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Escrito por el Jun 29, 2016 en cocina de cosecha | 5 comentarios| etiquetas: cambio, carnes al horno, excelencia, peras, queso azul, romero, solomillo, verano

solomillo relleno

la buena fábrica

Fábrica, en su sentido original, es el modo en el que está creado algo, y está a la vez relacionado con trabajo y con ingenio.

Aquella película… creo que era La mitad del cielo.

Una escena en que una abuela asturiana que vive en el campo en una condición de vida modestísima, le enseña a una de sus nietas cómo los placeres sencillos pueden ser lujos si interviene el cuidado y un cierto instinto del gusto, el toque generoso e inspirado del aprecio.

Coloca requesón y sal sobre un trozo de pan y se lo da a la niña para desayunar. Y realmente parece un lujo, comida de dioses.

Años después la niña llega a Madrid a servir en casa rica donde las mujeres que regentan están echadas a perder. La niña, ahora mujer, ha conservado y desarrollado ese don.

Con lo único que queda en la nevera, un poco de leche, azúcar, un huevo, un poco de arroz, prepara un delicioso platito de arroz con leche, que está tocado por esa mano mágica del precioso instinto del que sabe cómo juntar las piezas para que sumen placer y perfección.

Hace años leí una entrevista con George Steiner donde decía: “cuando las cosas van mal, la gente vuelve a la calidad. Sienten un vacío enorme y un ansia de calidad.”

Calidad es que el tomate rallado de un desayuno sencillo esté maduro y sabroso, que el aceite de oliva sea bueno, que el salero vierta la sal impecablemente, que haya una servilleta limpia a mano y un vaso de agua fresca que no se ha pedido.

No son cosas que distingan a unos de otros por el dinero de más que han de invertir; distinguen a unos de otros por su sentido de la hospitalidad, por el toque mágico de la fábrica del placer, de la buena fábrica.

Calidad es una sábana recogida cuando aún huele a suavizante y conserva la humedad flexible de la fibra, antes de que se acartone por el sol.

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Calidad es una persona acogedora que sonríe abiertamente al recibirte.

Calidad es la cortesía de la buena educación, que convierte el cálculo de la distancia apropiada entre dos personas en un ejercicio de cordialidad.

Calidad es un grifo que cierra bien, una pila bien fregada, un patio lleno de macetas cuidadas, un correo electrónico escrito atentamente.

Calidad es todo lo que convierte la vida en un engranaje delicioso.

Todas esas cosas bien hechas, hechas a conciencia, en las que a menudo ni reparamos, son gestos trascendentes llenos de voluntad que imbuyen el mundo en una capa de luz original.

La clase de luz envolvente que se transforma en nuestro interior en una intensa satisfacción, en un relajamiento profundo de la tensión flotante en la que casi todo el mundo vive, una sensación creciente de bienestar y felicidad.

Suena un clic dentro de uno.

Es el clic el de la apertura de los cerrojos: corsés que se aflojan, esa alerta indefinida que se esfuma.

Por eso en los momentos difíciles, de crisis persistente, la gente siente una profunda nostalgia de calidad.

Porque ese instante de experimentar la calidad le devuelve la sensación de que todo puede volver a ir bien, le recuerda cómo es el mundo cuando durante unos segundos todo lo que te rodea va bien, es como debe ser, irradia la luz sosegadora de la buena fábrica, de la discreta excelencia.

La experiencia de la excelencia nos devuelve la confianza en el mundo, en los hombres.

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Nos vierte una capa de crema balsámica encima, que burbujea al hacer contacto y nos proporciona un alivio instantáneo, como si cayera sobre una piel quemada.

A menudo emplazamos la llegada de los cambios reales a los gobiernos, a los territorios de la alta política.

Quién duda del poder de transformación de un gobierno -hacia ambos lados de la fuerza.

(Pero pensemos, ¿qué será más decisivo en el impacto que pueda producir, por ejemplo, la posible elección de Trump como presidente americano, ¿su adscripción al ideario de su partido, o su propia personalidad?)

La respuesta a esa pregunta nos proporciona pistas claras que indican que la esfera privilegiada de los cambios reales es la personal.

La de la excelencia como proyecto de vida de cada persona.

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La excelencia es el mejor revulsivo de cambio por contacto que existe.

Nada cambia lo que toca con la eficacia fascinadora con que lo hace ella.

