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Escrito por el Nov 1, 2013 en cocina de cosecha | 6 comentarios| etiquetas: calabaza, otoño, tartas dulces

todas las almas

carpe diem

Esta semana he llegado al álbum familiar del año 70. Es el año en que murió mi abuelo.
La muerte de mi abuelo de algún modo significa el final de mi infancia. Significó añadir el sabor de una tristeza nueva y definitiva a la familia y trazó un antes y un después en los rituales de vida de la familia extensa.
Una vez mi abuelo ya no estuvo, no volvimos a pasar los veranos en el chalet azul, en el Desierto de Las Palmas. Las mujeres de la familia se pusieron de negro riguroso y el vacío del abuelo, que murió joven y un día inesperado, pesó en el ambiente como una piedra durante años. Esa tristeza, que trajo bajo ella el desasosiego de saber que el mundo podía romperse de un día para otro, cambió mi manera de ver el mundo y me introdujo de golpe en el camino de los niños crecidos.

El cambio del lugar de vacaciones, que para mi familia llegó de la mano de razones prácticas y que coincidió con la marcha del abuelo, para mí significó algo así como la pérdida del paraíso, y quedó ligado para siempre en mi memoria con su muerte. Los perdí de golpe a los dos: al primer ser querido, y la felicidad silvestre de la infancia.

Las fotografías son desoladoras.

Aquellos años hacíamos varias excursiones al chalet a lo largo del año, cuando el tiempo estaba raso. Los abuelos cocinaban una buena paella y se comía al sol, en medio del campo de almendros, viendo centellear el mar en el horizonte, con cuatro sillas y un tablero. Cada año había un nuevo bebé, y ese año el bebé era mi prima Eva, que en las fotos aún va envuelta en mantitas.

dos
cuatro
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A la hora del café y el puro, los niños nos levantábamos de la mesa y correteábamos por la casa vacía con nuestros jerseítos de punto hechos a mano, mientras la luz se doraba sobre los pinos al otro lado de los grandes ventanales que abrían boquetes de cristal en las paredes blancas.

Hay fotos de marzo, en Pascua, con el abuelo preparando la leña para cocer la paella en el pinar de la parte de atrás de la casa, donde hacíamos helado sobre el murete de piedra roja con la heladera de madera llena de hielo y sal. Estaban aún los cuatro abuelos.
Las fotos del abuelo transmiten la sensación de un hombre lleno de vigor, satisfecho de disfrutar de ese momento, como si estuviera asentado plácida y orgullosamente sobre él, contemplándolo con placer al tiempo que lo estaba viviendo.

tres
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Es la imagen de un hombre robusto, en la plenitud de la edad, con muchos ratos felices a la espalda, trabajador y generoso, deseoso de disfrutar de las cosas. Y agradecido por todos esos dones. Un hombre disfrutando de sus conquistas y de su suerte, que eran todos esos polluelos piando a su alrededor.

Después hay algo extraño. Hay otras fotos del 28 de mayo, un jueves laborable. De nuevo estamos todos con los cuatro abuelos al sol en la terraza de los almendros. Al principio pensé que quizá fue una escapada de una sola tarde… Pero no, porque al lado está pegada una redacción mía de ese día donde digo que la abuela llevó una comida muy buena y que se hizo de noche estando allí. Encima de uno de los tableros se ve mi estuche del cole, con el que escribí y dibujé para esa redacción…

cinco
siete
Nadie se acuerda ya de qué hacíamos allí un jueves por la tarde (85 kilómetros en el Renault 4 y sin autopista costaban de hacer bastante más rato que ahora…) Quizá volvimos a dormir a Castellón esa noche y pasamos allí el fin de semana, porque ese mismo sábado 30 de mayo condecoraban al abuelo por su trabajo como decano del Colegio de Abogados.

seis
La siguiente foto que hay pegada en esa hoja del álbum, junto a la foto de la cruz de la orden de San Raimundo de Peñafort, es la de la esquela del abuelo. Habían pasado 12 días desde nuestra última visita al paraíso.
Doce días.

Suficiente para que el mundo se dé la vuelta como una casa de muñecas y el precioso orden de las cosas que contenía se eche a rodar por tierra.

No hacen falta doce días para que lo inconcebible ascienda hasta la realidad como una burbuja maligna, por increíble que nos parezca a quienes estábamos en esas fotos. Unos pocos minutos son suficientes.

Es lo que todos aprendemos la primera vez que la muerte de otro nos sorprende.

Incluso los niños, a quienes las hadas protegen de la sombra de la muerte mientras son niños, se enfrentan entonces con ese momento crucial de la clarividencia de la muerte. Aunque luego lleguen volando sus hadas protectoras y les pasen las manos extendidas sobre los ojitos para que lo olviden todo hasta que crezcan. Porque después de la clarividencia de la muerte, nada, para bien y para mal, vuelve a ser igual que antes.

Carpe diem, queridas y queridos. Disfrutad del tiempo, vuestro tiempo, nuestro tiempo, el tiempo que hoy tenemos. Disfrutadlo como si fuera un regalo, porque lo es.

Disfrutemos de esta vida tan hermosa, sobre la que hoy tenemos la suerte de pasear como a través de un puente que está muy alto y que se ondula a merced de todos los vientos. Un equilibrio frágil, un poco milagroso, y que extiende a nuestros pies un paisaje tan bonito que corta el aliento.
Estamos vivos. ¿No es una absoluta maravilla?

En Castellón, en el funeral de mi tío, oí a varias personas que lo querían muchísimo decirme entre lágrimas: se ha acabado el tío, ai hijita, se ha acabado…
Todos llorábamos. Era el momento de la fractura, cuando una siente su propio cuerpo separándose del cuerpo que nos deja atrás, como una tela gruesa suelta un crujido desgarrador al rajarse de un tirón.

