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Escrito por el Abr 24, 2017 en cocina de cosecha | 2 comentarios| etiquetas: comidas de celebración, comidas de infancia, cosmogonías, narrativas, palabras amables, pascua, pasteles festivos, relatos, repostería tradicional

panquemado slow

lo que nos han contado

Desde finales de 1700 existen se han ido escribiendo acalorados fragmentos de pensamiento que giran en torno a la influencia que la forma de la lengua materna puede tener sobre la forma en que las personas perciben el mundo.

¿Son la realidad, el pensamiento y el lenguaje tres cosas separadas que entran en relaciones objetivas cuando se juntan, o más bien unas son capaces de cambiar la forma real -si es que existe una forma real- de percibir las otras?

Tengo un amigo que tiene la costumbre de pensar dentro de la misma frase en más de una lengua, algo que a mí me resulta chocante, porque yo soy un caso exagerado de lo contrario. Hoy me ha mandado un artículo que hablaba de una serie de palabras japonesas que describen experiencias sensoriales, emocionales o intelectuales que no tienen una traducción directa en español, en el sentido de que no disponemos de una sola palabra que permita hacer la conversión directa desde la palabra japonesa.

Nosotros tenemos que “describir” esas experiencias mediante una frase. No son, sin embargo, experiencias que puedan resultar completamente ajenas a un español. Sin embargo, el idioma no dispone de una sola palabra, una palabra exacta, que codifique de forma explícita y unívoca ese contenido semántico, esa “vivencia”.

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Hay que pensar que si los japoneses sí disponen de ellas será porque las vivencias en cuestión forman una parte importante, ya sea por esencial, por recurrente, por inmanente, del conjunto de experiencias vitales cotidianas que un japonés desearía poder comunicar, compartir, explicarse a sí mismo, y por tanto, nombrar.

Encontramos aquí pues una prueba intuitiva de esa diversidad de cosmovisión que las diferencias entre las lenguas reflejan.

No es un tema que me venga de nuevas. Ya había leído aquello de todas las palabras que tienen los gallegos para identificar todas las clases posibles de su adorada lluvia, la expansibilidad intraducible de la palabra saudade o las diferencias entre lenguas para catalogar la experiencia de la percepción cromática (¿esto es amarillo o es naranja, es verde o es azul? y cómo las etiquetas que cada lengua da a los colores afectan a la percepción que tenemos de ellos. Aunque la demos por sentada, la experiencia del color no es universal).

O el lenguaje de la nieve de los sami y las 40 palabras para describir la nieve del finés*:

Hace un frío espantoso -18 °C bajo cero-, y está nevando. En el idioma que ya ha dejado de ser el mío, este tipo de nieve se llama qanikgrandes cristales, casi ingrávidos, que caen en forma de copos cubriendo el suelo con una blanca capa de escarcha en polvo.
La señorita Smila y su especial percepción de la nieve, Peter Høeg

(¿Y qué me decís de las palabras españolas sobremesa y siesta? 🙂

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

¿Es la lengua, el aprendizaje infantil de una lengua concreta -el hecho de que dichos conceptos se aprendan cuando se aprende a hablar por disponer de una palabra que los designa- lo que introduce las vivencias que nombran en nuestra vida cotidiana, o es al revés?

¿Es el hecho de que una comunidad comparta de modo cotidiano determinadas vivencias sensoriales, experiencias vitales, lo que hace que exista en su lengua una palabra para describirlas?

Es difícil saberlo, y en lingüística hay teorías para todos los gustos, si bien lo que se llama hipótesis débil* de Sapir-Whorf, que reconoce la influencia de la lengua en el modo en que el pensamiento se estructura, está muy extendida y se considera altamente probable.

Lo que está fuera de toda duda es que realidad y lenguaje están unidos de forma inextricable de la vivencia humana: su relación no es higiénica, instrumental y ordenada, sino apasionada, confusa y profundamente sexual, por así decirlo.

