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Escrito por el May 22, 2020 en liturgia de las horas | 2 comentarios| etiquetas: cambio de paradigma, crisis, despacito, la gran reclusión, lo más importante de la vida

el regalo de los marcianos

Si hace 8 semanas nos hubieran dicho, creo que a cualquiera de nosotros, que podríamos aguantar el confinamiento casi absoluto durante esa cifra irreal de tiempo, renunciando a todo lo que considerábamos normal, aguantando la presión de no saber qué hacer cada vez que estornudábamos, reducidos a un mundo de cuatro paredes donde faltaban la mayoría de los estímulos a los que estábamos acostumbrados, no sé si me lo hubiera creído.

 

No voy a decir que ha sido fácil.

Pero de lo que quiero escribir hoy no es de esa dificultad, sino de cuánto me ha sorprendido lo que ha empezado a pasarme después de la cuarta semana.

Supongo que después de atravesar y superar el «periodo de habituamiento», esa especie de travesía del desierto.

Y por lo que leo ahí fuera, no soy la única.

Con enorme sorpresa, compruebo estos días en palabras de gente que me gusta y a quienes respeto, cómo esto absolutamente inesperado no me está pasando solo a mí.

Es como si la inmersión forzada en esta nueva realidad “anormal” hubiera revelado hasta qué punto la realidad «normal» es un lugar al que uno no tiene ganas de volver.

No quiero decir que no resulte delicioso volver a pasear con libertad por los lugares que amamos, volver a salir al campo y a la playa, volver a sentarse en un bar.

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.Me refiero más bien a ese caldo de agobio, ajetreo y ruido permanente en el que vivimos.

Como si esta expulsión de la realidad nos hubiera hecho percibir, con una mezcla de alivio e incredulidad, cómo somos más felices viviendo una vida muchísimo más limitada y sobria.

El confinamiento ha volatilizado una gran parte de las presiones a las que vivimos sometidos cada día.

En nuestra «vida normal» nunca se nos ocurriría llamar presiones a las listas de cosas que hacer y comprar, las llamadas pendientes, los planes para salir a cenar, viajar o estar con amigos, la agenda de la vida familiar y social, las expectativas sobre una misma que hay que cumplir invirtiendo tiempo y esfuerzo en esto y en lo otro, las obligaciones de la vida escolar…

Porque nos sentimos tan identificados con ellas que nos parece que forman la materia auténtica de nuestra vida.

Pero esto nos ha demostrado que no es así: la realidad es que ahora, vistas desde la distancia que dan estas 8 semanas de no tener nada de eso, es mucho más fácil etiquetarlas con esa precisa palabra: presión.

Demasiado ruido, demasiada información, demasiadas conversaciones. Demasiada abundancia de todo.

Demasiado tiempo ocupado en nimiedades.

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Agitación, precipitación, sensación de vivir acogotada, emparedada en un sitio muy pequeño. Nos presionan desde arriba y nosotras nos presionamos a nosotras mismas.

Más rendimiento. Más “productividad”.  Mejores “resultados”. Y siempre deprisa, sin cuidado, sin atención al fondo, sin poder hacer las cosas bien.

Hacer más cosas. Llegar a más.

Tener más cosas, también. Poseídos por la necesidad de tener más, en un deseo de obtener seguridad que con cada nueva posesión crea hambre nueva.

La agitación que recorre nuestros días (y el interior de nuestras mentes) de la mañana a la noche, como si algo nos persiguiera, estimulados a una premura continua.

Corriendo como pollos sin cabeza, sin centro. Contagiados y contagiando, como una fiebre que se propaga.

Todas esas sensaciones que son la materia ritual de nuestros días se han esfumado de un plumazo.

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La vida se nos ha vaciado y hemos entrado en un amplio paraje despejado donde estamos respirando despacio y sintiendo cosas muy raras.

Donde no tenemos que preocuparnos de un montón de cosas porque ya no pueden hacerse. Y la realidad es que da gustito sentir lo ligeros que se han vuelto los días.

Estamos empezando a sentir la extrañísima felicidad del alivio de la presión invisible bajo la que vivimos.

Con la noria parada por avería, va y resulta que así nos es mucho más fácil respirar.

Y nos estamos dando cuenta de que aunque algunas de esas obligaciones y elecciones forman parte inevitable del modo de vida occidental, de las sociedades prósperas y del bienestar mayoritario en que vivimos,  en otras, en muchas otras, simplemente nos hemos metido y nos vamos a seguir metiendo por inercia.

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Hay un suave sonido de olla a presión soltando su chorro de vapor recorriendo mis días.

Y me gusta.

Siento también cómo algunas de las cosas que persigo cotidianamente y en las que me empeño, cómo muchos de los objetos y situaciones causantes del inacabable juego de malabares para llegar a todo y conseguirlo todo, se han vuelto vacuos y han perdido por completo su atractivo.

Hasta el punto de que miradas desde esta atalaya de silencio (relativo) y calma (relativa) parecen una mueca, una mala broma. Y una parece una loca por haberse prestado a semejantes tinglados energéticos y vitales.

Quizá la distancia ganada en estas 8 semanas nos ha devuelto la capacidad de vernos desde fuera, la capacidad de recuperar el centro. Uno siempre se define y redefine a sí mismo cuando puede verse desde fuera.

Veo esas imágenes casi idílicas de los animales regresando a “nuestros” territorios, con la radical sensación de reloj que avanza hacia atrás que me producen, y no puedo menos que interpretarlas como una señal.

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Una señal de que es el momento de hacer cambios tremendos.

 

Todos lo sabemos, todos lo hemos “visto”. Hasta los más refractarios.

Pero no sucederá. En eso no soy optimista.

Sabemos que es el momento de liberar también a este planeta de toda la presión insufrible que le causamos, pero no conseguiremos encontrar la vía para llegar a acuerdos suficientes.

Nos volveremos a meter en la rueda de hámster y en la pelea de ratas, volveremos a resguardarnos bajo nuestra apacible y adaptativa memoria de pez y volveremos a sumergirnos en nuestras vidas hécticas con la complacencia que acompaña a la vuelta a lo conocido.

Es terriblemente sencillo volver a a acostumbrarse a vivir como si todo esto no hubiera pasado, volver a zambullirse en el caos cotidiano y volver a encontrarlo confortable, igual que después de unos minutos un agua fría casi nos parece tibia.

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¿Lo haremos?

¿Vamos a dejar que la luz que hemos visto por el agujero en la pared que han abierto estas 8 semanas de vivir distinto, se nos vuelva a escapar entre las manos como agua?

Es una buena pregunta que creo que debemos hacernos.

No sé aún qué pasará conmigo, si lo conseguiré o no.

Pero tengo claro que he visto estos días una vida mejor, y que tengo margen, al menos en algunas cosas, para hacer que esa vida se quede conmigo.

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· SED FELICES ·

 

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2 Comentarios

  1. ¡La elegancia del erizo! =^.^=

    Besos. (…) (…)

    • Jajajajajajajaja!!
      Besos!!xxx

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