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Escrito por el Feb 11, 2015 en cocina de cosecha | 4 comentarios| etiquetas: almendras, cebolla, cocina tradicional, despedidas, empanadas, merxe escrig, pollo

pastela marroquí

despedidas y no-despedidas

Guardo cama dos fines de semana seguidos: veo mucho cine, leo más de lo normal.

Veo una película francesa, “Antes del frío invierno”. Uno de los protagonistas es neurocirujano y va a operar de un tumor cerebral a una mujer. La mujer no tiene familia. El día antes de la operación le dice al médico que quisiera contarle algo, y le cuenta la historia de sus padres y sus hermanos, muertos durante la ocupación nazi.

Desgrana sus nombres, uno detrás de otro, como una letanía. Cuando termina le dice que nunca le ha contado eso a nadie, y que tiene miedo de que si ella mañana muere, nadie pueda recordar nunca más sus nombres.

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Leo un libro de Yasmina Reza, un libro que habla mucho de su padre muerto, de otros amigos muertos, de la vejez, del paso del tiempo, de la desaparición de la vida en el tiempo, y que habla de todo eso con una lucidez desgarradora que no es propia de la edad que ella aún tiene…

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En otro libro que estoy leyendo James Salter escribe esta frase antes de que la novela comience: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”.

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Un amigo muy querido me dice uno de estos días mientras tomamos un café que le impresiona la forma en que mi padre está presente en lo que escribo, me dice sonriendo que sin conocerlo apenas, lo ha visto tanto a través de mis fotos y de mis historias en todas las épocas de su vida que es casi como si lo conociera…

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Como si todas esas pequeñas piezas estuvieran imantadas y hubieran ido atrayéndose unas a otras hasta juntarse, comienzo a percibir un dibujo translúcido que da sentido a lo que siento estos días.

En casa

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He estado releyendo la correspondencia con mi amiga Merxe, estos últimos seis años de correos a distancia.
Leo y sonrío; son correos llenos de una vida fuerte y sápida, pespunteada de ilusiones cotidianas.
Si hay algo que no tienen es una pizca de rutina, de queja, de aburrimiento.
Están repletos de emociones, de alegrías, de regalos, de planes de futuro cercano. Contagian una sensación como de verano feliz. Merxe tenía eso, era un poco como el espíritu del verano feliz.

Los leo y sencillamente no me hago a la idea de que esa voz poderosa y llena de pasión por cada cosa pequeña no está ya, no esta aquí ya.
Los leo y la oigo pronunciar lo que ha escrito, con su vocecita cantarina, hecha de complicidades y de cascabeleos.
Es algo a lo que sencillamente no consigo acostumbrarme.
O quizá sería más exacto decir que me resisto a acostumbrarme.
No quiero acostumbrarme a eso.

Virgen de la Vega

Y estos días, mientras buscaba fotos antiguas y releía todos esos recuerdos, me he dado cuenta de que no es nada malo sentir eso; de que es mejor así.
Que es más real sentir que no es posible acostumbrarse, y dejar que siga existiendo para mí.
Como si no hubiera pasado nada. Como si sólo estuviera un poco más lejos.
Como dice Salter, “todo es un sueño”… Esto también…
Así que aunque no esté, sí está, y he decidido que está muy bien así.

Decía el poeta serbio Vasko Popa que los poetas escriben porque no desean morir.
No desean morir, y no desean ver morir a los seres humanos que los rodean.
Convierten el mundo en un poema para rescatarlo en ese poema.

Y me digo a mí misma que sí, que por eso el hombre ha contado historias desde siempre.
Para pelear contra la muerte. Contra la desaparición. Contra la nada.
Contamos nuestra historia y la de los nuestros para preservarla.
Y también la de quienes no fueron nuestros pero nos han tocado, se han cruzado con nosotros, nos han hecho levantar los ojos.

Toscana. San Gimignano.

Ésa es la verdadera razón, la más profunda.
Como la mujer que recitaba los nombres de sus queridos, dejándolos caer sobre la memoria de su médico como quien encomienda un secreto a un amigo.
Para que lo proteja. Para que al protegerlo con su memoria, lo mantenga vivo.

Esparcimos nuestros recuerdos más queridos, soplamos sobre ellos como sobre esas semillas que vuelan en otoño colgadas de borlas de pelusa.
Para darles un sendero de vida más allá de nosotros, un camino que nos sobreviva a nosotros mismos.
Escribimos para que las cosas que hemos amado no se acaben nunca.