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Esto explica por qué la lengua materna representa para la mayoría de las personas una categoría sagrada. Algo que va mucho más allá de la función instrumental, comunicativa, de relación y supervivencia que desempeña cualquier lengua. La lengua materna es nuestro primer relato, el relato que contiene nuestra propia forma generatriz. La vasija originaria.

Y en efecto, nos suena a obvia la relación entre esas palabras extraordinarias en las que cada comunidad resume con precisión y exquisitez una vivencia compleja, y la constelación de sentimientos y emociones valiosos en la cultura experiencial de la comunidad en cuestión.

Esa cultura experiencial existe; igual que las personas tienen un carácter, una constelación de repeticiones y coherencias organizada de una forma concreta, los grupos desarrollan, por idénticos mecanismos, esas mismas constelaciones.

Y lo que tienen detrás estas constelaciones experienciales, tanto en el caso del carácter personal como en el de los grupos, sean de la clase que sean, es una narrativa.

Un relato.

Relato, que es otra forma de hablar de una lengua: una forma de describir, de codificar el mundo.

Preguntad a vuestros amigos cuál es su palabra favorita de su lengua materna. Difícilmente os sorprenderá el resultado.

Cada vez creo con más fuerza que éste es el corazón del mundo, de nuestro mundo.

El lenguaje que hemos aprendido no es sólo nuestra lengua materna.

También es el lenguaje de los relatos sobre el mundo, de la cosmovisión de nuestros padres, de nuestros amigos, de nuestras figuras de autoridad. Una cosmogonía. Una mitología.

Es el lenguaje heredado con el que hemos hilvanado nuestra historia y con el que hemos rellenado los huecos de la historia, las cosas que no podíamos saber ni entender.

A menudo es el lenguaje de la culpa, de la venganza, de la inseguridad, del narcisismo, del orgullo, del miedo, de la desigualdad, del clasismo.

Es el lenguaje de la fidelidad, del deber, de lo prohibido, del valor, de lo deseable.

Con suerte, también habrá sido el lenguaje de la compasión, de la curiosidad, de la generosidad, de la iconoclasia.

Todos esos argumentos que hemos absorbido como una esponja bebe agua, sin ser conscientes de que lo hacíamos.

Las historias sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos han contado, y que nosotros nos hemos seguido contando a nosotros mismos.

Qué importante es tener la suerte de tropezarte con alguien capaz de ofrecerte relatos nuevos. Más completos. Más ricos. Más auténticos. Mejores.

Con alguien que te impulse a preguntarte de quién son los relatos que componen la que piensas que es tu historia, quién los ha escrito.

Que te impulse a revisarlos, a desecharlos, a escribir los tuyos propios. A elegir con todo detalle tu propia cosmogonía. Tus leyendas. Tus relatos de valor. Tus dioses.

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La independencia poderosa, la soberanía feliz, sobre todo la de las mujeres, siempre viviendo la vida de otros, empieza y culmina con esa escritura.

Porque las personas somos sobre todo una constelación organizada, un cúmulo de sentidos.

Si cambias la organización, el relato que le da forma y orden a esa constelación, lo cambias todo.

Ese grupo de estrellas ya no formarán la Osa Mayor, sino el cazador Orión.

Si unes las piezas de otro modo, si cambias el relato que hay detrás, el que les da la forma por la que tú las reconoces, lo cambias todo.

Si le haces ver a un niño que su madre no le quiere no porque él no se lo merezca, sino porque es ella la que tiene un problema, toda la vida del niño cambia.

Como un conjunto de piezas magnéticas que se reorientan por el cambio de posición de un imán, la constelación de significados que da forma a su vida se alterará drásticamente y le permitirá salir de su desolación hacia un destino nuevo.

Es el mismo niño, la misma madre, la misma vida cotidiana.

Y sin embargo, todo cambia.

Las mismas estrellas. Nuevas constelaciones.

Por eso pienso ahora que como mujer, uno de mis trabajos más importantes es revisar mis historias.

Todas las historias.

Las que me contaron.

Sobre el mundo, sobre mí misma.