La experiencia de la excelencia ajena es como una revelación.

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¿Cuántas personas conocemos capaces de mantener una conversación atinada sobre cambio político, convencidas de que ellos son abanderados del cambio con su voto, capaces de argumentar eficazmente sobre la falacia de quienes votan esto o aquello, de quienes practican aquella o tal otra política, que en su vida personal, y con esto no me refiero a su vida íntima, sino a la dimensión personal de su vida, es decir, a su manera de comportarse con las demás personas con las que tienen contacto día a día, son unos verdaderos necios?

Yo conozco demasiadas, me temo.

Por eso, cuando veo esas contradicciones en las que tan poca gente parece reparar, regresa con fuerza en mi interior esa nostalgia de calidad de la que hablaba…

(Y digo contradicciones porque poquísima gente enlaza el ámbito de la política con el de la vida personal, como si esa relación fuera una chanza, como si fuera un tabú o un cuento de iluminados, como si unas ovejas fueran merinas y las otras churras y no se mezclaran.

En política votas progresista y eso está genial, aunque si te fijas un poco más, igual en lo personal eres agresivo, intolerante, soberbio, elitista, orgulloso, ocultador, tergiversador, manipulador, doble, vago, egoísta, prepotente, en fin, tiras bastante a cenutrio, pero eso no influye, como si se pudiera separar higiénicamente lo que uno es de su acción en grupo, de su acción con y sobre las demás personas, es decir, de la acción política, y por tanto, el cambio personal del cambio político.)

No me creo a ninguna de esas personas, ni creo que sean capaces de propiciar cambio -benéfico- alguno. No lo son en su vida personal y tampoco lo serían si tuviesen responsabilidad política. Uno puede cambiar de despacho de un día para otro, pero levantarse por la mañana siendo de repente una persona de valor, eso ya es harina de otro costal…

Y ni su voto ni el mío conseguirán nada si finalmente inviste a personas que tienen los mismos problemas que ellos: esa disociación entre las creencias, los idearios, y los valores reales, que son los que uno expresa con su vida personal.

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Ninguno de nosotros puede presumir de un ideario que no sea ése: ése que nos delata cada día en nuestras acciones diarias con los demás, conocidos y desconocidos, presencias habituales o fugaces, familiares o completamente diferentes a nosotros.

Pero si cada uno de los que hoy desean o dicen desear un cambio, trabajara su propio cambio en esa dirección de la excelencia personal, de la riqueza del humanismo antiguo -esa palabra cuyo grado de envejecimiento es un indicador fidelísimo de la degeneración moral de nuestro tiempo- el cambio real, y también el cambio político, se producirían sin remedio.

Ésta es una faceta más del insidioso fraccionamiento que gobierna a los seres y las cosas en este tiempo nuestro: mientras no rompamos con él, y comprendamos que poner crucecitas dentro de un sobre no es suficiente para obrar el milagro de la buena fábrica…

Los partidos juegan a que la sujeción a un programa puede desactivar todo ese factor humano.

Sin embargo, los periódicos nos demuestran cada día que eso no es así.

Mientras no comprendamos que sólo hay un cambio, y es el cambio exigente de cada uno y de su acción personal, todo lo demás seguirán siendo pamplinas.

O, en el mejor de los casos, papeletas de lotería libradas a la huidiza y casquivana suerte con la que juguetean los dioses.

Dioses a los que, como todo el mundo sabe, a menudo les gusta reírse de los hombres…

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{un plato principal ligero para cuatro personas}
  • 1 solomillo de cerdo grande abierto y listo para rellenar
  • 1 rama larga y bonita de romero
  • 1 pera conferencia o de agua (y si es invierno, una pera Roma o alejandrina)
  • 2 cebollas blancas medianas
  • 2 cebollas rojas
  • 2 cucharadas soperas de taquitos de queso azul o queso feta en aceite
  • 4 cucharadas de nata, 1 cucharadita de un excelente aceite de oliva y unas gotas de vinagre balsámico para la salsa
  • cordel para atar el solomillo o una malla
  • sal, pimienta recién molida, nuez moscada

Poner a pochar las cebollas en aros con la pera cortada en cubos pequeñitos, un poco de aceite de oliva y una nuez de mantequilla.

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Cuando la cebolla esté lacia y la pera blanda, apartar del fuego y reservar.