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Hay un poema muy hermoso de Salazar Bondy que dice: “…esto es lo que celebro de la amistad, lo que brilla en mi persona si alguien me llama por mi nombre.”

El nombre, ese símbolo que encierra todo el universo de lo que uno ha sido.
La emoción de pronunciar un nombre amado, un acto cotidiano que en los momentos trascendentes de nuestra vida podemos percibir con toda su explosiva carga de conjuro.

Pronunciamos un nombre amado en voz alta para obrar un embrujo. A veces, una resucitación.

En voz alta.
Para que ese cuerpo se levante de nuevo, y brille, brille con toda su luz ante nosotros, como antes, como siempre.

Para que la ondulación de nuestra voz que lleva sobre ella esa palabra mágica descanse en otros pechos, y otras voces pronuncien ese nombre en voz alta, como un eco que pueda alargarse hasta el final del tiempo.

Vall de la Gallinera. Casa Gallinera

Yo seguiré pronunciando tu nombre, bajito, cuando esté sola, y tú acudirás a la llamada, día tras día, año tras año. Mientras yo recuerde tu voz y tu nombre, te llamaré y tu cuerpo seguirá irguiéndose con toda su dulce carnalidad, perfecto, puro, a salvo ya de todo.

Y algún día, algún día, alguien de tu sangre llevará ese nombre que ahora es solo tuyo, y tus ojos alegres nos lanzarán guiños desde otros ojos infantiles…
Y quizá nosotras, las mujeres de tu vida, aún tengamos tiempo de enseñarle a beber té, a coser, a hacer pan y a plantar flores.
Y de contarle que su nombre es un regalo.
La herencia de una mujer luminosa que estaba hecha con el espíritu del verano feliz, y que, a pesar de todas las apariencias y de los años que habrán pasado, no ha estado lejos de nosotros ni un solo día.

pastela marroquí (empanada de Marrakesh)

{para el estofado de pollo}
  • 1 pollo, a ser posible de corral, cortado en piezas
  • 1 cucharada de jengibre en polvo
  • 1 chorrito de agua de azahar (si tenemos)
  • 1 buen manojo de perejil
  • 1 kg de cebollas
  • aceite de oliva
  • 1 vaso de agua o de caldo
  • un pellizco de sal
  • un pellizco de estambres de azafrán

En una cazuela de fondo grueso, colocar todos los ingredientes en frío: las piezas de pollo, el perejil picado, las cebollas en gajos, el jenjibre, el chorrito de agua de azahar, la sal y el azafrán. Verter por encima un buen chorreón de aceite de oliva y el vaso de agua o caldo.
Tapar la cacerola y dejar que el pollo cueza a fuego suave dos horas.

Retirar las piezas de pollo y desmigarlas. Reservar.

{para montar la empanada}
  • un sobre de láminas de pasta brick (pasta filo)
  • 6 huevos
  • 250 gr de almendras molidas o picadas
  • azúcar glass
  • canela en polvo
  • sal
  • aceite de oliva
{para la compota de cebollas}
  • cuatro cebollas
  • una cucharadita de aceite
  • una cucharadita de mantequilla
  • dos cucharadas de azúcar moreno

Preparamos la masa final del relleno: a las migas de pollo les añadimos los huevos batidos y las almendras picadas. Ajustamos de sal.

Abrimos el paquete de masa y separamos una oble de pasta brick. La rociamos con aceite de oliva y o bien la untamos con él por completo cogiéndola y frotándola entre las manos, como si nos las secáramos con un paño (si la masa está en fecha y recién abierta, pese a lo fina que es no se romperá, es flexible), o bien la extendemos sobre la encimera y le extendemos el aceite por encima con la mano plana.

La colocamos forrando el molde que hemos elegido, a ser posible una tartera desmoldable. Detrás de la primera hacemos lo mismo con otras dos, y disponemos las tres sobre el fondo del molde de modo que entre las tres lo cubran ampliamente y cubran también las paredes hacia arriba.

Colocamos el relleno sobre las obleas.

Cerramos la empanada: primero doblamos los bordes de las tres láminas que componen el fondo hacia el centro, sobre el relleno. Después colocamos encima otra oblea más untada con aceite y remetemos sus bordes bajo la empanada, como si fuera una sábana que se remete bajo un colchón para hacer la cama.

