior podría haber sido mágicamente insuflado por la belleza que hemos visto en la tierra de niños, en esa época en la que absorbíamos sus efluvios del mismo modo rendido y fervoroso que nos alimentábamos de la mirada de la madre.
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Quizá por eso se puede hablar del carácter de los pueblos y las tribus. Quizá la tierra y el sol son nuestros más definitivos agentes de erosión, aquellos que nos lamen y nos tallan hasta enfundarnos en la piel de lo que terminamos por ser.

Y sí, yo creo que en cada tierra hay una emoción de la belleza.
Una cifra que corresponde a esa emoción.
Una emoción primaria, que late muy por debajo de la piel de la cultura y de la reflexión intelectual.
Y quizá esa forma de la belleza engendra una condición anímica, espiritual*, que es durable y fundacional para cada uno.

Un clima interior.
Yo doy por hecho que he sido moldeada por la belleza de la huerta del Levante y por las emociones fuertes del bosque mediterráneo, tórrido, intenso y esencial.
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Vida de huerta. Barracas. Masías. Alquerías.

Se levantan en medio de una pañolada de campos de labranza como una mujer empoderada.
Blancas, amarillas, rosadas. Azules.
Con torres bordadas de tejas a las que subirse al atardecer para admirar el horizonte, para dejar que la vista reposada sobre el tapiz verde nos erice la piel.
Les llaman miramares.
Miramar, porque en toda la huerta de Levante si una mano te aúpa puedes ver el mar.
Mar azul y tierra verde: reinan palmeras, pinos piñoneros y naranjos. Acequias y pozos.
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Huertas que parecen paraísos. Húmedas de verdura y de la hierba tierna del arroz y la chufa, ensombradas de lentisco, baladre, emparrados y rosas.
Alquerías que ordenan la geometría que los campos segregan a su alrededor como un reloj de sol ordena las horas.

Tiempo de huerta, tiempo lento y largo medido por las horas de trabajo bajo el sol.
Muretes encalados sobre los que sentarse a descansar, bancadas vestidas de azulejos azules en las que refrescarse con el chorro de agua de un botijo de barro, claro y frío, o con el porrón de vidrio verde.
Bancales de flores. Mezclados con los calabacines, las acelgas y las habas, siempre hay un rincón reservado a las flores.

Casas frescas con suelos de barro donde la cocina gobierna, casas enjoyadas con la verdura y la fruta del campo que brilla detrás de los portones, casas majestuosas donde el único lujo es la belleza femenina que destila cada muro, cada remate, cada compuerta de acequia, cada modesto macizo de flor.
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Belleza de caleidoscopio cristalino, de carne sonrosada y fantasiosa, de contornos amables, que invita a la exuberancia y a un ensueño suave y voluptuoso, mullido pero sin peso, hecho de volutas de carne tersa, pulpa aromática, blandas melenas de mujer, pistilos de azahar y brillo de sol.

Así, quizá aquellas imágenes antiguas, imágenes seminales de la imaginación, conforman aún la forma caprichosa de mi placer de hoy, de mi felicidad de hoy.
Los macizos de baladre de un rosa encendido, el perfume alcohólico de los clavelitos de roca, la pila de granito que mi abuelo llenaba de varas de nardos para mi abuela en el mes de noviembre…

Las torrecitas levantadas con tejas esmaltadas, con esquinas blancas y rizadas y coronadas con piñas de esmalte rojo cobre o verde esmeralda…

Las verjas de rejería calada que abrían las huertas y jardines como puertas sagradas.

El rumor vivo del agua en las acequias.

La cenefa de bolillo verde que componía la sombra de los pinos en las baldosas de barro de color caldero de la terraza.

El brillo de perla del mar aquietado de la tarde, el reguero de chispas del mar repicado de sol por las mañanas.

El perfume de las ciruelas amarillas cogidas del árbol, de las naranjas peladas con los dedos, con las rodillas sumergidas en un lago de tréboles amarillos, mientras el zumo agridulce resbala a chorros por las comisuras de los labios.

La dulzura rotunda del tomate antiguo espolvoreado de sal en cada bocado.
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Belleza llena de curvas, de piel, de sabor, estallada de senso y de la seda lujosa que derrama el sol.

