pequeƱos caballeros Jedi
AllƔ por el 86, reciƩn casada a mis 23 aƱitos, me mudƩ muy lejos de casa con varios libros de cocina bajo el brazo comprados al efecto. Mi preferido era un libro de Terence Conran -hoy Sir Terence Conran para mayor gloria del Imperio-, fundador de Habitat y de algunos de los mƔs famosos restaurantes de Londres.
El libro se llamaba Manual de la buena cocina. SubtĆtulo: selección, elaboración y presentación de los alimentos.
Conran es uno de esos tipos a los que la cabeza les bulle de noche y de dĆa, un romĆ”ntico y un bon vivant con un ojo excelente para los negocios, y aquel librito, pese a su aspecto enciclopĆ©dico, era pura poesĆa, un autĆ©ntico canto a la buena vida. Conran buscaba la belleza cotidiana con una fuerza formidable. Y la encontraba. Y la contagiaba. La contagiaba como una vocación posible.
En aquel primer libro podĆas aprender todo lo que te hacĆa falta saber sobre cualquier cosa de las que fueran a suceder en tu cocina: desde cómo se pelaba y trinchaba una naranja, hasta cómo hacer un caldo corto pasando por cómo deshuesar un pollo y cómo hacer crema pastelera casera o un pan rĆ”pido.
AdemĆ”s de toda esa sabidurĆa culinaria, te ofrecĆa un montón de recetas contundentes, deliciosas y relativamente sencillas de preparar. Pero a mĆ lo que me dejaba definitivamente fascinada era la tercera parte, a la que Ć©l llamaba: Presentación: sentido del estilo.
AhĆ tenĆamos un menĆŗ completo, con sus fotos de la mesa y de la puesta en escena, para un tĆ© veraniego, una cena campestre, una comida formal, un almuerzo dominical, un picnic a orillas del rĆo, una merienda de verano⦠Aquello sĆ que era puro romaticismo del bueno, del de mĆ”s poderĆo que se pueda imaginar.
Puro alimento para el espĆritu.
Hoy, mirando de nuevo esas fotos, me doy cuenta de hasta qué punto este libro -en aquella época pre-internet- significó para mà un antes y un después en la búsqueda de la belleza sencilla.
La sopa que he hecho hoy es una de las primeras recetas que ensayé de ese libro, y la recuerdo como el primer plato perfecto que hice por mà misma. Un sopa aterciopelada con un sabor largo y concentrado a campo y a invierno, que moja el cuerpo con perfumes de bosque.
La otra maƱana estaba almorzando sola en un cafĆ© que aprecio mucho. La pared que da a la calle es toda de cristal, y a media maƱana toda su acera recibe el sol de lleno. Me gusta sentarme dentro y mirar a la calle como quien mira una pelĆcula mientras me bebo despacio el cafĆ© con leche: hay tantas cosas para verā¦
En eso que en la pequeña calle con la que hace esquina el café entra el camión que recoge los contenedores de reciclado de vidrio.
El camión, parado y maniobrando, bloquea completamente la calle y el paso cebra que hay junto a ella.
Por la acera del café viene caminando un hombre mayor, con bastón de ciego. Se para un instante junto al paso cebra, acciona el bastón orientÔndose y comienza a cruzar.
Un chico joven con chaleco reflectante conduce una moto que avanza por la misma calle hacia el paso cebra. Al ver al hombre decelera y llega despacio junto al paso cebra, parando justo antes de que el hombre alcance la altura a la que la moto se ha detenido, en el centro de las rayas cebra.
El chico espera al hombre y cuando llega a su altura lo coge del brazo, lo arrima suavemente hacia Ʃl y le explica algo. Intercambian unas palabras.
El chico aparta un poco al hombre y comienza a maniobrar con la moto parada, para apartarla hacia la acera. La aparca, se quita el casco, baja de la moto.
Coge al hombre del brazo y lo acompaƱa unos cien metros, salvando con holgura el camión, hasta dejarlo en la acera hacia la que el hombre se dirigĆa y que hoy estaba obstaculizada por la recogida del cristal.
Cuando lo deja allĆ, en la acera despejada y rutinaria, el chico vuelve a atrĆ”s, se monta en la moto, la arranca, cruza el paso cebra y sigue su camino.
Yo me quedo un poco perpleja. Al principio, cuando lo he visto acercarse al hombre y maniobrar con la moto, he pensado que acompañaba al camión, quizÔ por eso el chaleco reflectante, y estaba en medio de su jornada de trabajo.