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Repetimos la operación con otra oblea más, y después colocamos una última oblea, pero con ésta no remetemos los bordes bajo la empanada, simplemente los plegamos contra el borde del molde, para que se quede plana pero sin que nada la sujete de verdad.
Ésta última es una oblea de protección. Si por cualquier razón la empanada quedara demasiado morena en el horno, lo único que hemos de hacer es retirarla y saldrá con tanta facilidad como una tapa. Y si nos queda la mar de bien, pues la dejamos puesta.

La cocemos en horno ya caliente a 180º durante 30 minutos.

Mientras se cuece, colocamos cuatro cebollas cortadas a gajos en una sartén con una cucharadita de mantequilla y otra de aceite de oliva. Las dejamos cocer a fuego suave, unos veinte minutos, removiéndolas, hasta que se enrubien. Vertemos sobre ellas dos cucharadas soperas de azúcar moreno, removemos y dejamos caramelizar unos minutos más. Con esta compota de cebolla dulce acompañamos la tarta a la mesa.

Una vez cocida y dorada, sacamos la empanada a una rejilla para entibiarla.
Si la queremos decorar, empleamos canela en polvo y azúcar glass. La podemos espolvorear con ambas a la vez, o por zonas, o dibujar algún encaje.

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Os cuento cómo he hecho yo el mío: he cogido dos mantelitos redondos de papel calado, de los que se colocan sobre las bandejas de servir. Uno casi del mismo tamaño que la empanada, y otro bastante más pequeño. El truco es que el calado del más pequeño comience a continuación del calado del más grande si los ponemos uno encima de otro.

Los ponemos los dos sobre la pastela, primero el más pequeño, en el centro, y encima de éste, centrado con él, el más grande. (Eso hace que de momento sólo podamos ver el grande).

Espolvoreamos azúcar glass sobre el calado, con generosidad, hasta que veamos que ya hay una capa blanca en los agujeritos (como si fuera nieve que ha cuajado). Retiramos el mantelito cogiéndolo de los bordes con las dos manos y subiéndolo hacia arriba despacio y con mucho cuidado, para que no caiga sobre la tarta el azúcar que tiene encima.

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Ahora ya vemos el mantelito pequeño. Cogemos la canela (o al revés, según nos guste más tener el color blanco fuera o dentro) y la espolvoreamos sobre el calado del pequeño, procurando en la medida de lo posible no extendernos fuera. Para no salirnos mucho de la zona, es más fácil dejar caer pellizquitos con los dedos que utilizar un colador o un recipiente con agujeros en la tapa.

Cuando hemos acabado, metemos las puntitas de dos tenedores debajo de los bordes del mantelito (si metemos los dedos dejaremos la marca sobre el blanco) y lo levantamos igual que hicimos con el grande, hacia arriba, despacito y con muy buena letra. Lo levantamos hacia arriba un poco y enseguida lo apartamos a un lado.

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Y tachán. Espectacularmente bonito.

Pone una un jarrón con menta encima de la mesa, y a ir de viaje un rato.
Feliz semana a todos!

Yasmina Reza. Hammerklavier. Anagrama, 2002.
James Salter. Todo lo que hay. Salamandra, 2014.
Sebastián Salazar Bondy. 3 confesiones. En “Sombras como cosas sólidas”. Llibres de sinera 1974.
Antes del frío invierno. Escrita y dirigida por Philippe Claudel.

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4 Comentarios

  1. Te han debido ir bien esos dos fines de semana metida en cama para superar el “trancazo” porque parece que por tu mente hayan pasado ráfagas de claridad, que en tu corazón ha flotado el gran peso del cariño, el recuerdo y tu pluma ha corrido veloz, abierta, ligera con expresiones, sentimientos, descripciones en las que te has superado a ti misma .

    Que maravilla de narración, que disfrute de lectura!!!!!!! Que delicadeza de fotos. Ya…….para qué hablar de la receta.

    Sigue escribiendo para que lo que vives, sientes y piensas nunca sea un sueño y siempre se com vierta en una realidad. Besos

    • Sí, yo también creo que me han ido bien. Me han hecho moverme y avanzar. Muchas gracias tiita y un beso muy fuerte.

  2. Opino como la tía Elisa: vaya relato! te has superado!

    • Muchas gracias Jose. Un abrazo bien fuerte primo.

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