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Extender el solomillo abierto sobre una tabla.

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Extender en el centro una capa del sofrito. Sobrará un poco.

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Sobre él, disponer unos trocitos de queso.

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Coronar con la rama de romero.

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Cerrar el solomillo como si plegáramos las dos puertas de una ventana sobre el centro, y bridarlo con el cordel o envolverlo con la malla.

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Pasarlo por la sartén bien caliente para dorarlo y sellarlo, por todos sus lados.

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Pasarlo, en la misma sartén si soporta el horno (la mía tiene el mango desmontable, de modo que lo quitas y puedes introducir el recipiente en el horno sin problema. Hay que asegurarse de que el mango es resistente antes de hacer eso, o utilizar de entrada una cazuela) a horno precalentado a 185º, con la sartén o recipiente tapado, y depositando antes medio vaso de vino blanco seco o de fino manzanilla y una cucharadita de miel en el fondo de la sartén.

Dejarlo cocer 15-20 minutos, sin destapar. A mitad cocción darle la vuelta con unas pinzas. Como el solomillo está abierto está listo mucho antes que si lo metiéramos al horno entero.

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Sacarlo del horno y dejar reposar diez minutos.

Mientras, pasar el relleno sobrante por la batidora añadiendo la nata, aceite, balsámico, sal, pimienta recién molida y un poco de nuez moscada, hasta obtener una crema.

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Desbridar la pieza, trinchar, regar con unas gotas de líquido del fondo.

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Servir acompañado de un poco de salsa y de guarnición al gusto: patatas horneadas, judías verdes al vapor, unas hojas de ensalada crujiente…

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Y a disfrutar.

Yo intento fracasar mejor. Entrevista con George Steiner. El País semanal, 28 de agosto de 2008.

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5 Comentarios

  1. La vida es fácil.

    Si no es bueno para todos, no es bueno. Si no es bueno, muy especialmente, para los débiles y desfavorecidos, no es bueno.

    Riqueza dinero.

    Riqueza = Educación. Sanidad. Cultura. Bibliotecas. Trabajos y sueldos dignos.

    Crecimiento Venta de casas y coches.

    Casa Hogar

    Crecimiento = Sanidad pública y universal. Educación pública y universal.

    Los mercados no existen. Existen las personas.

    La vida es fácil.

    Como escribe Ramón J. Soria Breña: “Todos tenemos derecho a una comida decente, una cama abrigada y un par de vasos de vino bueno.”

    ¿Conoces a ese escritor? Creo que su libro “Los dientes del corazón” te gustará. Su blog: http://gastropitecus-gloton.blogspot.com.es/2015/11/menu-en-paris-dedicado-una-ciudad-que.html

    Saludos,

    Jose

    • Aunque siempre me alegran el día tus visitas por aquí, no sé si te lo sé trasladar como es debido pero es así, hoy quiero agradecerte tu comentario muy especialmente. Lo que me escribes y lo que me recomiendas. Leo la entrada de su blog, y como le pasa a la que dice el Cunfú que pese a ser pija ya es una jodida cocinera, también se me saltan las lágrimas como a una imbécil. Si hay algo que me encanta y me admira de ti, es que sea lo que sea lo que eliges decir, nunca es trivial. Nunca añades ni más banalidad ni más ruido al mundo. (Y a menudo sí una gotita de humor).

      Gracias Jose.

      (También me regalas un libro nuevo para mi maleta estival, y eso siempre es algo excitante…)

      Buen día de verano!

      (tras un chapuzón un poco más largo, intuyo que tu amigo Ramón J. Soria también es amante de los pájaros…:)

  2. Nada que agradecer Fernanda y si lo hay es recíproco. Acudo aquí como un lugar en paz; una suerte de refugio. Hay pocos.

    No conozco personalmente a Ramón J. Soria personalmente, más allá de alguna firma de libros, pero en sus escritos suele estar presente la naturaleza de un modo u otro y eso me gusta.

    Saludos,

    Jose

    P.S. Intento reir y sonreir a cada momento. Las lágrimas malacostumbran a venir gratis, por sí solas y cuando menos se las espera.

    • (A veces quienes mejor saben definir nuestros deseos, aquello que intentamos, son los demás). Esto que dices es otro regalo, uno grande y con lazo, y se merece una gran sonrisa, así que ésta es para ti. Un abrazo.

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