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Escrito por el Abr 5, 2015 en cocina de cosecha | 9 comentarios| etiquetas: abuelas, cocina regional tradicional, comidas de celebración, pascua, primavera

panquemao

pascua florida

Pascua.
A veces, cuando mis padres no están, las dos abuelas se reúnen en el apartamento de Benicasim.
Les gusta estar juntas, viudas las dos ya.
Disfrutan de la mutua compañía, y saben respetar sus gustos y sus ritmos.

En el respaldo de la mecedora del comedor hay un cojín alto y delgado que tejió la abuela Lola, de ganchillo, en azules. Un trabajo hermoso, inspirado y temperamental.

La abuela Mari, al atardecer, está sentada en esa mecedora. Años después, cuando la vista ya no la acompañe tanto, se sienta a leer en la silla de la esquina del aparador, para colocar la novela debajo de la lámpara, una de esas lámparas con un pie de frutas labradas en fayenza blanca.

La abuelita Lola teje peúcos para la paquetería, sentada en una silla. Las lanas son delgadas, blancas, rosas, azules y amarillas. Dos pares de agujas de metal finas y brillantes, que segregan una musiquita tintineante mientras la abuela las maneja.
Algún año también hay lana beis, para los niños. Hay cajas de hilaturas vacías forradas con papel de seda para colocar las parejas de peuquitos dentro, y cintas de seda para hacer las lazadas de cierre.
Y diminutos botones de nácar para los que no llevan cintas.
En cada caja caben tres pares. Aunque aún no han tocado piel de bebé, casi huelen a ella, inmaculados, mullidos, preciosos.

abuelos y abuelas

Por las mañanas, temprano, antes de que el sol apriete, cuando la brisa recorre la casa de balcón a balcón, la abuela Lola saca el aguarrás y el Titanlux y pinta sillas y balcones. Las mecedoras de la terraza de negro, las butaquitas de madera con esmalte transparente, las sillas de enea de rojo inglés.
Frota, asea, rebarniza.
Su manera de trabajar y de limpiar es caracterial, firme, potente, intensa.
La de una viuda joven con tres hijos a cargo, la clase de mujer que siempre fue, como una piel protectora que se echara encima en aquel momento de su vida y que ya no abandonó nunca. Una mujer acostumbrada a vérselas con todo y contra todo en un tiempo difícil.
Siempre hubo tiempos difíciles en la vida de mi abuela Lola, siempre, hasta que se murió.
Nunca tuvo una vida sin preocupaciones, una vida suave.

Antes de llegar ha ido a la fábrica de los monjes del Licor Carmelitano y ha traído una botellita para las dos.
Así que, después de comer, una palometa.
Y un poco de siesta. Y el rosario.

Al levantarse la fregada se guarda. Los cubiertos se secan, igual que los grifos y las pilas, porque si no, no brillan.

La ropa tendida se recoge. Se dobla. Se plancha. Se coloca en los armarios.

Riegan las macetas, quitan las hojas muertas.

La casa por la mañana se orea al sol y por la tarde se ensombrece al reguardo de cortinas y persianas.

A media tarde se asean, se perfuman, se ponen los zapatos, cogen sus bolsos. Se van paseando a misa. Se cuentan sus historias.
Las historias nunca se terminan, siempre quedan más.

A la vuelta un poco de compra: pollo, huevos, fruta. Los niños llenan las garrafas con agua de la fuente.

Por la noche un rato de lectura.
Ya han cerrado la casa, el viento es frío; cada atardecer, la Pascua conserva dentro de su melena de primavera un aliento invernal.
Los antiguos radiadores de calor negro están encendidos, esparciendo un vapor caliente y seco sobre las camas frías, con sus pilotitos rojos flotando en la penumbra de los cuartos.

A veces, mientras la cena se cocina y la abuelita lee, hay una put-put en la pantalla de la lámpara de fayenza. Pero no la matamos. Pasea sus patitas verdes por la tela iluminada hasta que se cansa y se va volando hacia la terraza.

Y luego la novela se cierra, y sobre el camino de luz que desprende la lámpara en la noche cerrada, hay un carrito de madera con platos, servilletas, vasos, cubiertos, fruta y una jarra de agua; hay media ala de mesa desplegada, con un mantel de cuadros; hay una tortilla francesa, queso, jamón, ensalada de tomate y cebollita y un poco de uva que han comprado en una casa del pueblo.

abuelas

Hace pocos días se cumplieron 20 años desde que la abuela Marita murió.
20 años ya.

Cuánto las echo de menos.

Todo eso que has aprendido con ellas.