Una belleza corpórea, sanguínea, labrada con la delicadeza de los pliegues de un pétalo de rosa.

“De regreso, sin duda, en casa me esperará una ensalada de pimiento y berenjena con albahaca, un arroz con sabor a pescado y el fogonazo de una sandía contra la pared de cal. A la hora de la siesta, una brisa de yodo hinchará las cortinas de las estancias en penumbra y sobre el aparador estará el botijo de agua fresca, y un moscardón de oro zumbará fuera cabeceando a veces en el cristal. Al atardecer leeré algunas páginas paganas sentado en un blanco sillón de mimbre con un granizado de café en la mesa de mármol, y de esta forma esperaré a que lleguen las tinieblas del mediterráneo, y entonces me pondré a contar en el interior de mi propia alma estrellas errantes sin esperar nada más.”

 

Manuel VicentDel Café Gijón a Ítaca

Una belleza epicúrea que es casi una erótica del mundo y de la vida, y que se escribe con un abecedario botánico vivo: lechugas y tomates, naranjas y sanguinas, sandías, melones, judías verdes, habas, alcachofas, pimientos, berenjenas y calabacines, almendros, azahar, nardos, jazmín, rosas, gladiolos, claveles, geranios, galán de noche.

“Afortunadamente, durante unos años, aún era yo demasiado pequeño para estar en el comedor con las personas mayores y aquella cocina fue el lugar mágico en el que escuchaba unas conversaciones que hablaban de noviazgos y rupturas, de las tormentas de agosto y de la predicción para el otoño, de las dificultades de la convivencia, del dolor y la alegría de los sentimientos, del gozo de los sentidos, de la necesidad del respeto y la dignidad y del porqué de las formas, los colores y los olores y los sabores de los conejos y los caracoles, de las judías verdes y de las blancas, de los pimientos jugosos y de los otros secos, del maíz y la patata, de la cebolla y los diferentes ajos, de los garbanzos, de las nueces y las granadas, de las algarrobas y los limones, de toda clase de naranjas, mandarinas y sandías, brevas, higos y cerezas.

Guardo de aquella mesa, con sus legumbres, frutas y animales mostrados en todo su esplendor justo antes de ser transformados en comida, la imagen de un altar profano dedicado al goce de la vida, a la alegría de disfrutar y compartir.”

Alberto Corazón, El bodegón habla de otras cosas

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Amo esa belleza como amo muchas otras, quizá como cualquiera en la que he tenido tiempo para detenerme lo suficiente como para vivirla desde dentro.

Pero quizá de esta clase de belleza no me puedo separar.

Como no puede una separarse de la piel de la yema de sus propios dedos al tocar otra piel.

Esta belleza morena que combina la imaginación caprichosa de la flor rosada y el arabesco azul con las solventes cuadrículas del campo.

Hace muchos años que se la ve lanquidecer, a esta belleza de la huerta.

Acosada por el desarrollo, por la contaminación, por el desprecio por la agricultura, por la miserable orfandad de belleza de las comunidades invadidas por fábricas, como canta Sagarra.*
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Sin embargo… hay quien regresa al campo.

Campos abandonados que se cultivan otra vez.

Alquerías que se recuperan.

Nuevas pequeñas comunidades que aprecian el cultivo de la tierra, el ritmo del sol, el trabajo del campo, la artesanía, el nervio que nos une con la tierra.
Casas que vuelven a llenarse con el clima manso y dorado de la huerta, acequias descegadas por las que vuelve a correr el agua, algarabía de niños con regaderas en la mano.
Hombres y mujeres con las uñas llenas de barro que se emocionan con la misma clase de belleza que yo.

Llevan esa belleza en la sangre desde niños, la misma que me ha incubado a mí, y la liturgia sensual que ofician cada día, fuego de naranjo, paella, tomate, rosas en un vaso, lechuga con cebolleta, aceite y sal, tiene el empuje magnífico del agua en los glaciares.

No se la ve, no se la siente, pero termina horadando la piedra.

Una huerta es un mundo, un cosmos orbitando.
Dentro de los muritos de una huerta una puede aprender todo lo que resulta realmente valioso en la vida.