Las que me creí.

Las que después yo me conté (y me cuento), como una niña que se canta nanas a sí misma.

Revisar toda esa narrativa minuciosamente, bajo una luz animosa y nada misericorde: con unas tijeras alegres y afiladas en la mano.

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Así, hoy corto esta parte de la historia, mañana aquella otra. Y remiendo con nuevas puntadas, flores bordadas, boquetes de luz solar.

Imagino que puedo ser la que aún no he sido y me gustaría ser. Me cuento historias nuevas a mí misma.

Desmiento que yo sea una constelación fijada por nadie y para nadie, y cada día pulo y renuevo lo que soy.

Quizá algún día me sienta como uno de esos guijarros de río, cantos rodados pulidos como cristal, limpios, esenciales. Terminada.

Pero de momento no.

Aún no.

Aún tengo mucho que cortar.

Que recoser. Que recontar.

Muchos cuentos nuevos que escribir. Mejores que algunos que me dieron.

Una lengua nueva que aprender encima de la mía. Una que no es de nadie y es de todos.

Con algunas palabras inexistentes, que tomaré prestadas de otras lenguas afectuosas.

Waldeinsamkeit.

Kilig.

Meraki.

Tiam.

Mamihlapinatapai.

Komorebi.

Cafuné.

Naz.

Yakamoz.

Hyggelig.

Wabi-sabi.

Aware.

Gökotta.

Yügen.

 

 

(Mi palabra preferida del español es epifanía. ¿A quién le extraña?)

·las palabras amables·
Waldeinsamkeit (alemán). La sensación de estar a solas en medio del silencio de los bosques.
Kilig (tagalo). La sensación de tener mariposas revoloteando por el estómago.
Meraki (griego). Entregarte con todo tu corazón a algo, como cocinar, y hacerlo desde el alma, con creatividad y pasión.
Tiám (farsi). El destello en tus ojos cuando acabas de conocer a alguien.
Mamihlapinatapai (yámano). Una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra haga algo que ambos desean pero que ninguno se anima a empezar.
Komorebi (japonés). La luz que se filtra entre las hojas de los árboles.
Cafuné (brasileño). Acariciar con ternura el cabello de quien se ama.
Naz (urdu). El orgullo y la seguridad que da saber que alguien te ama incondicionalmente.
Yakamoz (turco). El reflejo de la luna en la superficie del agua.
Hyggelig (danés). Un sentimiento de felicidad sensual que surge al compartir tiempo con amigos en un ambiente cómodo, cariñoso seguro y acogedor.
Wabi-sabi (japonés). Ver la belleza en las imperfecciones como una manera de aceptar del ciclo de la vida y de la muerte.
Aware (japonés). La añoranza agridulce de un momento fugaz de belleza trascendente.
Gökotta (sueco). Despertar por la mañana con el propósito de escuchar el canto de los pájaros.
Yügen (japonés). Conocimiento del universo que evoca sentimientos emocionales muy profundos, demasiado misteriosos para ser contenidos en palabras.

Saber más:

*Está extendida la leyenda de que el inuit dispone de más de cien palabras para hablar de la nieve. No es exacta: lo que sucede es que el inuit es un lenguaje polisintético, que añade sufijos a una misma raíz. Sin embargo sí es cierto que el finés dispone de hasta 40 palabras para catalogar las diferentes clases de nieve.

La hipótesis fuerte de Sapir-Whorf está ampliamente descartada. La hipótesis débil formula que existe, no ya un determinismo, sino una influencia de la lengua sobre la percepción del mundo.

Hipótesis de Sapir-Whorf

La llegada o cómo el lenguaje construye realidades

El prisma del lenguaje

El lenguaje transforma nuestra percepción del mundo. PijamaSurf.

Cambia tus hábitos cambiando tu historia.

Lost in translation. Ella Frances Saunders. El zorro rojo.

