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Escrito por el Abr 17, 2016 en cocina de cosecha | 8 comentarios| etiquetas: achicoria, brotes, endibias, ensaladas, hinojo, naranjas, postales, primavera, sanguinas

ensalada de naranja

postales

Esta semana Noël ha recibido una postal. Era una postal de su hermano, que había estado unos días en Madrid, y que volvió a casa antes de que llegara su postal. A Noël le hizo tanta ilusión que la colgó en la puerta de su armario.

Guardo una caja con postales que he ido llenando desde que era adolescente hasta hace pocos años. La mayoría son postales en blanco. Las compré impulsivamente, sin saber por qué. Hoy sé que encarnaban en esa forma redonda y perfecta que pueden hacerlo las imágenes inconexas, la historia sucesiva de todos mis placeres, mis descubrimientos, mis delirios. Todas las cosas que me han ido haciendo feliz año tras año.

Las postales escritas son ligeras y risueñas. Mis corresponsales tendían a ser menos apasionados que yo.

No guardo ninguna parecida a aquella que escribió Hewingway días antes de suicidarse donde le decía a un buen amigo, “En todo caso, lo hemos pasado en grande!”*

O aquella que escribió Freud a Binswanger, evidentemente preocupado: “¿Qué quiere hacer usted con el inconsciente? O mejor, ¿cómo pretende usted arreglárselas sin el inconsciente?”

O la que envió Jordi LLobet a su amigo Vila-Matas: “Por este pasillo de la casa de Zimmer deambulaba el pobre Hölderlin cuando perdió -dicen- la razón. De modo que ya puedes ir pensando en la posibilidad de mudarte a una casa con pasillo. Abrazos mil.”*

No. Las mías son postales triviales de amigos que viajaban en un momento en que el correo electrónico y el wasap eran inimaginables. Cuando el hecho de que la postal llegara a su destinatario después de tu regreso no era razón cabal para dejar de enviarla.

Postales que eran el equivalente a compartir una foto de ese paisaje nuevo que se tenía ante los ojos, incrustando un trocito de voz encima. Y que nos hacía parecer un poco menos domésticos y un poco más cosmopolitas, sofisticados, aventureros.

Las he guardado porque, como otros tantos objetos del pasado, para mí las postales funcionan como esas cajas antiguas que al abrirse liberan un payasito que se balancea sobre un muelle.
Aunque sea sólo por un instante, esa fragancia elusiva que liberan se mantiene flotando en el aire, como la sonrisa del payasito, balanceándose ante ti con benevolencia, y disipándose en hilillos de niebla después de unos segundos, imposible de retener.

Postales que son como boyas de cuyo cabo tirar para que te conduzca hasta la superficie; y aflorar con ese placentero escalofrío carnal en medio de aquellos paisajes, los de entonces.
Y quizás siendo un poco la que eras entonces.

Las postales son huellas. De criaturas que pertenecen a la imaginación. Huellas de lo que ya no existe.

“Poesía de la presencia. Una vez más, fugaces impresiones como ésta me remiten a ojos o nódulos de conexión entre el pasado y el presente, a focos interconectados de espacio/tiempo cuya topología quizá nunca entenderé, pero entre los cuales pueden viajar los denominados vivos y los denominados muertos y de ese modo encontrarse”.*

Poesía de la presencia y no de la ausencia, aunque trate de lo que ya se ha ido. Porque de lo que habla esa poética no es de la marcha sino del regreso, de la persistencia.
Presencia repentina de las cosas que fueron y ya no están: las postales demuestran, a través y a lo largo de su insólita poética, que aunque no estén siguen existiendo.

Las postales de Benicasim, de los años 60, traen fogonazos de playas vacías, pequeñas carreteras sin coches, gallardos pinos negros asomándose al mar, niños escarbando en la arena para sacar gruesas tellinas tornasoladas.

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Playa de Las Villas de Benicasim desde el Voramar.

Praderas de diente de león se extendían sobre la arena como alfombras de gruesa lana verde, en las que asomaban las umbelas de flores grandes como manitas de niño, corolas de delicados filamentos solares que la brisa hacía vibrar y que resplandecían como espolvoreadas con polvo de nácar.

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Playa de Las Villas de Benicasim. Postal nº 4549. 1960.

Las fantasiosas villas de veraneo acomodado, que parecían mansiones de cuento hada, alineadas tras hileras de palmeras que perfilaban carreteras por donde los coches circulaban despacio, como animales extravagantes.

