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Escrito por el Feb 5, 2013 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: alubias blancas, invierno, nieve, ollas, potajes

olleta de La Plana

cuando Dios era un conejo (blanco)

Hace ya mucho tiempo, pero aún me acuerdo muy bien de todo aquello.

Aquellos días eran los días en que Dios era muchas cosas diferentes. Muchas. Y a mí, una de las que más me gustaba, era cuando se volvía conejo.

Cuando Dios era un conejo, los días eran mucho más largos que las noches. Algunos minutos podían durar horas y también las horas podían durar minutos.

Nosotros, los niños, teníamos los ojos grandes, muy grandes, mucho más grandes que ahora, porque los necesitábamos para tanto como había que mirar.

Y es que no era nada sencillo tener bien vistas todas aquellas cosas que peleaban cada día por entrar dentro de los ojos; se apelotonaban en la entrada y una tenía que andar poniéndolas en fila para que cupieran sin apretujarse por la puerta de los ojos, como las seños hacían con nosotras en el cole.

Y luego estaba lo de los días blancos.

Porque a veces Dios no era un conejo normal, gris y mofletudo; era un conejo blanco.

Y esos días, los días en que Dios estaba juguetón, nevaba. Nevaba muchísimo.

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A Dios le entraba a días el capricho de volver el mundo de su mismo color.

Así podía esconderse en cualquier sitio sin ni siquiera tener que pensar dónde.

Porque había trillones de sitios donde un conejito blanco podía esconderse bajo una capa de nieve gorda como tres edredones juntos.

Esos días del gran conejo blanco, cuando nos despertábamos, los cuartos estaban fríos, como si hubieran lavado el aire con agua helada y se lo hubieran dejado a medio secar.

Los cristales de las ventanas estaban empañados por dentro y cubiertos de escarcha por fuera, y en los repechos de las ventanas, bajo el alero de pizarra, a menudo había un pajarito esperando a cubierto a que dejara de nevar.

Toda la casa crujía, no hacía falta ni andar sobre el suelo de madera oscura para oír los crujidos; la pequeña casita crujía de frío mientras la nieve le caía en la cabeza con un ruido de pisadas de bebé…

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Para desayunar había pan tostado con rizos de mantequilla y mermelada de naranja en cucharones, y chocolate espeso y caliente.

Había que ponerse las botas de pelo de foca y calcetines muy gordos y camisetas suaves que parecían hechas con algodón dulce.

Manteca de cacao en los morritos y Nivea en la nariz.

Y un gorro de lana con pompón.

Y al salir afuera soplábamos humo blanco por la boca como las chimeneas y los dragones, las mejillas se nos ponían rojas como manzanas y el aire olía como un frasco de perfume recién abierto.

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A la hora de la comida había alubias calientes con arroz, y de postre leche frita con miel.

Cómo me gustaban, sí.

Eran buenos de verdad, aquellos días en que Dios era un conejo blanco.

Qué distinta es la vivencia del invierno en los pueblos donde nieva de aquellos otros donde sólo llueve.

La nieve tiene algo de fenómeno mágico y extraordinario, aunque sólo sea cuando llega, antes de que los paisanos se cansen de las dificultades prácticas de convivir con ella, porque es cierto que como huésped de larga duración las grandes nevadas resultan un poco engorrosas.

Me encanta la nieve.

Sobre todo me encanta ese momento de silencio majestuoso que se abre en el campo justo antes de que empiece a nevar.

Se abre como se abriría una puerta pesada en el cielo, sobre ese el cielo gris, mullido y cerrado, lentamente; dejándose sentir.

Los primeros copos desencadenan un cambio palpable en la luz.
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El olor del aire cambia, y suavemente ese silencio extraño y quieto comienza a descender sobre las cosas.

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Mientras, bandadas de copos que aún no pesan bajan volando, cimbreándose en el aire como blancas maripositas retozonas, extendiendo sobre el suelo una aguada de acuarela pálida.

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Pronto los copos serán gruesos y caerán con una música de pisada de pájaro.

Pronto habrá una esponjosa colcha blanca alrededor de mis pies que cubrirá mis botas y andaré sobre un crujir de arena helada.

El sonido del mundo se amortigua envuelto en la música de la nieve, y la noria diaria se enlentece al ritmo de los copos.

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Es fácil ver la nieve cada año con el mismo ánimo arrobado de la primera vez.

Esa capacidad de subyugar es un don que la nieve comparte con el fuego.

Cuando empieza a nevar, nos quedamos quietos y admiramos el espectáculo con ojos de chaval.

Durante un rato volvemos a tener los ojos grandes, tan grandes como niños.

Bajo esa mirada reverente aparecen los cristales de encaje helado, los bordados de la escarcha en las ventanas, los líquenes adornados de perlas blancas, los dibujos oníricos del agua de los arroyos corriendo bajo capas translúcidas de hielo.