Pero no.
En realidad no es así.
El tío no se ha acabado. Mis abuelos no se acabaron hace veinte años.
Qué va. Todo lo contrario.
Todas esas figuras de mis fotos que hoy ya no están aquí, conmigo.
Vivos todos.

Porque mientras queda alguien que está contando nuestra historia, seguimos vivos.

Así que pon la leña al fuego, abuelito, que la abuelita ya se ha atado el delantal y es la hora de echar la carne en la paella…

pastel de calabaza de Todas las Almas

{para la masa quebrada dulce}

75 gr de azúcar blanco
150 gr de mantequilla
225 gr de harina

{para el relleno}

450 gr de pulpa de calabaza asada
una pizca de sal
100 gr de azúcar moreno
media cucharadita de canela molida
meia cucharadita de nuez moscada molida
media cucharadita de jengibre molido
1 cucharadita de miel
la corteza rallada de una naranja
la corteza rallada de un limón
2 huevos

En casa. Tarta de calabaza
En casa. Tarta de calabaza
En casa. Calabaza

Primero preparamos la pasta: derretimos a fuego bajo la mantequilla y le añadimos el azúcar, removiendo hasta que se emulsione.

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Después le añadimos la harina tamizada y revolvemos con una cuchara de madera hasta formar una pasta mantecosa que se desprende de las paredes del molde. La dejamos enfriar. Cuando está un poco fría obtendremos una pasta migosa que se deshace entre los dedos. Llenar moldes con ella se parece mucho a cuando llenábamos los moldes de castillos con la arena de la playa de pequeños.

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Preparamos la pasta del relleno: pesamos la cantidad de pulpa de calabaza, le añadimos las especias, el azúcar, los huevos y las cortezas de naranja y limón.
Cogemos el molde (a ser posible desmoldable) y formamos sobre él la corteza de la tarta amalgamando las migas de masa con los dedos. Está bien que la masa quede un poco potente. Está deliciosa así: una masa gruesa con una capa ligera de calabaza es una combinación maravillosa. Cuando está a nuestro gusto, vertemos sobre el relleno sobre la masa, lo nivelamos, y al horno.

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Yo he preparado también algunas hojitas otoñales como adorno con los sobrantes de la masa. Si nos gusta así, las colocamos sobre el relleno, y llevamos la tarta al horno precalentado a 190º, entre 40 y 45 minutos, o hasta que la superficie esté levemente hinchada y dorada y cuando insertamos un palillo en el relleno salga limpio.

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Y listo.
Esta tarta es de tradición americana, allí se hornea en las casas el día de Acción de Gracias, y se come con crema fresca batida espolvoreada con nueces picadas y jengibre.
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Las calabazas son el fruto más mágico del invierno, una buena compañía para invocar a los espíritus y celebrar con ellos nuestros lazos inexpugnables.

Bueno, y ahora ya sabéis lo que viene.
Queridas y queridos, serviros una ración generosa, dejad un trocito en un bonito plato delante de la foto de quienes amáis y no están hoy aquí, y concentraros en ser felices.
Que es la mejor manera de honrar el valioso tiempo que tenemos entre las manos.

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Carpe diem, queridos.
Feliz semana a todos.

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6 Comentarios

  1. !Que fuerte! !que hermoso! !que cierto!. Evidentemente nada volvió a ser igual. Era el verdadero “pater familia”. Donde el iba íbamos todos, cuando el decía todos hacíamos. Nos dio luces y sombras, pero mucho amor, mucho cariño, mucha dedicación. Hoy 43 años después al leer tu escrito y ver las fotos, todas las vivencias se remueven con alegría porque fueron hermosas y con dolor porque la pérdida fue muy dura, en segundos. Efectivamente, todos ellos los abuelos, el tío, no están con nosotros, pero siguen vivos en nosotros.

    • Vivos, sí. Vivos, todos, hoy.
      Y ni tú ni yo seríamos quienes somos hoy, si ellos no hubieran pisado nuestra tierra antes con sus pisadas radicalmente personales.
      Qué bonito es echar de menos a alguien que nos dio pistas de cómo entender el mundo, y de cómo ser una persona feliz y buena en este mundo, tan difícil de entender. ¿No te pasa a ti eso también?
      Un abrazo muy, muy fuerte.

  2. yo… me he quedado mudo!
    besosssssss

    • Es que son días especiales, verdad? Hay que acordarse de todas esas cosas… Un beso muy fuerte, primo! p.d.: esta semana, la de la coca en molles!

      • Eres una mujer de palabra.
        qué pinta tiene esa coca!!!
        Seguro que mi hermana Amparete o Luis la preparan este fin de semana.
        Muchas gracias por atender mi petición!
        Te decía ayer que tu abuela siempre me llamaba cuando la preparaba en Benicasím y me pegaba unas zampadas….
        Qué rico tía Marita!!!
        Un beso muy fuerte
        Me encanta tu blog porque me trasladas a unos tiempos MARAVILLOSOS!
        Qué suerte hemos tenido prima!
        Y tenemos! que no me quejo!pero es que tuvimos una infancia… privilegiada!

        • Querido Jose! Jua, qué bien si la preparan!! Que ellos dos son tiraós p’alante con la cocina, es verdad, aún me acuerdo de las recetas que me contaron el día que comimos el otro verano. Gracias Jose, es verdad que en nuestra infancia hubo cosas maravillosas, y que rescatarlas hace mucho bien, porque ahora, aunque como tú dices, no nos quejamos pero es todo más difícil. Aunque conservar la mirada de niño, y volver a ella de vez en vez, es muy importante. Quizá por eso estoy haciendo esto! Un beso fuerte primo!

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