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Paseo de Las Villas de Benicasim desde el Hotel Voramar. 1960. [Repositorio UJI].

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Noche de luna en el hotel Voramar. 1900. [Repositorio UJI].


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Las montañas tapizadas de mullida espesura verde, sin rastro humano aún.

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Ruinas del antiguo monasterio del Desierto de las Palmas, con la playa de Benicasim al fondo. Postal nº 7. Años 60.

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Algunos años después, adolescente, un abejorro azul cruzaba la terraza de Benicasim pulsando suavemente el silencio dorado de la mañana. Mi abuela lo miraba cabecear en el aire quieto y me decía, muy seria: nena, hoy recibirás correo.
Y yo sonreía y bajaba corriendo a preguntarle al portero si ya había llegado el cartero a repartir, porque recibir correo era uno de los rituales sagrados del verano, igual que lo era contestarlo en el lapso de tiempo adecuado o buscar esas postales que expresaban algo de lo que tú querías decir cuando eras tú la que estabas de viaje, fuera de tus dominios habituales.
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Las postales de Sevilla, de los 80, me conducen de nuevo hasta largas tardes de primavera, como la de hoy. Anaranjadas, ajedrezadas de un sol de color miel clara, tardes verdes y azules, cielos resplandecientes, nubes blanquísimas restallando en el sol de las seis, naranjos licuando su sombra móvil en las aceras tibias, la ruta por calles umbrosas punteadas de macetas de geranios de flores prietas como puños y de claveles reventones, hasta llegar al convento de San Leandro, a por yemas, y al de Santa Paula, a por mermeladas.

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Barrio de Santa Cruz. Sevilla. Postales Triángulo, nº 22. 1988.

El olor del aire en los patios de convento de clausura, a espaldas del torno; aire musgoso y recogido como una mata de silencio.

El frescor de las paredes encaladas y cubiertas de hiedra del Callejón del agua, con su pozo.
El porte de las casas blancas y almagre, noble, sobrio, restallante de fuerza vital, que dejaba traslucir misteriosamente la sensualidad que vivía dentro.
Dentro, a cubierto de la mirada ajena: los patios porticados recogidos como secretos, como tesoros. Íntimos, cubiertos de azulejos azul cobalto, llenos de macetas bien cuidadas, refrescados por hilos de agua corriendo -fuentes, estanques, acequias interiores.
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Las postales de Suiza y del Tirol, de los 70, me devuelven a las praderas de hierba crujiente centelleando al sol de la primera tarde, coloreadas de flores silvestres, como en las ilustraciones de mis libros de Heidi: ranúnculos dorados, genciana de color púrpura, campánulas azules, silene rosado, linaria malva con botones de un naranja encendido, crocos amarillos y violetas, nomeolvides azul celeste, y una sola vez, blanca y aterciopelada, con piel de animalito, un edelweiss, la estrella de los Alpes.

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Haus Knutti. Därsletten im Simmental. 1978.

A camas de madera oscura con edredones blancos impolutos, cortinas de vichy a cuadritos rojos, alfombras de tiras de algodón a los pies de la cocina y una jarra de flores silvestres encima de la mesa. Escaleras de madera recia y buena que crujían y olían a cera. Ventanas con postigos.

El olor de las nubes al descender sobre el pueblo antes de anochecer.

El olor a tierra negra mojada, el olor a pasto y el olor cálido de las vacas.
El olor a manzana del champú que usaba en la ducha. Una camisa de algodón rosa y un vaquero gris. La larga melena sin flequillo que llevaba sin entonces.

Las preciosas casas de madera con balcones torneados como filigranas, tan hermosos que emocionaban, florecidos de una espesa mata de geranios rojos.
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He guardado postales de mis hermanos que ahora me traen las direcciones de las diferentes casas en las que he vivido; si no fuera por ellas creo que las habría olvidado. Y me traen también una relación tierna y fresca, libre de todo el peso de lo que nos ha pasado por encima después estos treinta años.

postal Jose

Me imagino aquellas postales colgadas con imanes en la puerta de aquella nevera de hace 30 años.
La luz del sol clareando esa cocina; begonias en el alféizar que da al norte.
Cuál era la luz que prendía primero al caer la tarde en aquella casa.

Y una postal de mi abuela Lola. La abuela murió hace tantos años, hace tantos años que todo lo suyo se ha vuelto inmaterial, que esta postal por unos instantes la vuelve a colocar delante de mí. Con su cuerpo rotundo y sus preciosos ojos grises. “La vida hay que cogerla como viene.” Tal como hizo ella. Cómo me conmueve esa frase, y qué pena me da ahora no haber dedicado más tiempo a escucharla.

postal Lola

Quizá los amantes de las postales lo somos porque sentimos que podríamos describir toda nuestra vida como una larga sucesión de imágenes fijadas, postales que nadie ha impreso nunca, fotografiadas con la electricidad que fluye dentro de nosotros.