A esperar.
A mirar el cielo.
A contemplar la tierra.
A trabajar duro.
A tener confianza.
A leer el doblez o el cristal en los ojos del otro.
A rendirse al placer de la belleza.
A dejar para mañana el trabajo de mañana.
A emocionarse.
A dar gracias al atardecer.
A esperar otro día de sol, otra oportunidad de ser feliz dando a la tierra lo que necesita para florecer.

A distinguir lo que tiene valor de lo que es banal.

Y por eso me pregunto, cuando recorremos los pequeños, íntimos paisajes de los alrededores de la ciudad, donde la huerta sobrevive cercada, pisoteada por todas las falsas promesas de los nuevos ricos, y sin embargo respirando tranquila, defendiéndose con su simple presencia reverente, con la dignidad sin palabras inútiles de los que van perdiendo…
me pregunto por qué, por qué, por qué nosotros, nosotros que hemos tenido confianza y que hemos aprendido todo eso, por qué nosotros no habríamos de poder ganar esta larga batalla silenciosa…

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¿…Poca ventura, amic, en l’aventura
de ser-ne conseqüents i esperar l’eco…?*

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ensalada de huerta de invierno con sanguinas
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  • dos naranjas sanguinas
  • una naranja de mesa dulce
  • un puñado de canónigos
  • un bulbo de hinojo con un tallo de hojas
  • una granada
  • media cebolla roja y una cebolla tierna
  • brotes de espinaca y de acelga roja
  • un puñadito de rúcola
  • un trocito de repollo
  • un aguacate
  • una pera de invierno y una pera ercolina

{una vinagreta hecha con}

  • 3 cucharadas de aceite de oliva extra virgen
  • 1 cucharada de vinagre de manzana o de zumo de limón
  • 1 cucharada de miel, o de jarabe de arce o de aloe
  • 1 cucharada de salsa de soja
  • 1 cucharada de mostaza antigua

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Picar media cebolla roja y la cebolleta, muy finitas ambas. Preparar la vinagreta batiendo todo junto y dejar las cebollas a reposar dentro.

Pelar las naranjas al vivo y separar los gajos.
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.Pelar y cortar el aguacate y la pera.

Desgranar la granada.

Cortar unas laminitas de hinojo y desflecar unas hojitas, laminar el trocito de repollo muy fino.
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Lavar y centrifugar o secar bien las hojitas.
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Arreglar todo junto en un cuenco, al gusto de uno. Verter la vinagreta encima y mezclar.
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Y a disfrutar.

Feliz semana a todos.

Esta ensalada aún es de invierno pero algo en la frescura y el estallido de color ya nos anuncia que primavera está aquí, con toda su revolución feliz…
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*”Ella sabe que aquel paisaje es el de su marido, una condición anímica, una predisposición espiritual. Y se siente bien en él. Aunque sepa que en su paisaje de verano –el que se encierra en la infancia y permanece– hay palmeras, frutales, tierras de cultivo sembradas de almendros, acequias y huerto; casa con frescos en la logia, fotografías de grupo familiar, automóvil, grandes estanques y un pozo…”

Jose Carlos Llop, Solsticio

Silvia Pérez Cruz canta Cançó de suburbi con Toti Soler.

Cançó de suburbi, un poema de Josep Maria de Sagarra.

Para quienes no entendéis el catalán, aquí os dejo un modesto intento de verterlo al castellano para ayudaros a sentir la música del maravilloso poema original.

{Me gusta la huerta esmirriada
que languidece entre fábricas
y me place rodear mi vida
de este paisaje indiferente.

Y me gustan esos ratos de algarabía:
gente de ensalada y de merienda.
Una muchacha despechugada
y una canción que hace llorar.

Y el hombre humilde que levanta al aire
una frente valiente y un ojo esclavo,
y lleva la gorra y la alpargata
y el hatillo y el traje azul.

Aquí veo cómo el mundo se me muestra
frío y terrible como la muerte.
Y es tan mezquina y es tan pobre
la campanita de mi corazón!

Ellos huyen de la falsedad
pero en mi rostro no hay velo
y puedo mirar mi alma desnuda
sin rastro alguno de recelo.