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Toda esa acompasada música de besos en sordina nos ha transformado, nos ha llenado los oídos de algodón.

Hace mucho frío, los paisanos ceban sus chimeneas, que arden y crepitan como fiestas domésticas.

Después de la epifanía de la nieve, entrar en una fonda caldeada para comer produce una alegría física.

Contra el frío nevero, cocina con buenos dobladillos.

>Así que hoy, un plato para celebrar los hermosos días invernales del gran conejo blanco.

Un plato que cocinaba mi abuela cada año en el pleno invierno: olleta de La Plana.<

olleta de La Plana

{para cuatro-seis personas}
  • 150 gr de judías verdes finas (tipo bobby)
  • 2 nabos blancos
  • 1 calabaza pequeña
  • 2 manojos de espinacas
  • 300 gr de carne de aguja o de garrete de ternera
  • tomate rallado
  • pimentón dulce
  • 2 botes grandes de alubias blancas cocidas de buena calidad
  • 1 litro y medio-dos litros de caldo vegetal
  • 200 gr de arroz
  • 2 cebollas
  • 4 dientes de ajo enteros y con piel

Primero preparamos toda la verdura: la pelamos y la cortamos en cubitos, lavamos bien las espinacas y nos lo dejamos todo listo.

En casa. Olleta

Picamos finamente la cebolla y la sofreímos junto a los dientes de ajo.

Cuando esté tierna y transparente, añadimos las espinacas y damos unas vueltas, hasta que bajen su volumen y cambien de color. Añadimos el pimentón dulce, damos una vuelta para que se sofría sin quemarse, añadimos el tomate natural rallado, sofreímos unos minutos.

En casa. Olleta

En casa. Olleta

Añadimos la calabaza, el nabo blanco y las judías verdes, damos unas vueltas.

En casa. Olleta

Añadimos aproximadamente litro y medio de caldo, reservando el resto, pero nos dejamos guiar por nuestra intuición en cuanto a la cantidad final.

Añadimos la carne en trozo medianos. Dejamos cocer una media hora. Añadimos las judías blancas lavadas, y dejamos que el caldo levante el hervor de nuevo.

En casa. Olleta

En casa. Olleta

Añadimos el arroz. Comprobamos si necesitamos más caldo para que el arroz pueda esponjarse a gusto.

Dejamos cocer de quince a veinte minutos, hasta que el arroz esté en su punto.

Sacamos la carne, que estará melosa y suelta, y la desmigamos en trozos pequeños.

La añadimos de nuevo.

Si nos parece que la olleta queda demasiado cremosa, añadir un par de cucharones más de caldo hasta que obtengamos la textura que más nos gusta.

Probar el punto de sazón. La calabaza hace que el plato tenga un matiz de fondo dulce y aterciopelado. Si preferimos un punto de sabor más contrastado, le pondremos un poquito más de sal, siempre muy poco a poco.

Y listo! Aquí tenéis un puchero de esos que resucitan a los muertos.

Corriendo a la mesa con el plato bien calentito…

En casa. Olleta

Un plato de Olleta entre pecho y espalda, un vaso de buen vino, una chimenea encendida, y ala, a dejarla caer!

Feliz semana a todos!

*el título de la entrada es el de una novela de aparición reciente: Cuando Dios era un conejo, de Sarah Winman, Ediciones B.

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2 Comentarios

  1. ME GUSTA, ME GUSTA MUCHO¡¡, MIENTRAS LO LEIA, RECORDABA VIVENCIAS DE NIÑA EN EL PUEBLO, ANTES AQUI NEVABA MAS O QUIZAS ME LO PARECE A MI, LOS NIÑOS VIVIAMOS MAS TIEMPO EN LA CALLE EN VERANO E INVIERNO. LA NIEVE …ESE OLOR A NIEVE. AUN RECUERDO COMO OLIA LA NIEVE, SI, A MI ME OLIA LA NIEVE.

    EL PAISAJE Y TU COMENTARIO JUNTO A LA COMIDITA CALENTINA, RICA, SABROSA,QUE NOS OFRECES HOY,ME LLEVO A ESOS TIEMPOS , LLEGAR A CASA DE LA ESCUELA Y COMER UN POTAJE CALIENTE HUMEANDO, COMO EL VAHO QUE SALIDA DE NUESTRA BOCA, POR REGRESAR CORRIENDO A CASA.¡
    pilar

    • Me encanta y me asombra ver cómo tantos amigos tenemos esos recuerdos tan parecidos siendo tan pequeños… Creo que los recuerdos hablan mucho de lo que de verdad es importante al final para nosotros, y por eso me impacta ver cuánto coincidimos en esto de la experiencia de la nieve… Mil gracias por ese recuerdo Pilar. Qué bonito. Que tengas un buen día!

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