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Escrito por el Mar 25, 2018 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: canela, cardamomo, clavo, efervescencia, estaciones, luz, luz meridional, marzo, membrillos, pistachos, primavera

membrillos confitados

 · luz de marzo ·

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Luz de marzo.

La primera luz de la primavera.

Ese día en que miras la luz que entra por la ventana que da al oeste y sabes que es luz de primavera.

Esa luz de oro frío del mes de marzo.

Lleva detrás los chubascos de Pascua, los cielos arrebolados de rojo y violeta en los atardeceres con viento de poniente, la luz rosada y melosa de los atardeceres con viento de levante, la luz de color almíbar volviendo nacarada el agua del mediterráneo, aún limpia y helada, al caer la tarde.

La humedad gélida de las noches de jersey gordo y manta, noches negras y rasas con estrellas parpadeando como escamas de escarcha.

Cada semana pongo flores sobre la mesa o en la repisa de la ventana que da al oeste, porque la luz perlada de la sobremesa de marzo las inviste de una hiperrealidad exquisita. Concentra su belleza y la vuelve esencial y majestuosa. Las convierte en un haiku.

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Cuando era muy joven, mi ritual de marzo eran las freesias amarillas. Poesía y freesias amarillas.

“Te traere de las montañas flores alegres, copihues, cestas silvestres de besos / quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos…”

“Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?”

“La isla relucía al sol como un puñado de flores amarillas…”

La primera borrachera de la primavera.

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Después vendrían muchas más, porque las borracheras eran mi ocupación preferida de la primavera; de luz de sol, de flores, de perfume, de conversaciones, de historias nuevas, de poesía, de la ebullición del mundo.

Pero la primera era la de las freesias, y me pasaba las tardes estudiando y dibujando en una mesa que el sol lamía con lengua de perro bueno, aspirando el alcohol fuerte y arrobador de dos manojos de freesias amarillas acomodadas en esa jarra de loza blanca con tres florecitas pintadas a mano, una pieza antigua, sencilla y hermosísima.

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.¿De qué color es la luz de marzo? Definir el color de la luz, quién supiera hacer eso.

Lawrence Durrell decía que las islas griegas estaban recorridas por una luz de un blanco ultravioleta, una luz como debía ser la del ojo de Dios.

Yo leo eso y reconozco la cualidad de la luz de la que habla, esa luz destellante que te ciega, luz de un blanco puro que lleva dentro de sí una vibración azul violácea, cobalto ultramarino.

¿De qué color es la luz de marzo?

De un blanco blando que lleva dentro olas de polvo dorado.

De color madreperla.

Por la tarde, del color de las rosas de té, del rosa talco de los alhelíes y de los gladiolos.

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Si no fuera luz, la luz de marzo bien podría ser el resplandor aterciopelado de la piel de una muchacha. Una muchacha muy joven y muy enamorada.

A veces me gustaría volver a tener 25 años, para sentir la invasión de esa efervescencia familiar que encendía en mí la luz de marzo.

El manojo apretujado de deseo, exaltación y goce sensual que prendía en mí la luz de marzo. Aquella infusión de locura dulcísima.

Tardes vibrantes de marzo, gloriosas como borlas de sol sobre las manos, espero no olvidaros nunca.

Sed de nuevo bienvenidas.

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“Te traere de las montañas flores alegres, copihues, avellanas oscuras y cestas silvestres de besos / quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos…”

“Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?”

Pablo Neruda
, Poema XIV, 20 poemas de amor y una canción desesperada

“La isla relucía al sol como un puñado de flores amarillas…”

Albert Camus

” …en la profundidad de la luz hay oscuridad, pero es tal que emite vibraciones violeta, una vibración magnética, ultravioleta, incansable, que confiere a los objetos materiales una especie de piel brillante formada de luz blanca, que une lo próximo con lo lejano y baña los objetos más simples en una halo de luciérnaga celestial. Es el ojo desnudo de Dios, por así decirlo, que le ciega a uno. ”

Las islas griegas. Lawrence Durrell. Ediciones del Serbal, 1983.

 

 · membrillos confitados ·

 · para cuatro raciones · temperatura del horno: 150º · estado de ánimo: cosquilleante ·

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  • 4 membrillos 
  • 475 gr de agua
  • 150 gr de azúcar (blanco o integral)
  • 1 vaina de vainilla o una cucharadita de pasta de vainilla
  • 2 ramitas de canela
  • 10 clavos
  • 3 vainas de cardamomo, abiertas y machacadas
  • la corteza de una naranja rallada
  • el zumo de medio limón 
  • queso ricotta, queso crema, requesón o yogur griego para coronarlos, si se quiere
  • 2 cucharadas de una miel perfumada y suave para el queso
  • un pellizco de canela
  • pistachos pelados, picados gruesos y tostados para poner encima del queso

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Aquí en mi tierra, aunque es territorio de membrillos, hay poca costumbre de cocinar con ellos.

Te los encuentras silvestres en los campos y en muchas riberas de sendero,  y rara es la parcela rural que no tiene uno, pero la única receta mayor aquí es la de la carne de membrillo, un básico de la cocina dulce española que aún se prepara artesanalmente en muchas casas en las que queda quien cocina de firme. 

No tenemos el gusto ni la afición de utilizarlo en asados, ensaladas, mermeladas o confitados, como esta receta de hoy.

El membrillo es un fruto difícil, rebelde. Un fruto duro, amargo y astringente, aunque fragante, que resulta poco amable para morder a pie de árbol, así que nuestra relación con él es una historia de experimentación y conocimiento. Una domesticación lenta, concienzuda y amorosa. Y quizá fue precisamente su perfume lo que convenció al hombre de que había que ser un poco mimoso con él.

En el árbol comienza velludo y aterciopelado como los melocotones.

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Y después se parece cada vez más a una manzana o a las peras de invierno, irregulares, potentes y doradas.

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Un gran desconocido en muchas mesas, puede ser el nuevo y agradecido huésped de tu cocina cada invierno.

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La receta es sencillísima, y llena la casa de un perfume floral extraordinario.

Precalentar el horno a 150º.

 

Preparar el sirope que vamos a verter sobre los membrillos en la bandeja del horno: mezclar el agua con el azúcar, las especias, el zumo de limón y la cáscara de naranja y llevar a ebullición.

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Lavar los membrillos, partirlos por la mitad a lo largo y eliminar el corazón con un cuchillo afilado.

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Colocarlos en una fuente de horno y verter el sirope caliente sobre ellos.

Meter la fuente al horno, durante dos horas.

Cada veinte minutos ir bañando los membrillos con el sirope.

Un par de veces durante la cocción darles la vuelta para que se vayan horneando de modo uniforme, terminando con los membrillos hacia arriba.

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Y mirad que aspecto tan maravilloso.

La carne de los membrillos, acidulada, crujiente y dura, se ha transformado en una pulpa suave y jugosa, de un extraordinario coral anaranjado, dulce y perfumada, y el sirope en un almíbar espeso y ambarino.

Colocar los membrillos en una fuente de servir, rociar con el almíbar, coronar con una cucharada del queso o yogur elegido batido con la miel y una lluvia de pistachos.

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Un plato sensual que despierta el apetito más primaveral y convoca en la imaginación mundos de leyenda.

Opulento en su simplicidad, me parece una invitación perfecta para celebrar el final del invierno invocando a la fantasía y al gozo sensorial, las esencias mágicas de la primavera.

Esta receta viene del blog Viktoria’s Table.

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2 Comentarios

  1. Maravillosa receta

    • Guapaaaaaaaa!!! Sumaaac!!

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