A estar en silencio. A no decir cosas inútiles.
A sobrellevar la soledad pacíficamente. A organizarte bien.
A vivir con muy poco. A aprovechar los restos de comida. A ser generosa.
A secar los cubiertos y los grifos para que se queden bonitos.
A recoger la ropa en cuanto esté seca, para que huela mejor. A doblar las sábanas con la ayuda de alguien, estirándolas bien.
A tejer. A zurcir calcetines y a guardarlos doblados en parejas. A tener una caja de costura.
A no dejar que las sillas y las barandillas se desportillen sin preocuparte de volver a barnizarlas.

A acercarte amistosamente a quienes tienes cerca.
A dar muchos besos. A no pedir nada. A perdonar.
A recordar todas tus historias como si formaran el capullo que te hace de casa, y a escuchar con gusto las de otros.
A no rendirte.
A tener esperanza.

A no dejar las cosas para luego. A descansar cuando estás cansada.
A no decir todo lo que piensas. A meditar el peso de cada palabra antes de abrir la boca.

A hacerte una palometa después de comer.

Y a dar gracias a Dios por un día más.

panquemao, monas, coca de pasas y nueces

La receta de esta masa es la misma que la del año pasado.
Sólo que este año, siguiendo los deseos de mi amiga Davinia, lo he pesado todo, para que haya menos ojímetro.
La proporción en gramos viene a ser ésta:

  • 4 huevos tamaño grande a temperatura ambiente (en mi caso orgánicos)
  • 800-900 gr de harina de repostería o de harina común (en mi caso de repostería de El Amasadero)
  • 225 gr de azúcar blanquilla
  • 240 gr de aceite (en mi caso, mitad de girasol mitad de oliva virgen)
  • 240 gr de agua tibia
  • 40 gr de levadura fresca prensada
  • unos huevos duros para decorar las monas
  • azúcar blanquilla o húmeda para decorar
  • 1 huevo batido para dar el baño
  • un puñado de pasas y otro de nueces peladas si hacéis la empanada
  • un poco de harina para espolvorear el mármol

La receta la podéis seguir aquí.
Yo este año de la masa total he sacado cinco piezas. Con una he hecho un panquemao pequeño, con otra una empanada de pasas y nueces y con las otras tres, trenzas para hacer monas con sus huevos.

He empezado mezclando los huevos con el azúcar en el robot, hasta que espumen y clareeen, con el accesorio de montar claras.
Después el resto de ingredientes en la misma cubeta, con el gancho de amasar, y he amasado tres tandas de 5 minutos con 5 minutos de reposo en el medio cada vez.
La primera a velocidad baja y las otras dos en la velocidad 2.

He terminado con unas vueltas de amasado francés sobre tabla enharinada, y al bol a reposar con su gorrito de ducha.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

Los tiempos de levado fueron aproximadamente 1 hora y media para el primer levado, y no llegó a una hora para el segundo (hacía un bonito día templado de primavera). Se cuece en horno ya caliente a 180 grados 20 minutos, vigilándolo.

Y este año he colocado las piezas sobre obleas, tan bonitas…

A mí se me pasaron un poco de fuego y por eso las uniones trenzas se han abierto como costuras reventonas -porque también llevaba entre manos una bandeja de canelones para los pollos y ya dice el refrán que en la iglesia y repicando…-.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

Pero estaban deliciosas. Húmedas, fragantes, esponjosas. Con el aroma de la naranja y de la masa levada. Con esa cortecita crujiente del azúcar. Una maravilla.
Les mandé un trozo a mis suegros por la tarde, y mi suegro, que acaba de cumplir 88 años, me llamó por teléfono y me dijo que estaba feliz “porque ya no hay dulces”. Él, que ha sido tan dulcero. Cumplido sobrado y suficiente para terminar gozosamente una mañana enharinada.

En casa.

En casa.

En casa.

En casa.

¡Felices Pascuas para todos!

En casa.

Si queréis poner huevos con dibujos bonitos en las monas, podéis colocar huevos blancos y después cambiarlos una vez cocidas, para que el horno no altere los colores.
Para que los huevos duros conserven ese precioso amarillo solar de las yemas, no hay que cocerlos más de 9 minutos. Cuando te pasas, se forma alrededor de la yema un halo verde o azul.
Este año los dos pajaritos, un petirrojo y un gorrión, los ha dibujado Noël, con acrílicos -y un pincel muy finico! (Gracias Noëlita!)
La semana que viene otra historia sobre petirrojos.
Y si alguna vez os apetece hacer un nido para huevos de Pascua, el mío está hecho con una enramada de ramitas cogidas de un zarzal, y sobre ellas, raíces de apio y cebollas tiernas.