Pero cuando ha arrancado y se ha ido y me he dado cuenta de que era simplemente un chico camino de algĆŗn sitio que no conocĆa a ese hombre de nada, despuĆ©s de la primera estupefacción se me ha abierto una sonrisa de oreja a oreja.
Siempre, cada dĆa, nos encontramos con alguien que es capaz de humanizar el mundo de una manera natural, sólo con estar ahĆ y reaccionar.
Igual que encontramos a quien simplemente estando donde estƔ y siendo como es lo contamina un poco mƔs.
Yo he tenido mucha suerte: tengo mucha facilidad para ver esos pequeños quiebros del guión diario que tienden a pulverizan el orden del mundo que componen los telediarios.
El mundo no es sólo lo que nos cuentan ahĆ: el mundo es es ese chico que se ha detenido para ayudar a un hombre al que no va a volver a ver, es la chica que me sonrĆe como si me conociera cuando me deja el cafĆ© en la mesa, es la carnicera que me pregunta cómo estĆ” la hija de mi amigo que estaba tan enferma, es aquel hombre que ha recogido al perro perdido y se lo ha llevado a casa.
Soy muy consciente de que cada dĆa me brinda un par de docenas de oportunidades de elegir quĆ© orilla prefiero: la de fabricar sol, la de hacer barroā¦
Desde aquel Conran de los 80 al chico de la moto, he aprendido tanta belleza de otrosā¦
He visto a tanta gente tantas veces reescribir el mundo con palabras resplandecientes, como quien pasa un trapo por un cristal y abre un boquete para la luzā¦
Toda la amabilidad, las sonrisas, la inocencia, la limpieza, la honradez, la generosidad, los regalos de empatĆa y compromiso que recibimos cada dĆa sin esperarlos, sin merecerlos directamente, son ese mundo humanizado que crece como una bombilla luminosa manteniendo a raya el lado Oscuro.
SĆ, claro. Claro que la Estrella de la Muerte va por ahĆ navegando a sus anchas, con su colección de menores y mayores Darth Vaders a bordo.
Pero no hay que minusvalorar el silencioso poder de los Maestros Jedi. Aunque se les vea menos.
Asà que hoy, pequeños Yodas, una aromÔtica sopa de champiñones para esparcir por nuestras casas esa fragancia a hermosas cosas sencillas, a buena gente y a tierra invernal germinando en paz.
sopa de champiƱones
{para cuatro personas}
- 225 gr de buenos champiƱones
- 8 escalonias o chalotas (o cebollas pequeñas)
- 1 0 2 dientes de ajo
- 55 gr de mantequilla
- 3 cucharadas de vermut blanco seco o vino blanco seco
- 1 litro de caldo de pollo suave, mejor casero
- 3 yemas de huevo grandes o 4 pequeƱas
- 3 dl de crema de leche espesa (President tiene una que va en botella de plƔstico)
- tomillo limonero, perejil o cualquier otra hierba de vuestro gusto
- sal y pimienta
Picamos los champiƱones, las cebollas y los dientes de ajo.
En mi opinión a esta sopa le favorece una textura fina, asà que yo los suelo picar con el robot. Los ponemos a pochar sobre la mantequiila, primero las cebollas y el ajo y y unos minutos después los champiñones.
Cuando empiecen a dorarse, aƱadimos el vermut o el vino blanco. En otro recipiente hervimos el caldo, y cuando estĆ© hirviendo lo vertemos sobre las verduras. La calidad del caldo es importante, su sabor estarĆ” presente nĆtidamente en el acorde final de la sopa. El caldo de verdurasĀ yo suelo hacerlo asĆ; a Ć©ste habrĆa que aƱadirle ademĆ”s un poco de pollo, un par de piezas, no mucho, para respetar su delicadeza. Hervimos a fuego lento unos 15 minutos o hasta que el sabor de los champiƱones haya pasado al caldo.
Batimos las yemas de huevo con la crema. Las mezclamos con un cucharón de sopa para templarlas, y después las vertemos sobre la cazuela donde cuece la sopita. Añadimos la hierba elegida, sazonamos con sal y pimienta, y hervimos a fuego muy suave removiendo hasta que los champiñones suban a la superficie, unos diez minutos. El tomillo destila una suave fragancia a limón que combina perfectamente con los champiñones. No hay que dejar que la sopa hierva.
Y⦠tachÔn!!
A la mesa con ella corriendo, bien calentita, que hace un frĆo que pela!
Feliz semana a todos!



















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