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Escrito por el Abr 25, 2013 en cocina de cosecha | 0 comentarios| etiquetas: cenando como reyes, cenas de sofá, primavera, silenciosos, tomates

tomates en popover

el hombre tranquilo

Hace unos meses publicaron un libro en el mercado americano que se está vendiendo como los churros. El fenómeno, cuando menos, es curioso, y sobre todo, me parece a mí, prospera en un momento en apariencia incongruente. Hoy, que lo que de verdad se lleva es tener miles de amigos en las redes sociales, un libro sobre los introvertidos, sobre la germinación solitaria, sobre la voluntad de permanecer lejos de la corriente principal del caudal.

Porque la verdad es que ser popular siempre ha sido importante; todos tenemos experiencias de colegio que contar al respecto. Con los años, probablemente, lo único que ha cambiado es el barniz de las formas.

Por eso el libro en cuestión aún llama más poderosamente la atención. Quiet: the power of introverts in a world that can’t stop talking.

He tenido a uno de éstos en mi familia desde siempre. No me dí cuenta hasta bastante tarde, pero era uno de esos hombres que sirven por sí solos para definir diáfanamente la categoría completa.

Le gustaba tallar madera. Pequeños retales de madera blanda o dura, tallados a mano con herramientas delicadas y pequeñas. Se sentaba en una silla y las virutas le iban cayendo en el regazo. Daba la impresión de que le parecían una buena compañía. Luego pasaba el dedo gordo sobre lo que acabada de tallar y lo limpiaba con un soplido. Las gafas se le llenaban de polvillo de serrín.

El asunto de las maderitas era un poco mágico. Teníamos tres, cuatro, cinco años, y de un bloque surcado de vetas vegetales de repente salía una ardillita, un perrito, una virgencita que acunaba a su bebé. ¿De dónde demonios había salido eso? ¿Estaba antes allí dentro? ¿Era mi tío un experto en pelar cáscaras, como quien pela un huevo?

(también recordé después que le gustaba hacernos dibujitos y sacar monedas de nuestras orejas, una larga y bondadosa connivencia con la inocencia infantil, que también era la suya, porque muchas veces, y muchas más cuando se fue haciendo mayor,  parecía un niño alojado en un cuerpo de hombre grande con ojos azules, y sí, justo esos ojos eran los que le delataban…)

(El año pasado enmarqué juntas algunas cosas de mi primera infancia y una de ellas fue esa virgencita).

Infancia en trocitos

El tío era un hombre silencioso. Tuvo sus épocas oscuras. En esas épocas nos parecía un poco como “raro”. Pero a lo largo de los años se fue haciendo cada vez más blanco, más pacífico.  Y lo que ahora me viene a la cabeza cuando me acuerdo de él  es la imagen de un hombre-iceberg de ojos azules. Un hombre solitario, bueno, fuera de toda convención, propietario de una vida secreta llena de poesía cotidiana: como en un iceberg, veíamos apenas un cuarto de la riqueza que cada día cultivaba ordenadamente en su interior.

Cuando murió, y sus chicos y la que había sido su mujer muchos años -que encontró la manera de seguir vinculada a él de una manera tierna a lo largo de todo su tiempo- leyeron sus papeles, fue como un afloramiento en pleno deshielo.

“Ahora hablo con mi gata,
o con los pájaros que revolotean y pían en mi patio, entre macetas,
acaricio con palabras a mis plantas, mientras las riego, y
lleno mis paredes de recuerdos sin valor.

Irrumpen mis hijos en mi vida y en mi casa
vienen cansados,
ocupan sus rincones preferidos y toman de mi pan y de mi sal

A cambio recibo unos gramos de familia
algo de bienestar y alegría.”

El nivel del agua subió varios centímetros y les mojó los pies a todos con la sonrisa de una vida intensa, vivida en absoluta discreción, como si estuviera escrita con letritas de escolar, letras capaces de dejarnos boquiabiertos con la delicadeza de lo que sucede bajo tierra.

Y es que casi lo único que trascendía de él eran sus grandes ojos azules, acogedores, confitados de humanidad a fuerza de mirar las cosas libremente, y de callar después las más de las veces. También estaban esos chistes que no entendíamos siempre… O algunas caricias y guiños pillados de rincón…

Lo he contado muchas veces aquí, así que todos sabéis que no soy creyente de ninguna fe organizada. Sin embargo, si por una de aquellas juego a imaginarme a los profetas cristianos -al fin y al cabo son una leyenda de mi infancia- lo que veo se parece mucho a ese tío mío: radicalmente humilde, con esa voluntad tan conscientemente ejercida de invisibilidad que contradice la potencia de su mirada; ese hombre subterráneo que te miraba durante unos segundos, después de vagar por todo el paisaje circundante como un monje distraído por la belleza del entorno,  hasta que sus ojos se depositaban suavemente sobre ti, y entonces te regalaban la sensación de que nunca tendrían nada mejor que hacer que mirarte como te miraban ahora.

¿A cuántos hombres y mujeres que se van les sucede lo mismo cada año? ¿Cuántos dejan una cosecha de hijos y nietos perplejos ante lo que han descubierto en un momento que no permite ya ningún cruce emocionado de palabras?