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9 Comentarios

  1. Otra entrada que me ha encantado, qué humano y real, según lo narras haces que nos sumerjamos en la historia. Yo también añoro a mis abuelos, y sus formas de vida tan sencillas, tan sanas…cómo cambian las cosas. Muy rico el panquemao, además cantidades generosas para hacerlo de diferentes manera, seguro que no ha sobrado una pizca!
    Besos

    • Hola Ana! Muchas gracias, me da mucha alegría que nos encontremos en estas cosas antiguas, compartidas. Mira, me pillas leyendo tu receta de albóndigas suecas! Y justo ayer las vi hacer en el programa de comidas en 15 m del Jamie Oliver! Tienen una pinta fabulosa. Y tienes toda la razón del mundo: ¿cómo conserva el tipo esa mujer? Misterio misterioso… 😉 Un besazo!

  2. Hola Fernanda,
    ¡y a no quejarse! Es otra de las cosas que nos enseñaron las abuelas. Una generación que día sí y otro también podían tener razones para la queja, nunca lo hacían. Luchaban, peleaban y no se rendían día tras día; pero nunca caían en el futil lamento por cuestiones absurdas que, hogaño, nos asedian.

    Con respecto a la apertura de las trenzas es posible que no fuera por el horneado. Parece que en cierto modo ha “greñado”, como el pan, o como nos puede ocurrir con los roscones de Reyes. Esto puede ocurrirnos si todavía entra con cierta fuerza en el horno, esto es, todavía le queda recorrido de levado, por lo que se expanden los gases en el horno de manera más fuerte de la que querriamos. Quizá alargando el tiempo del segundo levado (con cuidado de que no se sobrefermente) esta rotura de la trenza no se produzca.

    Saludos,

    Jose

    • Es verdad Jose. No quejarse, fundamental. Tirar pa’lante y no quejarse. De eso yo aún tengo mucho que aprender. Y muchas gracias por lo que me dices, quizá haya sido porque aún admitía levado en el segundo! Pues mira, últimamente a menudo me he acordado de ti… ¿qué se llevará entre manos, qué estará cocinando? Espero que hayas tenido unas Pascuas llenas de buenos ratos. Gracias Jose. Un abrazo!

      • Paso por aquí en cada post sin faltar ni uno 😉 Sigo cocinando, claro. Si puede ser cada día, que si no cocino me amoino; pero hace eones que no escribo nada. En cualquier caso soy muy fácil de encontrar (http://twitter.com/jluisgimenez 😉 )

        Te dejo una imagen de un brioche de aceite de oliva que hice hace un par de meses. Es de una trenza sencilla de dos cabos (bueno, para un tipo que nunca ha hecho trenzas dos cabos es casi infinito). La masa entró en al horno al límite ya de su expansión. Se ven las uniones de la trenza, pero estas no tuvieron ya fuerza para expandirse mucho más y greñar:

        http://twitter.com/jluisgimenez/status/549206594232545281

        Abrazotes,

        Jose

  3. Querida sobrina, me pillas con nudo en el corazón y gotas de agua bajando por las mejillas. Que hermoso homenaje a tus abuelas. No se puede decir ni mas, ni mejor. Es como ellas eran, como ellas vivieron esas hermosas y largas etapas en que estaban juntas. Como se querian, se respetaban y a la vez se complementaban.cuanto te y nos enseñaron, pero tu has sabido guardar esos grandes tesoros de vida y convivencia, tanto y tan profundamente que has podido plasmarlos y si algo o alguno se nos había pasado u olvidado volveran a nuestra mente para recordarlas mejor y poder agradecerles sus grandes
    enseñanzas.

    El mayor deseo de una abuela es tener una nieta como tu, y a ellas seguro que les llega, te sientes y estarán muy, pero que muy orgullosas.

    Gracias, Cuqui por este hermoso regalo.

    • Creo que una de las cosas por las que debo estar agradecida es que me acuerdo bien de las cosas buenas que me han pasado. Y por eso recuerdo tan bien todo eso! Buenos tiempos, grandes mujeres, qué suerte haberlas tenido de techo. Besos, besos, besos!

  4. Y ahora hablando de lo prosaico. De donde has sacado ese don de la buena cocina. Tu sabes que monas has hecho, ríete de las de cualquier panadería o pastelería. Son una obra de arte que te están diciendo,!cómeme!. Impresionante. Y esos pajaritos pintados en los huevos. Artista madre e hija. Besos, muchos besos

    • ¿De la abuelita? 🙂 Mil besos!

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