Yo, que siempre he disfrutado escribiendo cartas, y que cuando era adolescente mantenía correspondencia por carta con amigos que vivían en mi misma ciudad, ahora que sólo escribo emails (aunque es verdad que aún mantengo esa clase de correspondencia, ya sin papel por en medio, qué lástima), cuando por alguna casualidad recibo una carta con un bonito sello timbrado, recorto el sello, lo cojo en el cuenco de la mano y me lo quedo mirando como si fuera una majestuosa criatura de otra época.
La cifra de otro mundo. Un mundo increíblemente más pausado.

Un mundo donde comprábamos postales, íbamos a la oficina de correos, comprábamos un sello esperando tener suerte y que fuera bonito y las echábamos a la boca de un buzón, atravesados por un delicioso hormigueo de excitación.

¿Cómo puede el mundo haberse acelerado tanto en sólo cuarenta años, y haber echado a perder tantos placeres cuyo vigor radicaba en su cocción a fuego a lento?

Pienso a menudo que la velocidad y la superabundancia de mensajes lo trivializa todo. ¿Quién guardaría wasaps como yo he guardado esas postales?

Pese a esos pensamientos quizá algo sombríos, sé que mis hijos encontrarán también, en este mundo que amenanaza con descarnalizarse, su propio catálogo de huellas.
Porque creo que es valioso encontrarlas, esas huellas.
Son como la sombra de uno. La sombra te recuerda que no eres un fantasma (si es que un día te entran dudas sobre ese particular).
Y las huellas te recuerdan la longitud de tu propia vida.
Te hacen sentirte agradecido.
Son sólidas como malecones.
Te reconcilian con la futilidad de la vida.

Porque las huellas no pertenecen al tiempo de las cosas.
Son cómplices del tiempo, del otro tiempo. El tiempo largo. Ese con el que se mide todo y que no es sólo nuestro.

El tiempo las respeta.

Duran, duran… Mucho más que nosotros.

Y también nosotros, vagando dentro de esa topología volátil de la que hablaba Vila-Matas, duramos con ellas.

ensalada de naranja

  • naranjas dulces y naranjas sanguinas
  • un bulbo de hinojo y algunas hojitas de sus tallos verdes
  • una achicoria pequeña o una endibia roja
  • brotes de remolocha o de rabanitos
  • una remolacha cocida
  • brotes de alfalfa
  • una endibia blanca
  • berros
  • unas flores de lavanda fresca, si se tienen a mano
{para la vinagreta}
  • aceite de oliva virgen extra, afrutado
  • vinagre balsámico o vinagre blanco de manzana
  • jarabe de arce o miel
  • salsa de soja
  • podemos añadir semillitas de sésamo negro, de lino y de chía, lucidas y muy beneficiosas

Ya veis en las fotos que esta ensalada no requiere más explicación.

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Cortamos las naranjas al vivo y troceamos la achicoria y las endibias. Laminamos el hinojo y cortamos unas hojitas de su tallos.

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Y la he montado así: las naranjas dulces combinadas con los brotes de alfalfa, la endibia blanca y los berros, láminas del bulbo de hinojo y hojitas de hinojo.

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Y las sanguinas con la remolacha cocida, la achicoria o la endibia roja y los brotes que hayamos encontrado, bien de rebanitos bien de remolacha, y unos pétalos de lavanda de la maceta que tenemos en la terraza reventada de flor, para felicidad de las abejas del barrio.
Los brotes de remolacha son preciosos, de color granate brillante, muy finos, como estambres, y con un profundo sabor a remolacha.

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No son fáciles de encontrar, sin embargo, y suelen cultivarse sólo en el invierno, porque son muy sensibles al calor. Los de rabanito pican un poco y tienen ese bonito color rosado intenso en sus tallitos que combina precioso con la achicoria.

Pero igual de apetecible estará si lo mezclas de otra manera o sencillamente lo pasas todo a un cuenco, troceadito.
Eso ya es cosa de gustos.

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Preparamos la vinagreta batiendo juntos bien con un tenedor todos los ingredientes hasta que la textura cambie y se convierta en una emulsión (también se hace muy bien juntándolo todo en una tarrito de cristal con tapa o en un biberón y agitándolo con ganas).