Y es que hombres y mujeres somos cualquier cosa menos sencillos de entender. ¿Qué sabemos al fin y al cabo de lo que de verdad sucede en el interior de cada otro?

Burbujas con Antonio

Yo me siento muy afortunada. Por haber tenido a uno de esos raros intraducibles en mi familia.

Algunas de esas personas cuya vida ha sido casi un secreto para nosotros, aunque hemos vivido puerta a puerta, palmo a a palmo con ellas, son como muchas de las cosas mejores. Han elegido ser tan silenciosos que nosotros, bastante más sordos, tendemos a darnos cuenta de golpe del hueco que dejan sólo cuando se van.

Un hueco que de repente se vuelve luminoso, y, paradójicamente, empieza a emitir ondas de compañía, tal cual si alguien hubiera encendido un interruptor.

Ellos, que cuando estaban se pasaban el día callados, de repente empiezan a hablarnos sin parar.

En una novela preciosa que acabo de leer el protagonista, un joven que adora a su madre y que acaba de perderla, dice: “El sueño quizá podría tener algo que ver con mi propia naturaleza íntima de varón, diría mamá, con gesto misterioso. De modo que aún sigo teniendo cerca a mi madre para charlar con ella y para que me interprete los sueños.”

Creo que ésa es la mejor de todas las cosas buenas que esa gente callada nos deja cuando se va.

Que, en realidad, nunca se van muy lejos.

Hoy, una cena de bandeja apta para toda clase de introvertidos dispuestos a disfrutar de su cena en su sofá: tomates confitados con huevos escalfados y queso deshaciéndose dentro de un bollo de popover.

tomates confitados en popover

{para cuatro personas, una con mucha hambre}

para los popover
Hay diferentes recetas para hacerlos, en las que cambian las proporciones de leche, harina y huevo. Yo he seguido la receta de Neiman Marcus, que podéis leer aquí.

Os la traduzco aquí abajo:

  • 3 1/2 cups de leche (840 ml)
  • 4 cups de harina (480 gr)
  • 1 1/2 teaspoons de sal (8 gr)
  • 1 teaspoon levadura química (tipo Royal) (5 gr)
  • 6 huevos grandes a temperatura ambiente

Con estas cantidades salen 5 popovers grandecitos.

Calentamos el horno a 230º.

Entibiar la leche. Mezclar juntos la harina, la sal y la levadura en un bol.

Si tenemos batidor con varillas, batir los huevos hasta que queden espumosos y pálidos, unos 3 minutos. (Si no, a manubrio con las varilllas). Ir añadiendo la leche mientras seguimos batiendo a baja velocidad. Añadir gradualmente la mezcla de harina y batir otros 2 minutos con una velocidad un poco más alta (sólo un poco). Dejar reposar la mezcla una hora a temperatura ambiente.

En casa. Popover

Llenar moldecitos antiadherentes (yo he gastado tipo muffins/flanes) hasta prácticamente el borde con la mezcla, que será de textura líquido-viscosa. Hornear 15 minutos, luego bajar el horno a 190 y hornear otros 35 minutos, o hasta que estén bien dorados, con una corteza crujiente por fuera y el interior aireado y esponjoso.

En casa. Popover

Calentitos están más buenos.

para confitar los tomates

Elegir unos cuantos tomatitos cherry. Partirlos por la mitad. Si vamos a hacer muchos, se pueden hacer en el horno en una cocción larga y lenta. Si no vamos a hacer muchos y no nos apetece la idea del cañazo con la factura de la luz, quedan también muy bien al fuego. He probado las dos maneras y doy fe.

En casa. Ensalada

El procedimiento inicial es el mismo. Los disponemos sobre la bandeja del horno que habremos protegido con una hoja de papel sulfurizado  o sobre una sartén antiadherente grande.

En casa. Ensalada

Los espolvoreamos con azúcar y sal. Y los rociamos con aceite de oliva. Y allá que vamos con ellos. En el horno, unas 2-3 horas a 100º. En la sartén, una media hora a fuego mínimo. A mitad cocción en ambos casos les damos la vuelta.

En casa. Ensalada de mozarela

Los tomates confitados aguantan en un bote en la nevera un mes sin problema. No sé si hay ninguna otra verdura capaz de destilar sabor a verano como estos tomates confitados, que han condensado todo su sabor agridulce a través del fuego suave hasta convertirlo en algo indescriptible.

En casa. Popover

Cuestan un rato, pero sin ninguna duda, la felicidad que produce meterse uno en la boca hace que la faena valga la pena.

Con los tomates casi listos, ponemos el agua a hervir para preparar los huevos escalfados. Con el agua hirviendo, sumergimos los paquetitos de film 4 minutos. Transcurrido ese tiempo los sacamos, cortamos el film y los deslizamos sobre la camita que les hayamos elegido.

(Si el popover nos da pereza, sobre unas rodajas de pan molloso también están como para quitar un mal.)

Unas rodajas de mozzarella fresca, o si queremos que el queso se derrita, de idiazábal o de mozzarella de barra. Unas hojitas de albahaca si hay a mano, un chorritón del mejor aceite de oliva que tengamos… y a disfrutar! Pegadle un bocado a eso y veréis como, aunque no seáis introvertidos, se hace un pedazo de silencio en la habitación :D!

En casa. Popover

Feliz semana a todos!

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