Amo la huerta desolada;
el melocotonero abatido que se muere,
y la sardina plateada,
porrón de sangre, tomate de oro.

Voy siguiendo vuestra obstinación,
hombres extraños de buen comer,
que volveréis a la miseria
un poquito más felices!

Duren los males, duren las penas,
lágrima, rosa, perla y beso.
Dure este corazón y estas venas,
dure este ojo que no ve.

Vestido encendido que el gozo desgarra,
baila por mí! Hombre leal,
ven, fumemos nuestra pipa
sobre la hierba virginal.

Cuéntame las vivas maravillas
de tu trabajo, de tu afán.
Bajo la armonía de las estrellas,
fumemos, tranquilamente.}

(mil gracias a Jordi y Rafa por ayudarme a traducirlo).

*Poca ventura, amic, en l’aventura
de ser-ne conseqüents i esperar l’eco.

Así comienza la canción que Ovidi Montllor dedicó a su amigo Toti Soler, Què et sembla, Toti?

El camino del sol hacia el equinoccio de primavera

25 de noviembre de 2016. Mi terraza a las 7:25 de la mañana. Oficialmente, el sol salía a las 7:57 de la mañana.

28 de febrero de 2017. Mi terraza a las 7:20. Oficialmente, el sol había salido a las 7:34 de la mañana.

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5 Comentarios

  1. Hola Fernanda,

    la tierra. La vida.
    Hay que dejar que los niños salten en los charcos. Que se llenen de tierra; de vida.

    Cuando yo era crío había un lugar llamado “La huerta”. Un campo enorme; realmente enorme. Separaba varios pueblos de la zona.
    Recuerdo algún guardés dormitando bajo una pequeña lona. Me recuerdo llevándome un melón, aprovechando su sueño, aunque casi era más grande el melón que yo. En esa huerta también había una vaquería, donde iba con la bicicleta a por leche.

    Ahora sólo hay urbanizaciones entre esos pueblos. En lo que era “La huerta” que yo conocí de crío.

    Ensaladas. Llega esa época del año en que una ensalada suele (¿solía?) marcar un cambio de estación. El remojón granadino. Las últimas naranjas, con el bacalo cuaresmal.

    Besos.

    Jose

    • No me imagino a un Jose niño robando melones. Jajajaja. De verdad que no. A saber lo que se te había pasado por la cabeza.
      Yo nunca he ido a por leche fresca. Creo que me hubiera encantado tener ese recuerdo.

      ¿Sabes que yo no sabía lo que era el remojón granaíno y me lo descubriste tú las Pascuas pasadas? No te acordarás, pero yo sí: parece que lo nuestro ya viene de lejos 😉

      Muchos besos.

      • Uy, melones y tomates y berenjenas y, por supuesto, uvas… Huerta que me encontraba, huerta que probaba.

        Me encantaba ir a por la leche. Coger la bici, encaminarme a la huerta y allí en medio, a mitad de camino entre los pueblos, se encontraba la vaquería. Lo cierto es que me gustaba ir a por ella, luego ya lo de probarla era otra cosa. Me resultaba muy tremenda de sabor y olor cuando era pequeño.
        Hay un recuerdo que no tengo, pero sí me cuentan, y es que con dos años me escapé de la casa del pueblo de mi madre. Frente a ella había una vaquería. Y allí me encontraron, entre las vacas, y enganchado a unas ubres para no caerme.

        Recordaba haber hablado aquí del remojón, pero no recordaba cuando. ¿También enlacé a cuando escribí la receta http://unvinomas.wordpress.com/2010/04/04/a-noventa-y-nueve-canciones-del-mar/?

        Besos.

        Jose

        • ¿Tú tampoco llevas reloj? ¿Por qué no me extraña? Jajajajajajaja.

  2. Lo llevo, claro, ¡qué remedio! y lo cierto es que me gustan los relojes. Estéticamente quiero decir. Sin embargo, fuera de las obligaciones profesionales, no miro la hora. Miro alrededor. El cielo, las sombras y las sensaciones. Para mi no existe la hora de comer. Como si tengo hambre. No existe la hora de irme a la cama. Duermo si tengo sueño. Lo normal, ¿no? ^_^

    Besos.

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