 

panquemao lento

· para que merienden un tropel de niños · dificultad: alguna, para curtidos · estado de ánimo: gozoso ·

 

{200 gr de masa madre de trigo o una masa previa hecha con}

  • 70 gr de leche
  • 10 gr de levadura fresca
  • 130 gr de harina de fuerza
  • 5 gr de azúcar

 

{para la masa final}

  • la masa madre
  • 130 gr de azúcar blanquilla
  • 70 gr de aceite de girasol
  • 70 gr de leche
  • 30 gr de agua de azahar
  • 3 huevos
  • 20 gr de levadura fresca
  • 450 gr de harina de fuerza (o un poco más si es necesario)
  • 1 pizca de sal
  • la ralladura de una naranja o de un limón hermoso

 

Si partimos de una masa previa que hay que preparar, primero nos metemos con ella: deshacer la levadura fresca en la leche tibia y el azúcar, añadir la harina, amasar y dejar fermentar en un cuenco tapado y en un lugar sin corrientes de aire (por ejemplo dentro del horno cerrado y apagado). Cuando haya doblado su tamaño (una hora y media, dos horas), amasar suavemente para desagasificar y dejar levar de nuevo.

Para preparar la masa final, colocar en el bol de la amasadora los huevos y el azúcar blanquilla. Batir con el accesorio de varillas a velocidad alta hasta que los huevos espumen y clareen, unos minutos.

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Añadir la leche tibia con la levadura disuelta, el aceite y el agua de azahar, mezclar a velocidad baja y cambiar el accesorio de varillas por el accesorio gancho de amasar. Añadir la harina a tandas junto con la masa madre a trocitos y la sal. Amasar en tandas de cinco minutos con cinco minutos de reposo en medio, hasta que la masa esté elástica, se despegue de las paredes y permanezca unida al fondo del bol. El amasado puede llevar más de diez minutos. En la foto de aquí abajo ya se empieza a despegar de las paredes, aún le falta un poco.

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Pasar la masa a la encimera, darle unos toques de amasado final y pasarla a a una bolsa zip grande enaceitada.

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Dejarla reposar toda la noche en la nevera, para que haga una primera fermentación lenta.

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A la mañana siguiente, sacarla de la nevera para que se atempere.

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Cuando ya no esté tan fría, dividirla en piezas. Yo la he divido en dos piezas mayores y una menor. Voy a hacer una monita y dos panquemaos grandecitos.

Bolear las piezas de los panquemaos sin insistir mucho en darles presión y alargar un poco la pieza pequeña, y cubrirlas. Dejarlas reposar 20 minutos.

Ahora formar por completo las bolas de los panquemaos, remetiendo la masa hacia abajo con el borde de la palma de las manos para hacer ganar tensión a la superficie de la masa mientras la arrastramos por la encimera limpia y sin grasa, para que las bolitas queden tirantes y lisas.

Aquí podéis ver al energético Ibán Yarza boleando. Ibán Yarza + pan= dinamita. 🙂

Y si éste os ha gustado mucho, en el minuto 19:30 de este video podéis ver cómo bolea Xavier Barriga un pan de un kilito en 6 movimientos de ná.

Con ayuda de una rasqueta pasarlos a la bandeja de horno protegida con papel sulfurizado o colocarlos sobre pieza de una oblea.

Formar una rosquilleta con la pieza menor, haciéndola rodar bajo los dedos planos desde el centro de la pieza, extendiendo el movimiento hacia los lados, para alargarla, y afinar los bordes con el mismo movimiento de rotación.

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Montarla directamente sobre la bandeja o sobre papel, porque después será difícil de mover.

Comenzar con una de las puntas, enroscando la masa con forma concéntrica una vuelta, y luego llevándola hacia el otro lado, como dibujando la concha y el cuerpo de una caracol. Al llegar al otro lado, dibujar otra caracola concéntrica, enrollando la masa en sentido inverso, terminándola con el otro extremo de la masa formando su centro, de forma que queden simétricas.

Dejar levar las piezas tapadas y protegidas de corrientes una hora y media a dos horas. Calentar el horno a 180º mientras las piezas levan.