Rociamos la vinagreta sobre la ensalada, o la sacamos a la mesa para que cada cual haga según le pida el cuerpo.

Y listo.

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Una bonita manera de ir despidiéndose de las buenas naranjas, que se acaban al mismo tiempo que el frío se aleja de nosotros…
Feliz semana a todos!

*Geografía postal: las postales de las familias García Lorca y De los Ríos. Selección de Martin Parr y texto de Enrique Vila-Matas. Fundación Federico García Lorca, 2010.
*Los grandes placeres. Giuseppe Scaraffia. Periférica, 2015.

p.d.: me acabo de encontrar con mi amigo Cristóbal en la fuentecita de agua filtrada donde hacemos cola por las mañanas para llenar nuestras botellas, tal cual si estuviéramos en el pueblo, solo que a las 7:30 de la mañana y con botellas recicladas de Solán de Cabras y Lanjarón en mano en vez de garrafitas de cristal forradas de mimbre.

Me ha contado que en el pueblo de su madre, véase Campillos (Málaga), preparan una ensalada de naranja que va con naranja ;), cebolla, atún, huevo duro y aceite de oliva, y que está espectacular. Animaros y probad ésta también, que la primavera la sangre altera y para ese trabajo hace falta mucha vitamina C!

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8 Comentarios

  1. Ay Fernanda la carne de gallina se me pone! Cuántos recuerdos me han venido a la mente, de veranos, cartas…Tienes toda la razón, yo lo pienso muchas veces, cada vez estamos más cerca pero más lejos. Ayer de hecho pensé, he hablado por whastapp con unas amigas, por mensaje de facebook con otras, pero no he hablado con nadie ni he visto a nadie…qué tristeza (En realidad no siempre es así, pero me da rabia que nos acomodamos y lo bonito que es verse o llamarse al menos…).
    La ensalada una ricura!
    Y la frase de tu abuela brutal! qué linda!
    Muchos besos y buena semana

    • Mi querida Ana! Qué bien que eso del wasap no me pase a mí sola 🙂 Desde luego es un invento que tiene muchísimas cosas chulas, pero es verdad que nos arriesgamos, con ese y otros, a ir perdiendo la piel del mundo. Y no nos damos cuenta de que nosotros somos sobre todo piel, y necesitamos esa piel para estar bien. En fin, me imagino que volverse sensatos de verdad lleva su tiempo! Que tengas un día estupendo, que lo disfrutes mucho. Aquí ha salido un bonito día nublado. Un beso fuerte!

  2. ……”poesía de presencia y no de ausencia”……. Qué belleza y profundidad de pensamiento.

    He leído lentamente y emoción tras emoción llegue al final. Maravillosa descripción de sentimientos, sensaciones, vivencias. Siempre llegas a lo profundo y siempre asombras. Eres inmensa.

    Yo tambien guarde las postales, tengo un montón de ellas en una caja. Nunca les di la importancia y el valor que hoy han adquirido. Es asombroso, con la gran diferencia de años y que cerca hemos vivido muy poco, que coincidamos en tantas cosas.

    Las sacare de su pequeño rincón y mirándolas, tocándolas recuperare como tú dices….” La huellas cómplices del tiempo, del otro tiempo”…..
    Un cálido abrazo. Tia Elisa

    • Gracias tía. Es asombroso, pero no inesperado. Ciertas cosas buenas se heredan de la mejor de las maneras ¿no te parece? Un abrazo fuertísimo.

  3. Fernanda, qué narración más sublime. Cómo ha disfrutado mi alma. Gracias.
    Un abrazo.

    • Querida Elisabeth, muchas gracias. Siempre da muchísima alegría que te trasnmitan esa clase de conexión. Da alegría y mucho calorcito. Gracias de nuevo. Que pases un bonito día lluvioso! Un beso!

  4. Hola Fernanda,
    siempre que leo, o veo, ensalada de naranja pienso en el remojón granaíno. Con las últimas naranjas y los primeros bacalaos cuaresmales; y el primer sol que empieza a templarnos.

    Saludos,

    Jose

    • Hola Jose! He buscado la receta en la que pensaste, porque no la conocía. Y mira, ayer vi en Canal Cocina una receta de otra ensalada de naranja con hinojo, clementina y granada, y me hizo pensar en ti. Que pases un buen día de lluvia, si es que te visita… aquí si llueve, desde ayer, y parece que va para largo. Hemos tenido un invierno tan seco que viene como una bendición. Un abrazo.

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