Cuando estén listas, colocar los dos huevos sobre la monita, presionando un poco hacia abajo para acomodarlos bien, pincelarlas con huevo batido y espolvorearlas con azúcar blanquilla abundante.

El dibujo clásico del panquemao lleva una coronita de azúcar blanco en su cima, a modo de tonsura de monje.

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Y listo.

¿No os parecen preciosos?

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Con su perfume a anís verde, a naranja y a azahar, con esa miga aterciopelada y mollosa que seguro que antes sería pecado…

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Cortados a rebanadas y congelados dentro de una bolsa zip, descongelados en unos minutos en la tostadora (o en una sartén al fuego sobre un trocito de papel de horno), son un desayuno maravilloso (y evocador) cuando las Pascuas ya han pasado, mientras nos adentramos en la primavera granada.

Feliz semana a todos.

 

Fuentes:

El secreto del mejor panquemado

Panquemado, de La cocina de valenciana

 

 

 

 

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2 Comentarios

  1. Hola Fernanda,
    (…)

    Hermoso. Hermosura. Mancheguismos que saltan en mi cabeza en cuanto los leo o escucho.
    Hace tiempo escuchaba a una niña que preguntaba a Eduard Punset acerca de por qué hablaba tan despacito. Con la misma calma habitual, y naturalidad que la niña, este respondía que la razón es que él habla muchos idiomas pero ninguno bien y de este modo intenta no equivocarse.

    Compango. Companaje. Lo que va en el pan. ¿Lo que acompaña? ¿Lo que acompana? ¿Pan? ¿Compañeros? Smorrebrod. Lo que se unta en el pan.

    Lenguaje. Cerebro. Quizá el lenguaje es el límite de nuestro propio mundo. Llegamos tan lejos como aquello que somos capaces de nombrar. Más idiomas. Menos límites. Traspasar la frontera invisible de lo que nos resulta tangible; nombrable.

    Leía, también hace tiempo, que se estudia el cómo se estructura el cerebro en función del lenguaje. Distintos lenguajes parecen dar lugar a distintos tipos de conexiones sinápticas. Item más, a mayor número de idiomas hablados, mayor número de conexiones sinápticas e incluso al aprender otro idioma se crean nuevas conexiones.
    Sin estudiarlo, claro, desde mi atalaya, tiene sentido. Si expandes los límites de tu mundo, si amplías tu capacidad de expresar lo abstracto esto tiene que tener un reflejo en el órgano que hilvana ambos mundos. El abstracto, de las ideas, y el de las palabras.
    Pienso, sin embargo, si en otros idiomas ocurrirá lo mismo. Si en otros idiomas también habrá conceptos, abstracciones y sentimientos para los que humanamente nos quedamos sin palabras. De igual manera que aquí decimos frases como “Traeme el coso ese que está junto al chisme…”. ¿Habrá en otros idiomas (madres y padres) que usen esta frase tan abstracta e indefinida cada dos por tres y aun así con todo el significado?

    Gallina. Huevo. Siempre me he preguntado quién se inventa las palabras. Cómo se le ocurre a alguien juntar la ‘m’, la ‘e’, la ‘s’ y la ‘a’ para que ese tablón con patas sea una “mesa”. Composición. Derivación. Parasíntesis. Pero el traslado del concepto abstracto a su verbalización… fascinante.

    Besos

    P.S: Sabes que este lugar es gemütlich 😉

    • Jajajajajaja.
      Creo te has traicionado en plancha.
      Segurooo que las mom-gallináceas de todos los países, tribus, aldeas y lenguas tienen sus esto y lo otro y aquello y el chisme ese y el trasto ese y la cosa esa y lo de más allá y eso no, lo otro. Hace más falta eso para criar que la paciencia!
      Gracias por el piropo, que es mucho piropo, y me encanta.
      Seguro que si aprendiéramos japonés (lo digo por la afinidad mutua de palabras amables), cambiaría un poco nuestro modo de ver el mundo. Seguro.
      Besos!

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